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sábado, 25 de octubre de 2025

¿Habré madurado muy rápido?

A veces creo que maduré muy rápido.

Cuando estaba en el último año de la escuela secundaria, por ejemplo, solo pensaba en prepararme para comenzar la universidad y ansiaba que el año pasara rápido, mientras que mis excompañeros se enfocaban principalmente en la superficialidad de los festejos propios del último año y en extender el tiempo de su último año lo más que pudiesen, negándose a crecer. Debo admitir que participé en muchas cosas por pura «obligación» o «práctica colectiva», como para evitar quedar aislado, pero tampoco voy a renegar tanto de mi pasado. El punto es que empecé a tener signos de esta madurez temprana desde muy pronto. 

Objetivamente soy una persona muy dedicada. Tengo una tendencia a alcanzar mis objetivos con rapidez, pero eso también ocasiona que se me acaben las aspiraciones o motivaciones con facilidad.

Considero que quizá no disfruté la plenitud de mi adolescencia porque siempre me enfoqué en tener responsabilidades. Eso me trajo problemas de ansiedad, autoexigencia y perfeccionismo, a diferencia de otras personas que no se preocupan por nada en absoluto y disfrutan de su día a día sin pensar en el futuro. Yo siempre estuve cinco pasos adelantado, pero a su vez me quedé sin nada más que hacer después de haber logrado lo que quería lograr a la edad que tengo. Mientras que hay personas que buscan prolongar sus hábitos jóvenes lo más que puedan, es como que yo me volví un adulto muy rápido por mi propia voluntad. Ahora tengo problemas para evitar que mi rutina se vuelva monótona.

¿Debería haber disfrutado más de ser adolescente o de actuar como uno? No sé, y ya no es algo que pueda resolver de todos modos.

En parte puede que también tenga que ver con mi propia personalidad o estilo de vida clásico y conservador: repudio considerablemente los vicios, excesos o hábitos propios de una vida insalubre, sobre todo si soy consciente de que son dañinos. Siempre he sostenido la idea de que la voluntad, el autocontrol y la razón deben ser más fuertes que el deseo, la tentación o el vicio. Aquel que se doblega ante sus deseos, vicios o «escapes» que en realidad le generan daños a corto o largo plazo solo denota tener una mente débil, pobre, perturbada, desviada, corrupta e incapaz de manejar la adversidad, al igual que un escaso aprecio por su inmerecida vida o cuerpo. Después de todo, ¿qué beneficio real podría haber en las prácticas o acciones voluntarias que solo perjudican a uno mismo? Muchos de estos hábitos o prácticas están presentes en la adolescencia y, por desgracia, se suelen extender a la adultez y a veces incluso perduran hasta la vejez. Son pocas las personas que sí pueden despegarse de ellos (sus «demonios internos») y recuperar el auténtico aprecio por la vida.

Mientras muchas personas pierden el rumbo de sus vidas por la falta de visión y juicio, a tal punto que se terminan encontrando a sí mismas en un pozo depresivo cuando su juventud se termina, con el tiempo yo empecé a pensar que la verdadera felicidad se encuentra en la simpleza de las cosas. Tuve que equivocarme para darme cuenta, ya que nadie es infalible, y ciertamente sigue habiendo actos pasados de los que aún reniego, aunque hayan quedado abandonados en el lejano recuerdo, pero todavía existentes en lo más profundo de mi mente.

Para mí, la felicidad yace en las cosas más pequeñas, aquellas que suelen pasar desapercibidas para la mayoría de las personas y que solo algunas logran ver una vez que maduran (como normalmente ocurre, pues es la madurez la que nos ayuda a ver la vida de otro modo). Son esos pequeños actos que llevan a uno de vuelta al lugar donde siempre fue feliz, donde el corazón siempre se siente cómodo y donde el alma sana cuando está herida: el hogar. Cosas tan simples, pero a la vez saludables como leer, descansar, relajarse, dormir un poco más, jugar un videojuego entretenido, comprar una comida que me gusta mientras veo una película entretenida, pasar tiempo de calidad con un amigo o con una pareja, cultivar el amor de pareja, pasar tiempo solo para reflexionar sobre la vida, el mundo y los misterios del universo. Planes tan simples lejos de la exposición y del ojo público, lejos de los factores que alteran la mente o lastiman el cuerpo y el alma. Estos planes, a su vez, se pueden complementar con otros actos que definen nuestro gran valor y conocimiento: servir y desearle el bien al prójimo, tratar a los demás con amabilidad y compasión, evitar los prejuicios, practicar el bien y honrar la verdad, preservar la vida, saber perdonar, autopreservarse cuando hace falta.

Son las acciones más simples, pero a la vez las más significativas, trascendentales y complementarias, de los momentos más ordinarios y modestos, las que realmente nos dejan un mayor aprendizaje, porque, como en otro apartado mencioné, el verdadero conocimiento siempre parte de la más pequeña de las cosas: la humildad. Cierto es que nadie está exento de los errores, y estos se pueden repetir, pero el ser siempre se encontrará en paz si sabe redimirse y recuperar su camino, lejos de la corrupción, y si verdaderamente aprende de sus errores.

Esta es la esencia misma de la vida, la que le devuelve su significado y propósito para nosotros, y la que nos ayuda a vencer el miedo a la muerte cuando sentimos que nuestra misión ya está cumplida. 


Pero siempre hay algo más para aprender o descubrir. Quizá hay otras metas deparadas para mí que aún no logro ubicar, y eso es parte del desafío.

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