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domingo, 26 de octubre de 2025

El lavado de cerebro

Si bien el lenguaje es una herramienta preciada para crear, expresar, amar, imaginar, comunicar, enseñar y profesar el bien, hay personas que lo usan para persuadir o manipular, sobre todo a las mentes más débiles o vulnerables, o menos instruidas, formadas o preparadas. Me gustaría aportar mi granito de arena con el apartado que escribí en mi artículo teórico sobre el poder ideológico, teniendo en cuenta los tiempos difíciles que se viven en la esfera política, en especial cuando se trata de elecciones importantes. Espero que esto llame a la reflexión y ayude a más personas a quitarse la venda de los ojos.


4.9. ¿Qué es el poder ideológico?

Hemos mencionado con constancia el término poder, pero en realidad no definimos qué es. Es lo que tienen aquellos miembros importantes de la sociedad que manejan instituciones gubernamentales, académicas y sociales prestigiosas o que son dueños de empresas económicamente poderosas. Fairclough denomina a estas élites el bando dominante. ¿Por qué es un bloque? Porque siempre tratan de protegerse entre sí para mantenerse poderosos, en especial si se produce alguna injusticia por su culpa. En otras palabras, operan como un todo, como un grupo cooperativo que apunta al mismo objetivo. Pero ¿por qué estas personas son poderosas y su discurso es tan influyente? Ciertamente, se debe a que disponen de algunos de los recursos que con normalidad se asocian con la posesión de poder: riqueza, ingresos, un buen trabajo, una buena posición o condición, conocimiento, una buena educación y la variedad estándar de un idioma —es decir, la variedad utilizada en instituciones oficiales, como el gobierno— (van Dijk, 2001). Una respuesta bastante obvia a la pregunta de «¿qué es el poder?» sería «la capacidad para controlar a los demás». Pero en el ACD, a los analistas les interesa un tipo particular de poder: el poder ideológico. El poder ideológico es la capacidad para «proyectar las prácticas de uno como universales y como “sentido común”» (Fairclough, 1989, p. 33).

Hay dos formas de ejercer y mantener el poder. Una forma es mediante la coerción y la otra forma es mediante el consentimiento. Por un lado, la coerción involucra el uso de la violencia física o la muerte para obligar a los otros a hacer lo que deseamos; esta forma de poder es poco frecuente hoy en día ya que está mal vista: inspira el miedo y puede ocasionar rebeliones en algún punto. Por otro lado, el consentimiento implica persuasión y a veces manipulación. En esta forma de poder, el discurso cumple un rol crucial: esta forma de poder se ejerce mediante el discurso. Al ejercerlo de esta manera, los poseedores de poder consiguen que otras personas piensen y se comporten como ellos desean. De este modo, no hay necesidad de usar la fuerza, ya que una persona con el cerebro lavado pensará que lo que se le ha dicho y enseñado está bien, sin importar si le dices lo contrario. Cuando las personas aceptan lo que se dice en un discurso particular, se produce una manufactura del consentimiento. Cuando esto ocurre, la ideología oculta dentro del discurso se naturaliza, lo que significa que las personas consideran que tiene sentido, es normal y legítima, y no la cuestionan.


Cuanto más mecánico sea el funcionamiento de una suposición ideológica en la construcción de una interpretación coherente, menor será la probabilidad de que se vuelva el foco de concientización y, por ende, más seguro será su estado ideológico – lo que significa también que mayor será la eficacia con la que se reproduzca al usarse en el discurso. (Fairclough, 1989, pp. 85–86) 

 (Castellano, 2023, págs. 59–61)

 


Referencia

Castellano, T. (2023). El lenguaje como instrumento de poder: conceptos básicos del Análisis crítico del discurso.


Enlace al artículo completo:  https://drive.google.com/file/d/1ufoJtyuuM7DVi-zEDlX-FURdg7N5mVzf/view?usp=drivesdk

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