A veces uno parece no darse cuenta del daño que puede hacer con pequeños gestos hirientes que pueden pasar desapercibidos.
Los minimizan, más bien, y no es que seamos sensibles; es que esos gestos cobran mucho poder para hacernos daño porque vienen de las personas de las que no esperamos que vengan, de esas personas que saben nuestras debilidades, nuestros defectos; esas personas que saben atacarnos donde más nos puede doler. Esas personas a las que a veces podemos llamar familia.
Puede ser tan desgarrador que personas puedan complementarse para hacerlo a uno sentirse humillado, subestimado, desestimado, desmotivado, negativizado, juzgado, desvalorizado, denigrado o vilipendiado por ser diferente. La perspectiva que se adquiere es que los aciertos pesan menos que los errores, y que los errores son instancias inaceptables y motivo de estigmatización, lapidación o rechazo justificado. Un sentimiento de bronca y desprecio escondido detrás de un falso juicio, de una falsa razón o de una falsa enseñanza que no parte del amor real, sino de la ira irracional que desprecia lo que es diferente, lo que no comprende, y que no sabe hacer más que lastimar siendo una verdadera aversión con la apariencia de un auténtico amor.
Y, para nuestra tristeza, cuando nos sentimos vulnerables y desconsolados, parece que ya no tenemos a quién recurrir para que nos preste su hombro para llorar.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario