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sábado, 29 de noviembre de 2025

El sentido del tacto

 Mis sentidos son sabios, pues gracias a ellos puedo descubrirte y explorarte.

Quisiera sentir la cercanía y la calidez de tu cuello, el latido de tu corazón. Percibir el aroma de tu cuerpo, tu perfume corporal. Contemplar tu mirada y tu expresión facial. Oír tu respiración agitada, tus jadeos de comodidad y placer, tu reafirmación de seguridad, la música de tu voz. Saborear el gusto de tus labios. 

Pero de entre ellos, hay uno que tiene un inconmensurable poder.

Estoy obsesionado con tu tacto. Es que para mí tiene un significado muy particularmente personal.

El tacto es para mí sinónimo de seguridad. Tocar a la otra persona me hace sentir seguro y confiado. Siento esa conexión a través del tacto. Por eso tengo esa obsesión con querer tocarte. 

Si algún día me ves desesperado, nervioso o desconsolado, tócame. Es el primer paso para calmarme.

¿Me dejarías sostener tus manos cuando nos veamos?

domingo, 23 de noviembre de 2025

El deber del rey

Contiene personajes del universo legendarium de J. R. R. Tolkien.


La noche había caído sobre la Ciudadela de Arvandor como un manto de hierro. Las nubes pesadas ocultaban la luna, y el viento del norte traía consigo un eco lejano de guerra. En lo alto de la torre del Consejo, ardían antorchas que derramaban sombras inquietas sobre los muros milenarios.

El rey Aldemar de Harvengard se hallaba sentado en su sitial de roble oscuro, con la corona levemente ladeada sobre su frente fatigada. Había envejecido más en los últimos tres inviernos que en todos los anteriores. Sus ojos, otrora firmes, vagaban ahora como si buscasen una respuesta que se le escurría entre los dedos. El pobre monarca parecía hundido en un pozo de dudas y miedos.

Un joven apareció en la escena repentinamente y se ubicó frente al trono del rey:

—Padre, es peor de lo que creíamos. Debemos actuar. 

El soberano apenas mostró indicio de contestación. Su mirada se veía desorientada.

***

Un concilio de emergencia se organizó en menos de una hora y los relevantes acudieron sin vacilación. El rey no se movió de su silla real en ningún momento. Seguía recorriendo el limbo de su propia mente.

A su diestra reposaba su hijo, el joven príncipe Elion, con el ceño fruncido y las manos aferradas a la mesa.
A su siniestra, lord Varengar, consejero real, erguido como una lanza, impecable en su túnica negra, los dedos entrelazados con una paciente malicia.

Más allá, apoyado con elegancia sobre un bastón tallado en plata viva, se hallaba Elandril, el elfo joven de los Bosques Occidentales y amigo íntimo del príncipe, cuya sola presencia parecía otorgar a la sala un aire de luminosidad, característica de  los primeros hijos del mundo.

Y al fondo, junto a las puertas, estaba Maelvar, portavoz del reino, un hombre humilde, cargado de notas, cifras y rumores que traía de los mercados y aldeas.

—Bien —dijo el rey Aldemar con voz grave, tras haber parecido salir de su trance—. Que dé comienzo la junta. Hablad, Varengar. Sabéis por qué os he convocado. Hay que deliberar de una vez por todas.

El consejero inclinó la cabeza apenas un grado, gesto que en él equivalía a una reverencia profunda.

—Vuestra majestad —dijo con una calma que perturbaba—, los vigías traen noticias innegables. El Enemigo ha roto la tercera muralla de Fargenhold. Es evidente —agregó con sospecha— que el emperador Urimor Cubreluz y sus lacayos han estado orquestando esto durante meses y no se rendirán hasta que cedamos. Los pueblos del norte se hallan ya sin socorro. Si enviamos refuerzos ahora, vuestras tropas llegarán tarde y solo agregarán cadáveres al hielo. 

El príncipe se levantó de golpe.

—¡No podemos dejarlos morir! —exclamó—. ¡Son vuestro pueblo, padre! Son hombres que juraron lealtad a nuestra corona, y que esperan algo más que un silencio cobarde. ¿Cómo puedes aconsejar no hacer nada?

—Príncipe Elion—replicó Varengar, sin alterar el tono—, permitidme recordarle mantener vuestras formas. Seréis vos el príncipe y la alteza real, pero yo sigo siendo la mano derecha del rey. —Hubo una breve pausa—. Los hombres del norte juraron lealtad sabiendo que esta guerra era vasta. No son niños, sino soldados. Vos les debéis respeto, sí, pero no necedad —corrigió la opinión del príncipe—. Enviar un ejército ahora sería sacrificar dos regiones en vez de una. La frontera norte está perdida. Es tiempo de conservar la vida donde aún puede preservarse.

Elion lo miró con furia contenida.

—Llamáis prudencia a abandonar inocentes.

—Quisiera desengañaros de esa idea, alteza, pues es parte del problema, no de la solución —aclaró Varengar—. Llamo prudencia a no desperdigar la sangre de vuestro propio pueblo por una batalla que, aun ganada, costaría más vidas de las que salvaría.

El rey, silencioso, llevaba una mano a la frente. Escuchaba.

Elandril dio un paso adelante, su voz suave como un arroyo, pero firme como un roble.

—Señores —dijo—, en mis años he visto al menos tres reinos caer y otros resurgir de la ceniza. He visto más reinos caer de los que vuestros años podrían contar. —El elfo mostraba en su habla una singularidad, propia de la calidez emocional humana y ajena a la sabiduría fría de los elfos, como si se hubiese mimetizado y fuera un hombre el que hablara en lugar de un elfo. Algo muy poco frecuente de ver—. Mas siempre, siempre, la caída comenzó no cuando su muralla se rompió, sino cuando sus líderes cedieron a la tentación de dejar morir a aquellos a quienes habían jurado proteger.

Varengar entrecerró los ojos.

—Vuestros años son tantos que la muerte de una aldea os parecerá un pestañeo, joven elfo.

—Y sin embargo —respondió Elandril, sin enfado—, es precisamente porque he visto tanta muerte que no me atrevo a tomarla a la ligera.

—Hablad de filosofía cuanto gustéis —lo subestimó Varengar—, mas el reino no puede sostenerse sobre poesía.

—Ni sobre abandono —replicó el elfo.

Maelvar, el portavoz, carraspeó con timidez e incomodidad.

—Si me permite vuestra majestad…

El rey asintió.

—En los mercados, la gente… murmura. Dicen que si abandonáis la frontera, ¿qué les asegura que mañana no abandonaréis la capital? Recordad que el pueblo soporta sequía, frío y guerra, mas no soporta sentirse desechado. 

Aldemar cerró los ojos. Aquello le dolió más que cualquier consejo.

El consejero dio un golpe suave con los nudillos sobre la mesa.

—Majestad, escuchad bien: la frontera norte ya no existe. Los esbirros del Emperador son numerosos. Lo que aún podéis salvar es vuestra corona. Un rey que quiere salvarlo todo no salva nada. Las vidas en la capital valen tanto como las del norte. ¿Por qué los unos deben morir por los otros?

Como por un acto de sincronización implícito, los presentes contestaron a su pregunta retórica.

—Porque son nuestros —dijo el príncipe.

—Porque así lo manda el deber —susurró Elandril.

—Porque la gente lo teme —añadió Maelvar.

Varengar sonrió apenas, regocijándose de su ingenuidad.

—Porque os obligan vuestros sentimientos, no vuestra razón —increpó con con incredulidad—. Pero yo os hablo con cifras —planteó esquemáticamente—: si enviáis al ejército, caerá toda nuestra defensa. Si lo retenéis aquí, la ciudad resistirá por lo menos tres inviernos más. Os diré qué es lo mejor que debéis hacer, mi rey. Cede al pedido y expulsa a esa chusma. Vos tenéis la absoluta potestad para hacerlo.

El rey tembló. Era la primera vez que la palabra «tres» parecía un tesoro más que un compadecimiento o conformismo.

—Quizá… quizá tenga razón… —murmuró Aldemar.

Elion enmudeció. Elandril bajó la vista con decepción. Maelvar se cubrió el rostro. 

En antítesis, Varengar inclinó la cabeza triunfante y enunció:

—Ordenadlo, majestad. Sellad la frontera y concentremos nuestras fuerzas aquí. Los del norte morirán… sí. Pero su sacrificio preservará al resto.

El rey tomó la pluma, pero antes del acta firmar, un guardia irrumpió en la sala, jadeante.

—Majestad… —dijo entre jadeos— perdonad esta intromisión. Es que hay un anciano a las puertas que ruega hablaros. Dice ser… un peregrino del sur y, entre sus alegaciones, amigo del rey.

Varengar chasqueó la lengua.

—Decid que no recibimos visitas —exigió con molestia.

Pero el rey levantó una mano.

—Alto —ordenó el monarca—. Permitidle pasar. En esta noche oscura, quizá traiga buen consejo.

El guardia desapareció y regresó instantes después. Tras él, caminando con paso cansado, entró un anciano envuelto en un manto blanco, cubierto de polvo del camino. Apoyábase en un bastón nudoso, y su barba plateada caía sobre su pecho. No había pompa, ni luz, ni trueno. Solo un hombre exhausto, con ojos que habían visto demasiado, como si hubieran visto también el momento en el que la mismísima tierra se vistió.

Elion abrió los ojos con asombro:

—Increíble, ¡pero qué gusto, viejo amigo!

Elandril inclinó la cabeza, como quien saluda a un viejo y querido maestro:

—Mithrandir. Qué gusto verte. Has aparecido sin anunciar, como de costumbre.

Varengar palideció, aunque no sabía por qué.

—Qué inaudito —musitó el consejero.

El rey se puso en pie.

—Hijo mío, ¿conoces acaso a este hombre? —le preguntó al príncipe, pero sin esperar respuesta, dirigió su atención al anciano nuevamente—. Señor… ¿quién sois vos?

El anciano alzó la vista. Sus ojos, claros como el alba, irradiaron una quietud que llenó la torre entera.

—Cargo muchos nombres dependiendo de a donde voy, pero creo que la mayoría me conoce como Gandalf —se presentó—. Mas no he venido para hablaros de mi nombre, sino del vuestro, que el viento me ha susurrado en incontables ocasiones.

El rey exhibió asombro.

—Un istar. Increíble. No pensé que habría un maia habitando esta tierra todavía. Pensé que ya todos habrían marchado al Oeste —dijo como si hablara consigo mismo—. He oído bastante de vos, Gandalf Capablanca, pero nunca imaginé veros en persona con mis propios ojos —se sinceró el monarca y luego cambió el tono—. He de tomar una decisión… una decisión dura.

—Todas las decisiones dignas de un rey lo son —dijo Gandalf con serenidad—. Pese a ello os veo cansado, Aldemar hijo de Halvorn. Muy cansado. Tanto, que casi confundís el miedo con la prudencia.

Lord Varengar no se quedó callado ni dudó en intervenir:

—Hechicero vagabundo y errante, con respeto, vos no conocéis nuestra situación. La frontera está perdida. ¿Qué provecho tiene morir por lo inevitable? ¿Y cómo sabemos que vos no sois un sectario?

Gandalf lo miró, no con saña, sino con una tristeza inmensa.

—No es a vos a quien he venido a aconsejar, consejero. He oído consejos más sabios de un loco.

Tras susodicha contestación, la cólera se apoderó del consejero y una espesura feroz brotó en su temperamento en un abrir y cerrar de ojos, irrumpiendo en sus hasta entonces modos cordiales.

—¡Pero qué osadía, vejestorio necio y arrogante! —espetó Varengar—. Vuestra majestad, ¡no podéis dejaros llevar por las palabras de este conjurador tránsfuga que ni siquiera es un allegado! ¡No ha de ser más que un crápula! ¡Seguro que es uno de los secuaces del Emperador!

Gandalf lo ignoró. Se dirigió al rey.

—Decidme, Aldemar: ¿por qué aceptasteis la corona?

El rey vaciló.

—Para proteger a mi pueblo.

—¿A cuál de ellos? —preguntó Gandalf—. ¿A los del sur? ¿A los del centro? ¿O solo a los que tenéis a la vista?

El rey respiró hondo antes de responder:

—A todos…

—Entonces, mi rey, debéis decidir como un hombre que protege a todos —dijo el mago, acercándose—, no como uno que teme perder su ciudad. La frontera norte está gritando vuestro nombre. Y si no acudís… no será el Enemigo quien la quiebre, sino vuestra mano la que la deje caer.

Aldemar tembló. El istar apoyó su mano sobre la del rey, suave pero firme, y continuó con calma:

—Recordad lo que una vez fuisteis: un hombre que creía que ningún rincón de su reino debía sentirse olvidado. Nadie os pide victoria, solo humanidad. Y creedme, majestad: hay derrotas peores que la muerte, y una de ellas es abandonar aquello que jurasteis amar. Vos y tu pueblo debéis resistir.

Un silencio sacudió la sala. La pluma cayó de los dedos del rey.

Aldemar levantó la vista, y por primera vez aquella noche, sus ojos eran los de un rey verdadero.

—Varengar, dad orden de reunir a los capitanes. El ejército partirá al alba hacia la frontera norte.

El consejero frunció el ceño, incrédulo.

—Pero, señor... —Varengar no terminaba de procesar lo que el rey había ordenado—. Majestad… ¿vais a condenar a miles aquí para salvar a unos pocos allí?

Aldemar se irguió como no lo hacía desde su juventud.

—No condenaré a nadie. Mas sí os digo: no abandonaré ni le traeré más muerte a mi pueblo. A ningún pueblo. Y si la frontera debe caer, que lo haga después de que hayamos luchado por ella con todo lo que somos. ¿De qué sirve ser rey si no lucho por el amor a mi pueblo?

Varengar, vencido, calló.

—Lo que vosotros decidáis aquí resonará más allá de sus vidas humanas —concluyó Elandril con alivio.

Gandalf inclinó la cabeza, satisfecho:

—Y bienaventurados sean los días del rey; muchos aún quedan.

***

Mientras el Consejo se disolvía, el rey se acercó a Gandalf.

—Vuestra llegada fue oportuna.

El maia sonrió con picardía.

—Los magos nunca llegamos tarde, ni temprano, majestad. Llegamos precisamente cuando debemos.

El rey rio suavemente. 

—Pero no soy yo, Aldemar hijo de Halvorn, quien liderará a este pueblo a la victoria. Fuisteis vos quien apareció en el momento adecuado.

Gandalf negó con la cabeza y agregó:

—Yo apenas soy un humilde anciano que se entromete donde no le llaman. El verdadero valor provino de ti, rey Aldemar. Tú eres grande, porque conservaste tu deber de honor, y es esa la verdadera grandeza; no la que viene de vencer muchos enemigos con la espada que empuñas, sino la de no dejar que el corazón sea endurecido por el miedo para que este decida por ti. 

El rey hizo una reverencia.

—De pie, guerrero real. Que la providencia siempre te sonría. —Gandalf sonrió y luego agregó:— Recuerdo que un gran rey de Gondor, en el lejano sur, solía decir que siempre había esperanza, incluso en los momentos más difíciles, porque es ahí, de la humildad de la duda y del miedo, de donde parte el verdadero valor.

El enemigo marchaba implacable, pero por primera vez, el reino no retrocedió.
Habían recordado quiénes eran.

martes, 18 de noviembre de 2025

El joven, el viejo y el mar

Dedicado a mis sobrinos:

Amelia

Donatella, mi ahijada

Felipe

Benicio 

 

 Tengo la esperanza de que algún día, cuando sepan leer, puedan leer esto.


Abro los ojos y aprecio la vista, pero me siento desganado como de costumbre. Las olas chocan y se rompen contra los riscos de la costa como pensamientos que buscan salida. Las gotas del agua salina, breves y brillantes, salpican y se disipan en el viento que sopla. Se exponen y entregan a la brisa hasta convertirse en aire y memoria. Se sienten frescas y dan un gran alivio a esta humedad sofocante, propia del verano bochornoso. 

Por suerte estoy en una buena posición para valorar este paisaje: sentado sobre la arena dorada, siento que el crepúsculo nace frente a mí en el cielo como una flor de luz que se abre por última vez. El sol está obsequiando sus últimos rayos antes de ocultarse.

Más allá de la gran escena natural, apenas tengo ganas de arrojar piedras al mar. El mar es magnífico, aunque a veces hay días en los que lo miro y me pregunto cuántas veces también él habrá dudado de sí mismo antes de romper en la orilla, antes de sentirse seguro de lo que es.

Siento que me pesa el alma, como si temiera alcanzar el futuro. Quisiera ser valiente, pero a veces solo soy un niño escondido detrás del viento. El mundo sigue girando aunque yo me quede quieto, y eso tal vez me da miedo.

***

Un anciano conocido caminaba despacio por la orilla, dejando que las olas besaran sus pies. Se aproximó al joven que yacía sentado en la ensenada. El sol seguía descendiendo con lentitud, tiñendo el cielo de naranjas y violetas, colores que solo existen cuando el día decide renunciar a sí mismo, y la brisa marina traía consigo un olor a sal y a memoria.

El anciano se detuvo y observó al chico, mientras que este último no parecía quitarle los ojos de encima al horizonte.

—Mira cómo se va el día —dijo el anciano con humildad, señalando el horizonte—. Siempre me sorprende la rapidez con que todo termina.

El joven permaneció en silencio, mirando cómo el sol parecía hundirse en el océano.

—¿Y no da miedo, maestro? —preguntó finalmente—. Que todo lo que amamos se vaya, que la vida termine…

El anciano sonrió suavemente y se sentó junto a él, con arrugas que parecían mapas de tiempos vividos.

—Ay, hijo mío, estoy tan añoso, a un pelo de dormir el sueño de la muerte —contestó el vejestorio—. Mi vida ha menguado y mi deteriorado cuerpo da su último afán. Cierto está que mi existencia cesará pronto, pero miedo es lo que menos siento.

—¿Cómo está tan tranquilo, maestro? Sabiendo que la muerte podría estar esperándolo en cualquier rincón, acechándolo y respirándole en la nuca. Lo pregunto con todo el respeto —planteó el muchacho.

El viejo pensó en el enigma antes de contestar.

—Es precisamente eso lo que siento: respeto. La vida es un regalo, y a veces puede ser más breve de lo que uno cree, pero a la vez, intensa. Toda vida es preciada porque es única y representa el milagro de la existencia misma, desde los seres humanos más formados hasta las criaturas más nobles que rescatamos del desamparo absoluto —dijo con tono compasivo—. La vida es un obsequio frágil, hijo. Cada existencia, humilde o inmensa, es un milagro diminuto sostenido por un hilo de luz. Y aunque el tiempo pase, no nos roba nada; solo nos devuelve todo en forma de recuerdos. 

El joven lo miró con atención, como tratando de descifrar sus palabras.

—Pero si hay algo de lo que estoy absoluta e innegablemente seguro —continuó el hombre—, es del amor que creo haber tenido y dejado en personas como tú. Eso es algo imborrable. 

El anciano respiró y meditó brevemente antes de anunciar:

—Después de todo, nuestras acciones solo cobran relevancia si se hacen por los demás. 

El joven esbozó una sonrisa, aunque luego expresó su inquietud:

—Tengo miedo, maestro. La incertidumbre de lo que hay después de esta vida... ¿Será algo malo? ¿Acabará ahí? No quiero mentirle: me inquieta ese borde invisible… lo que se esconde más allá del último aliento. Ese lugar donde la respiración se apaga y empieza lo desconocido. ¿Y si el paso final fuera un abismo?

—No —respondió el veterano con una sonrisa mientras negaba con la cabeza—. Claro que no. El ocaso no es una despedida, hijo mío; es apenas un pacto silencioso con la noche, porque después la aurora de la vida volverá a salir. Del mismo modo, la muerte es solo otro camino más que debemos recorrer, y no creo que tenga algo de lo que debamos temer. La muerte es una puerta que aprendí a no empujar; ella se abre sola cuando llega la hora.

—¿Qué cree usted que hay en ella? —interrogó con curiosidad el joven.

—No lo sé, pero me imagino que hay paz y blancas costas como estas, con buenos momentos de felicidad. Como esta compañía que ahora tenemos y esta luz que ahora nos abraza, a la orilla del mar. Cada momento tiene su propio color, y aunque sabemos que pasará, eso no lo hace menos valioso en vida ni menos memorable en muerte.

—¿Y el amor? —inquirió el joven—. ¿Vale la pena si también desaparece?

—El amor nunca desaparece, a mi parecer —replicó el anciano—. Cambia, se transforma, pero deja su huella en nosotros. No creo que el amor muera, mi muchacho. Más bien, creo que se muda: cambia de forma, de rostro, de latido… pero siempre deja una semilla encendida en quien lo conoció y lo valoró. La gente que amamos sigue viva en nuestra memoria y en nuestras acciones. El amor que dimos y recibimos es la única parte de nosotros que nunca se marchita, y la muerte solo marca el límite de nuestra presencia física, no de lo que hemos dejado atrás.

Un silencio cómodo se instaló entre ellos, mientras las gaviotas regresaban a sus nidos y el cielo se volvía un lienzo de púrpuras profundos.

—Entonces… vivir es aprender a dejar ir —dijo el joven—, pero también a atesorar.

—Exacto —afirmó el mayor, tomando un puñado de arena y dejándola caer lentamente entre sus dedos—. Cada grano cuenta. Cada despedida, cada risa, cada lágrima. Todo nos enseña a amar un poco más y a aceptar un poco más. La vida es una cuerda fina: uno aprende a caminarla cuando deja de mirar el abismo.

El joven suspiró y sonó apenado.

—Aún siento que me queda tanto por aprender y mejorar. No paro de cometer errores que lastiman a los demás, y solo hasta recién me he dado cuenta. Me siento tan mal.

—Y es bueno que sientas culpa, pues así debe ser. La gente demoniza la culpa, pero la culpa es en realidad el punto de inflexión del ser humano. Es cuando tocamos fondo para darnos cuenta de que hay algo que estamos haciendo mal y para abrirnos al cambio de paradigma que la vida nos propone. ¡El cuerpo y la vida son creaciones milagrosas e inteligentes! Valóralas siempre, hijo. 

El sol terminó su descenso y la playa quedó bañada en un último resplandor dorado. Ambos permanecieron allí, escuchando el murmullo del mar.

***

Tiempo después, el chico ingresó a una habitación hospitalaria en la que solamente se hallaba postrado un hombre viejo conectado a un dispositivo que emitía sonidos sin cesar. El pobre anciano parecía estar en su lecho de muerte, pero sorprendentemente se las arregló para guiar su mirada al chico que entró al cuarto. Sonrió mientras el chico se acercó a él. 

Con una voz muy tenue, el anciano comenzó a pronunciar las que serían sus últimas palabras:

—Estoy en las últimas, hijo mío. Mi vida llega a su fin.

El joven tomó una de sus arrugadas manos, donde veía sus marcadas venas y donde la sangre aún fluía en sus últimos momentos. El chico se sintió profundamente deprimido.

—Perdóneme —le rogó al anciano—. Le fallé.

El matusalén logró arquear una ceja y preguntó:

—¿Perdonarte? ¿Por qué habría de hacerlo?

—No he podido devolverle ni un poco de lo que usted me ha dado a mí —se sinceró el chico y algunas lágrimas se escurrieron por sus mejillas—. Quería agradecerle de alguna forma. Fue mi gran mentor y mi gran maestro. Fue una de las primeras personas que moldeó mi camino, que me enseñó mis primeras palabras, que despertó esa curiosidad por lo ajeno y exótico, por lo que escapa de mi mente. Es una parte fundamental de mi identidad.

El viejo le sonrió antes de contestar:

—¿Y no crees que lo que estás haciendo ahora tiene valor?

—¿A qué se refiere? —preguntó confundido el chico.

—¿Ves a alguien más en esta habitación? —continuó el anciano. 

La habitación estaba vacía, pero el chico seguía sin entender.

—No comprendo —dijo con sinceridad el muchacho.

El hombre decrépito, a pesar de tener los pulmones tan deteriorados por el paso de los años, respiró con paciencia y luego agregó:

—Ya me has dado más de lo que imaginas, hijo. Mira a tu alrededor: solo tú caminaste hasta mi ocaso. Solo tú trajiste luz al borde de mi última sombra. Solo tú has venido a presenciar mi partida y a despedirme en persona, y eso es valioso para mí. —Los párpados del hombre senil empezaban a pesarle—. Como te había dicho, nuestras acciones solo obtienen relevancia cuando las hacemos por los demás, y tú aquí has hecho algo grande por mí. Es más de lo que me corresponde y estoy a gusto. 

El anciano volvió a sonreír:

—Para mí fue todo un placer, un gran honor y una increíble felicidad haber sido tu mentor y tu maestro. Y tengo la fe de que cada vez te volverás más grande y podrás asumir tu lugar. Aun cuando la más profunda de las dudas te invada, tengo la confianza de que sabrás cómo volver a tu camino, hijo mío. Lograrás muchas cosas —dijo y acarició la mano del chico con la poca fuerza que le quedaba.

La sonrisa del anciano no desapareció. Continuó diciendo:

—Puedes quedarte en paz, porque miedo no siento. Lo he estado esperando con tantas ansias y finalmente el deseo se me ha concedido. Y tampoco me siento preocupado por lo que vendrá después de mí. La vida depara tantos rumbos diferentes y destinos impredecibles, y nunca sabes dónde terminarás.

Los ojos del hombre se veían semicerrados, pero eso no detuvo su habla; su voluntad parecía ser más fuerte que la misma muerte:

—Pero si algún día yo ya no estoy, tendré la placidez de que estarás bien, porque la semilla ya está plantada, y eso significa que mi misión está cumplida; la labor está hecha. Será un pedacito de mí para que conserves y recuerdes. Mi trabajo en este mundo ya ha terminado, hijo mío, y no tengo más motivo por el que quedarme. Pero todo eso igualmente será significativo porque sé que lo atesorarás hasta el final de tus días. Esa es la huella que queda.

El chico sollozaba mientras trataba de sonreírle al vejestorio.

—La vida siempre regresa al punto de partida, y así es como debe ser. Tarde o temprano, el ciclo se reinicia y se invierte. A más ver, hijo mío —concluyó musitando el anciano.

El joven le dio un último beso en la frente cuando los ojos del anciano finalmente se cerraron.

***

Aunque se fue en ese momento, el silencio entre nosotros estaba tan vivo que parecía respirar.

Aún recuerdo nuestro último atardecer juntos y me hace pensar que cada atardecer es un recordatorio de lo breve y lo luminoso, y que hay verdades que solo se comprenden cuando el sol ya se está yendo.

El fin de algo no es una sombra, sino un reflejo que se mueve hacia otro lado.

sábado, 15 de noviembre de 2025

El bastardeado

 A veces uno parece no darse cuenta del daño que puede hacer con pequeños gestos hirientes que pueden pasar desapercibidos.

Los minimizan, más bien, y no es que seamos sensibles; es que esos gestos cobran mucho poder para hacernos daño porque vienen de las personas de las que no esperamos que vengan, de esas personas que saben nuestras debilidades, nuestros defectos; esas personas que saben atacarnos donde más nos puede doler. Esas personas a las que a veces podemos llamar familia.

Puede ser tan desgarrador que personas puedan complementarse para hacerlo a uno sentirse humillado, subestimado, desestimado, desmotivado, negativizado, juzgado, desvalorizado, denigrado o vilipendiado por ser diferente. La perspectiva que se adquiere es que los aciertos pesan menos que los errores, y que los errores son instancias inaceptables y motivo de estigmatización, lapidación o rechazo justificado. Un sentimiento de bronca y desprecio escondido detrás de un falso juicio, de una falsa razón o de una falsa enseñanza que no parte del amor real, sino de la ira irracional que desprecia lo que es diferente, lo que no comprende, y que no sabe hacer más que lastimar siendo una verdadera aversión con la apariencia de un auténtico amor.

Y, para nuestra tristeza, cuando nos sentimos vulnerables y desconsolados, parece que ya no tenemos a quién recurrir para que nos preste su hombro para llorar.

martes, 11 de noviembre de 2025

El campo de las lenguas

Me siento tan diferente. Quizá es porque me incliné por el campo de las lenguas. 
Despierta nuestra parte más humanas. Logra conectar con la parte más noble del espíritu y trasciende los límites de nuestra propia cultura. Se liberal de la jaula de nuestra propia realidad cotidiana y de la prisión de nuestro adoctrinamiento instaurado. Se desvía de sus normas. Cuestiona las convenciones preestablecidas del comportamiento humano manifestadas en el lenguaje.
Dilata y expande la profundidad del pensamiento humano. Logramos ver el mundo desde otra perspectiva, una perspectiva con la cual los demás no logran conectar, y que por eso desestiman o subestiman. 
Las humanidades fomentan la cavilación y la llevan a un plano que está más allá del mundo tangible.

domingo, 9 de noviembre de 2025

Yo te esperaré

Tal vez en este momento no te tenga delante y meramente imagine en mi cabeza escenarios irreales en los que nos reencontramos por fin y me aferro a ti con un sólido abrazo mientras mis lágrimas de alivio se secan contra tu cuerpo, pues es todo lo que puedo hacer. Mi mente es mi mejor amiga y a la vez mi enemiga, porque en la imaginación que parte de la realidad yace el dolor de la nostalgia de un recuerdo real. Quizá me reconforte momentáneamente con mi imaginación, pero aún me duele saber que es solamente eso: imaginación, y sobre todo, que en algún momento, anteriormente, fue real. 

Pero si he de dejar que pase tiempo para tener un reencuentro, que así sea.

Sé que este desafío es arduo. Sé que no es de mi agrado enfrentarlo, pues será mi punto más débil.

Pero si he de hacerlo por ti, juro que lo haré. Porque sufrir por alguien es también un gesto y un acto de amor genuino, uno que no todos están dispuestos a hacer.

Y si he de hacerlo por ti, así lo haré. Después de todo, la esperanza es todo lo que tengo y también todo lo que puedo perder; y distinto sería quedarme con la conciencia atormentada por no haberlo intentado siquiera. Siempre he pensado que hasta la más pequeña de las cosas pueden cambiar el curso de los acontecimientos. La más pequeña de las esperanzas o el más pequeño de los intentos pueden motivar la historia a dar un giro inesperado, incluso cuando todo parece perdido o resignado.

Este es mi voto de fidelidad y de entrega para ti. Te amo.

Si puedes leer esto, yo te esperaré. Hasta que regreses.




sábado, 8 de noviembre de 2025

Prefiero el invierno

 El verano ya no me alegra, porque lo siento vacío. Prefiero el invierno, porque al menos durante esa estación, tú todavía estabas aquí, conmigo, a mi lado. 

Extraño el invierno, cuando aún no sufría tu ausencia.

sábado, 1 de noviembre de 2025

Un beso

 Lanzo un beso al viento esperando que te lo haga llegar, donde sea que estés. ❤️

I'm just a cat

 Canción dedicada a mi hermoso compañero felino, la luz de mi vida. Aquel que jamás se olvida de ser noble. Aquel que jamás me defrauda y si...