Me encontraba tumbado en la cama. Había pensamientos que aún merodeaban mi mente. Me encontraba momentáneamente solo.
En ese momento el señor F estaba en el baño. Unos momentos antes habíamos finalmente tenido nuestra intimidad propiamente dicha después de un largo tiempo. Fue difícil sin duda alguna, pues ese acto como tal es capaz de ponerle los nervios de punta a cualquiera. Sin embargo, con mucha paciencia y compasión, pero sobre todo amor, a final de cuentas fuimos capaces de ir más allá de un simple juego previo para consumar el acto completo como tal. No nos rendimos cuando al principio parecía imposible.
He de reconocer que el comienzo fue tan atroz y estremecedor. Me sentí tan vulnerable, pero sabía que estaba en buenas manos. Ojalá hubiera podido aguantar más el dolor al comienzo. ¿Por qué se sintió tan doloroso? Ya se pueden hacer una idea, pero será mejor dejar eso para nuestra intimidad.
Después de unos momentos reflexivos, el señor F entró a la habitación, luciendo poca ropa, para mi gusto. Aún tenía las marcas de besos que le dejé en el cuerpo. Yo todavía estaba procesando las emociones de lo que había pasado y fisiológicamente mi cuerpo también me hacía saber que algo había pasado. Cuando entró, le sonreí y nos abrazamos, pero esta vez fue especial: no solo por lo que habíamos hecho, sino por lo que venía a continuación. A diferencia de otras veces, aquí pasó algo nuevo. Él habló de más y se dio cuenta tarde, pues lo escuché a la perfección:
—Te amo.
Yo me sorprendí y rápidamente él se sintió avergonzado.
—¿Qué? —pregunté con asombro.
—Nada, nada.
Pero era demasiado tarde. Ya lo había escuchado y dijo lo mismo que yo había estado intentando decirle durante bastante tiempo. Parece que siempre hubo sincronización entre nosotros sin que nos diéramos cuenta. Él logró decirlo primero. ¡El primer te amo de la relación! No pude estar más feliz.
—Yo también te amo —respondí y lo besé—.
Nos seguimos besando y nos quedamos mirándonos con júbilo. Noté que se sintió aliviado, como si se hubiera sacado un peso de encima.
—Pensé que no sentirías lo mismo —confesó—.
—¿Y cómo no sentiría lo mismo por la persona con la que voy a tener un futuro en el exterior?— contesté para desengañarlo de su idea errónea.
A eso solo pudo seguirlo otro beso apasionado y unas cuantas risas.
—Creo que de repente recuperé la inspiración para inscribir en mi blog —agregué.
Cuando estuvimos más tranquilos, también confesó que esperaba que yo le dijera te amo primero porque se sentía abrumado por el miedo al rechazo de mi parte. ¡Pero qué cabezón! ¿Cómo podría rechazar los sentimientos de mi propio novio? Por supuesto que lo amaba yo también. Le confié mi propia intimidad, un tesoro de mi parte que no le daría a cualquier persona; es algo que va más allá de la carne y que marca el espíritu.
Palmariamente la verdad era la antípoda de lo que él temía. Saberlo me dio considerable ternura y le confesé que estuve a punto de decirlo primero cuando estábamos consumando el acto sexual, pero decidí callarme porque no quería interrumpirlo ni arruinarlo si el momento se ponía incómodo o tenso. Después de todo, aparentemente yo también fui un cabezón.
Nuestra primera vez fue mágica y nuestro primer te amo, legendario. Una vez más, estoy agradecido con Dios y el universo.

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