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sábado, 27 de junio de 2026

Un hechizo llamado elección II

Inspirado en el universo mágico de HP de J. K. Rowling. 


La carta llegó durante el desayuno. No fue por lechuza ni por ningún tipo de vuelo. Ni siquiera fue de una forma particularmente elegante. Simplemente apareció en medio del plato de Aidan con un pop seco que hizo saltar las salchichas.

—¡Por Merlín! —exclamó Aidan, casi tirando el vaso de jugo.

A su lado, su amado Leo soltó una carcajada profunda.

—Ha sido la mejor cosa que me ha pasado esta semana.

—Casi me mata —protestó Aidan frunciendo el ceño ante la presunta inmadurez de su novio.

—Era una carta —contestó él para minimizar la situación de forma realista.

—No lo sabías —rebatió Aidan.

—Era una carta con un sello de Hogwarts.

—Los sellos también pueden matar.

—Anotaré eso para futuras referencias.

Aidan lo miró con fingida indignación antes de tomar el sobre. Era grueso, de pergamino color crema, y llevaba el escudo de Hogwarts estampado en cera roja.

—¿Qué hiciste esta vez? —preguntó Leo mientras arqueaba las cejas y sonreía con picardía.

—¿Por qué das por sentado que hice algo?

—Porque siempre que recibes correspondencia oficial, alguien termina enfadado.

—¡Eso ocurrió una sola vez! —se quejó Aidan. 

—Tres —lo corrigió su novio de Slytherin.

—Una sola vez memorable, más bien.

Leo volvió a sonreír con picardía.

Aidan le devolvió la sonrisa, pero con ternura. No lo retrasó más y abrió el sobre. Las sonrisas desaparecieron.

—Ay, no.

—¿Qué?

—Ay no, ay, no...

—Aidan. Háblame.

—¡Es de la profesora McGonagall!

—Eso sigue sin explicar nada —dijo Leo y frunció el ceño.

Aidan se quedó con la carta en las manos y una expresión anonadada. Tenía una mirada perdida.

—¡Por Merlín! ¡Dame eso! —Leo sacó rápidamente su varita y pronunció—: ¡Accio!

La carta voló rápidamente de las manos de Aidan a las manos de Leo. Tras adueñarse de ella, leyó las primeras líneas. Luego levantó una ceja.

—Bueno... —dijo al fin.

—¡No digas «bueno»!

Aiden sonaba traumatizado, pero Leo intentó tranquilizarlo con un tono cálido:

—No parece tan grave.

—Leo.

—Es una tarea especial.

—¡Leo!

—Para alumnos destacados.

—Leo...

—Deja de decir mi nombre como si hubieras visto un dragón.

Aidan apoyó la cabeza sobre la mesa.

—Hufflepuff tenías que ser —bromeó Leo para aliviar la tensión.

—Pero bien que te gusto —replicó Aidan.

El Slytherin no contestó. Más bien, se sonrojó profundamente.

Aidan volvió a poner el enfoque en el asunto de la carta:

—Minerva nos ha elegido para catalogar objetos mágicos olvidados en los almacenes del castillo.

—Sí.

—Durante un mes.

—Sí.

—¡Todos los sábados! —un tono histérico se apoderaba de su voz.

—Sí.

—Todos. Los. Sábados.

Leo cerró la carta y se limitó a decir con seriedad:

—Qué bueno.

—Te odio.

—No es verdad.

—Tal vez un poco.

—Nah, tampoco.

Aidan suspiró porque Leo tenía razón. En todo.

—Ven aquí. —Leo se puso de pie y esperó a que Aidan lo hiciera también. Leo lo envolvió con los brazos. Fue un abrazo que duró un tiempo considerable durante el cual se mantuvieron en silencio. Leo cerró los ojos y se hundió en el abrazo, mientras que Aidan parecía pensativo mientras le devolvía el abrazo.

No se trataba de una mala tarea. Era peor. Era una tarea aburrida. Y no había nada más peligroso que un Aidan aburrido.

***

El almacén estaba en una torre secundaria que ninguno de los dos había visitado. Llegaron después de las clases de la tarde. La puerta era tan antigua que parecía haberse instalado antes de la fundación del castillo.

—¿Crees que está cerrada? —preguntó Aidan.

—Solo hay una forma de averiguarlo —contestó Leo.

—Podríamos volver —dijo Aidan mientras intentó darse la vuelta y emprender la marcha de regreso.

—Aidan. —Leo lo tomó de la túnica y lo reacomodó en su lugar.

—Era una sugerencia razonable —se justificó el Hufflepuff.

Leo sacó la varita.

—Bien, veamos —respiró un momento y pronunció: —Alohomora.

La cerradura emitió un clic. La puerta se abrió lentamente.

De repente algo cayó desde arriba y ambos dieron un salto hacia atrás con unos gritos un poco agudos.

¡Era solo un paraguas! Un paraguas negro, polvoriento y aparentemente inofensivo.

—Casi me mata —dijo Aidan.

—Era un paraguas —aclaró su novio para desviar la atención del hecho de que él también había gritado de miedo.

—Segundo intento del día.

Leo empujó la puerta por completo, pero al instante ambos jóvenes se percataron de que había una especie de bloque enorme que obstruía la entrada, como si alguien lo hubiera puesto ahí a propósito para cerrar el paso.

Intentaron empujarlo, pero no hubo forma de hacerlo ceder.

—¡Estamos perdiendo el tiempo! Hazte a un lado —dijo Aidan poniendo una mano sobre Leo y este último le dio espacio. Aidan gritó con intensidad apuntando con su varita en dirección al bloque: —¡Depulso!

El bloque de concreto salió expulsado en dirección opuesta a los magos y se estampó con mucha fuerza contra la pared. Fue tal la fuerza que sacudió toda la habitación.

—¡Por Merlín! ¡Avísame la próxima vez! —se quejó Leo con un reproche.

—¡Ya deja de quejarte! —contestó Aidan mientras ambos aún sentían el temblor. 

Cuando el impacto cesó, pudieron finalmente ingresar. El interior estaba lleno de estanterías. Cientos de ellas. Objetos olvidados ocupaban cada rincón imaginable.

Relojes, espejos, libros, cajas, lámparas... y también instrumentos cuya utilidad resultaba imposible de adivinar.

—Esto es enorme —murmuró Leo.

—Esto es una condena.

Avanzaron juntos entre los estantes. El polvo flotaba en los rayos de luz que entraban por las ventanas estrechas.

Aidan tomó un cuaderno de una mesa. Al abrirlo, el cuaderno bostezó. Lo cerró de golpe.

—No.

Leo estaba revisando una caja llena de plumas.

—¿Qué pasa? —preguntó con curiosidad y sospecha.

—Creo que el cuaderno está vivo.

—Entonces no lo molestes.

—Excelente consejo, corazón. —Su sarcasmo estuvo acompañado de una mueca de queja— ¡No se me había ocurrido!

Continuaron explorando.

Durante unos minutos solo se escucharon pasos, páginas pasando y el viento golpeando las ventanas.

Hasta que Aidan se detuvo y logró divisar algo.

Sobre una repisa, casi escondida detrás de una pila de cajas, había una pequeña caja de madera. Muy sencilla, muy antigua y completamente cubierta de polvo.

—Accio —dijo Aidan, pero el hechizo no funcionó—. ¿Qué demonios...?

Lo intentó varias veces, pero nada. Aidan pensó y luego anunció, como si le hablara directamente a la caja:

—Bien, si no vas a dejarme atraerte, entonces atraeré lo que te sostiene —dijo y conjuró—: ¡Wingardium leviosa!

Aidan hechizó la repisa donde reposaban todas las cajas, incluida la caja misteriosa, y la repisa empezó a levitar. Aidan fue de a poco dirigiendo la repisa a través del encantamiento hasta su propia posición. Cuando finalmente se encontraba cerca de la repisa, trató de subirse a ella y abrirse paso a través de las demás cajas hasta que accedió a la caja misteriosa.

—Leo.

—¿Mmm?

—Ven a ver esto, por favor.

Leo se acercó.

Aidan le enseñó la caja.

—¿Qué tiene de especial?

—No lo sé.

—Entonces, ¿por qué me llamaste?

—Porque está encantada.

Leo observó con atención.

Sí. Ahora podía verlo.

Runas diminutas recorrían los bordes de la tapa. Tan desgastadas que apenas eran visibles.

—¿La abrimos?

—Probablemente no deberíamos.

—Correcto.

Permanecieron en silencio mirando la caja.

—La abrimos —decidieron al mismo tiempo.

Y esa coincidencia hizo que ambos sonrieran y se dieran un pequeño beso.

***

La caja no se abrió. Por más que lo intentaron.

—Alohomora —repitió Leo por (tal vez) séptima vez.

Nada.

—Santo cielo... —expresó Aidan con frustración. 

Leo frunció el ceño.

—Otra vez.

—Ya fue otra vez. Esa fue la séptima, Leo.

—Octava.

—Eso no ayuda.

La pequeña caja descansaba sobre una mesa cubierta de polvo en el almacén. A simple vista parecía ordinaria: madera oscura, esquinas gastadas y una cerradura de latón sin adornos. Sin embargo, las runas grabadas en los bordes brillaban tenuemente cada vez que intentaban abrirla.

—Quizá la profesora McGonagall esperaba que la catalogáramos, no que la forzáramos —insinuó Leo.

—Entonces no debería haberla escondido detrás de tres estanterías y una montaña de paraguas asesinos.

Leo sonrió. 

Aidan volvió a mirar la caja.Había algo extraño en ella. No era peligroso. Era simplemente... insistente. Como si estuviera esperando.

—Dame la varita —solicitó Aidan. 

—¿Para qué?

—Tengo una idea.

—Tus ideas suelen terminar mal.

—Solo algunas.

—La mayoría —lo corrigió su amado.

—Leo —Aidan respondió con reproche.

—Pfff. Bien.

Con un suspiro resignado, Leo le entregó la varita.

Aidan apuntó a las runas.

—Revelio.

La madera vibró suavemente. Las runas se iluminaron. Y por primera vez apareció una línea de escritura. No sobre la caja, sino en el aire. Había letras doradas suspendidas entre ellos:

«SOLO SE ABRE PARA DOS» rezaban las letras. 

Los dos permanecieron inmóviles.

—Bueno —dijo Aidan al fin—. Eso es inquietante.

—O romántico —rebatió Leo y lo miró con picardía.

—¿Por qué tu mente fue directamente a romántico?

—Porque estamos en Hogwarts.

—¡Eso no explica nada!

—Lo explica todo —concluyó mientras envolvió a Aidan con un brazo.

La inscripción desapareció. Entonces la cerradura emitió un clic. Fue muy suave y muy claro. La tapa se abrió sola.

Dentro había un montón de papeles doblados. Nada más. Ni joyas, ni artefactos, ni objetos mágicos raros. Solo papeles.

—Estoy decepcionado —confesó Aidan.

Leo tomó uno.

—¿Los leemos?

—Pues... ya llegamos hasta aquí. Adelante.

Leo desdobló el pergamino con cuidado. La tinta estaba descolorida por los años. Aidan lo leyó en voz alta:

—«Hoy me prestó sus apuntes de Transformaciones. Fingí que los necesitaba para poder hablarle».

Aidan levantó una ceja.

—¿Qué es esto?

Leo tomó otro:

—«Creo que me gusta. Lo cual es un problema porque cuando me gusta alguien me vuelvo idiota».

—Definitivamente es un adolescente —dictaminó Aidan soltando una carcajada.

Continuaron leyendo.

Había decenas. Quizá cientos. Pequeñas notas. Fragmentos de una vida.

«Me sonrió en el pasillo».

«Hoy discutimos por algo absurdo».

«Sigue siendo la persona más terca que conozco».

«Creo que estoy enamorado».

El almacén pareció quedarse en silencio.

Aidan tomó otro papel:

—«Tengo miedo de graduarme».

Su sonrisa desapareció un poco. 

Leo también leyó la siguiente nota:

—«No tengo miedo de perder Hogwarts. Tengo miedo de perderlo a él».

Durante unos segundos ninguno habló. El silencio de apoderó de la habitación durante esos momentos que parecieron volverse eternos.

La lluvia golpeaba las ventanas lejanas de la torre.

Aidan bajó lentamente el pergamino.

—Eso es triste —dijo finalmente.

—No necesariamente —replicó su novio.

—¿No?

Leo tomó otra nota. La leyó en silencio. Y sonrió.

—Escucha esto —insistió y se aclaró la garganta para leer—: «Hoy recibimos nuestras cartas de trabajo. Terminaremos en ciudades distintas. Pensé que sería el final. Él se rio y me preguntó por qué actuaba como si la distancia fuera más fuerte que nosotros»...

Aidan permaneció callado.

Leo prosiguió:

—«A veces olvido que el amor no consiste en adivinar el futuro. Consiste en decidir qué hacer cuando el futuro llega».

La lluvia siguió cayendo. Ninguno de los dos dijo nada durante un largo momento.

Finalmente, Aidan se dejó caer en una silla.

—¿Alguna vez piensas en eso? —le preguntó a su pareja.

Leo lo observó.

—¿En qué? —contestó Leo con otra pregunta.

—En el después.

Leo tardó unos segundos en responder con una expresión pensativa:

—A veces.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Te asusta?

La pregunta quedó suspendida entre ellos.

Era extraña. Porque nunca la habían formulado.

Habían hablado de exámenes, de clases, de magia, de Quidditch, de vacaciones, de intimidad, pero no de eso. ¿Y cuál era la necesidad, si después de todo, aún eran muy jóvenes?

No habían hablado del enorme y desconocido 

No del enorme y desconocido «después».

Leo apoyó los codos sobre la mesa y se sinceró:

—Sí.

Aidan lo miró sorprendido. Su inquietud no solía coincidir con el perfil de un Slytherin, pero parecía una faceta que Leo no solía exponer a voluntad.

—¿Sí?

—Un poco.

—Pensé que dirías que no.

—Aidan, no tengo idea de dónde estaré dentro de cinco años.

—Bueno, yo tampoco.

—No sé qué trabajo tendré.

—Yo tampoco.

—Ni sé dónde viviré.

—Yo tampoco.

Leo solo sonrió. Ya era hora de que se invirtieran los roles.

—Ves el patrón.

Aidan se rio por la nariz. Pero la inquietud seguía allí. Pequeña y persistente.

Leo extendió la mano sobre la mesa. No era un gesto dramático ni mucho menos solemne. Simplemente buscó la suya. Aidan la tomó. Como siempre.

—No puedo prometerte que sé cómo será el futuro —confesó Leo.

—Sería raro si pudieras —bromeó su novio.

—Pero sí sé algo —aclaró el Slytherin.

—¿Qué?

Leo entrelazó los dedos con los suyos antes de enunciar sus siguientes palabras:

—Que cuando llegue, quiero que estés ahí.

El corazón de Aidan dio un pequeño vuelco y un rojo brillante inundó sus mejillas. No porque fuera una declaración espectacular. Precisamente porque no lo era. 

Porque sí sonaba real. Posible. Cercana.

Leo bajó la vista hacia los pergaminos:

—Creo que esas personas entendieron algo antes que nosotros.

—¿Qué?

—Que nadie sabe qué viene después.

Aidan observó las notas dispersas sobre la mesa.

—Años de dudas, de discusiones, de reconciliaciones, de planes que seguramente cambiaron. Y aun así habían guardado aquellos recuerdos. No porque hubieran conocido el final de la historia, sino porque habían decidido seguir escribiéndola. Lo dejaron todo registrado aquí hasta donde pudieron y después la siguieron ellos mismos por su parte en la realidad.

—Supongo que tienes razón —admitió Aidan.

Leo sonrió con picardía.

—Lo sé —dijo y le besó el cuello.

—Qué arrogante —contestó Aidan entre una que otra risa suave, de esas que normalmente denotan una tranquilidad cálida.

—También lo sé.

Aidan soltó una carcajada.

Mientras la lluvia golpeaba las ventanas de la vieja torre y los pergaminos de dos desconocidos descansaban entre ellos, el ambiente se había sumergido a cal y canto de una atmósfera de placidez. 

—¿Sabes? —le dijo a Leo—. Me hace pensar en algo. Puede que el amor no consista en prometer para siempre —prosiguió tras tomarle la mano—, sino en algo mucho más difícil. 

Leo se ruborizó de pies a cabeza y, con una voz tímida, mirándolo a los ojos, preguntó curioso:

—¿Y qué es?

Aidan, con una sonrisa de enamorado y unos ojos que no expresaban más que calma y seguridad, finalmente respondió después de respirar un segundo para procesar lo que diría:

—Creo que tal vez consiste en mirar hacia un futuro que no puedes ver. —Acarició la mano de su novio. Había una quietud manifestada en el tono de su voz—. Y aun así querer caminar hacia él junto a la misma persona.

En ese momento, la caja con los pergaminos se cerró por sí sola. Las runas de sus bordes se apagaron una a una hasta desaparecer. Cuando volvieron a mirarla, parecía exactamente igual que la primera vez que la habían encontrado.




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