Translate

sábado, 16 de noviembre de 2024

Lo tanto que me costó soltar...

 Aún me tiemblan los dedos mientras trato de escribir esto. Lo pensé varias veces antes de decidir si quería escribir esta entrada o no. Al final accedí porque considero que mi experiencia podría servirle de ayuda a alguien que esté pasando por una situación similar. 

Lágrimas cálidas se deslizan por mis mejillas mientras redacto esto, pues tan solo recordar toda la ansiedad, el padecimiento y el estrés emocional a los que me sometí por amor profundizan una herida que aún sangra... algo que aún no he superado. No me arrepiento de nada de lo que hice, porque solo intentaba amar, pero sí me apena haber sido tan duro conmigo mismo y haberme hecho sufrir así, tratando a veces de justificar mi dolor, escondiendo cómo realmente me sentía e incluso insistiendo tontamente cuando era consciente de que me estaba lastimando. Tengo mucho para contar en este relato, pues realmente son muchos los eventos y los comportamientos que se vieron involucrados, pero seguramente habrá cosas que no incluiré porque todavía siento vergüenza de revelarlas (y que pueden hacer parecer que estoy enfermo o loco), porque puede que se me haya olvidado incluirlas o porque tal vez no eran detalles relevantes. Me disculpo si voy y vuelvo en la historia; son muchos hechos y trato de describirlos de la forma que mejor se comprenda. 

Solo quiero aclarar algo más antes de continuar: yo no creo que la persona de la que hablaré a continuación sea mala; simplemente es algo egoísta e inmadura por experiencias pasadas que lo dejaron marcado y que no le permiten avanzar, y él, en lugar de pasar de página, se queda hundido y resignado en el dolor. Objetivamente creo que obró de ciertas formas en ciertas ocasiones por impulso y bronca (lo que no quita que haya hecho daño) y tiene que madurar en varios aspectos al igual que yo, pues si ahora mismo estoy relatando esto, es porque hay algo que aún no he aprendido o hay algo en lo que me he vuelto a equivocar. Más allá del dolor, que lamentablemente terminó predominando a la larga y me obligó a tomar decisiones difíciles, sí hubo algunos momentos lindos que tuvimos y que prefiero recordar con cariño, por muchos o pocos que hayan sido. Por mi parte, me hago responsable de lo que yo hice y jamás tuve intención de hacer daño, sino de amar. Tal vez no seré perfecto, pero mis errores fueron siempre de buena fe y no me considero para nada una mala persona. Creo que nada malo puede surgir si viene desde el amor, y es un principio que yo al menos traté y trato de aplicar siempre. No le guardo rencor a él ni a nadie: es más, aún siento un gran aprecio por esta persona más allá de todo lo vivido. Simplemente soy así. Escribo esto porque siento que necesito hacerlo. La intención de esta escritura es simplemente descargarme, pero no para generar chismes ni escándalos, sino para hablar de mí y de mis sentimientos. En este texto no pretendo exponer ni disuadir a nadie; el enfoque no está en su actuar, sino en el mío, en cómo yo me sentía y en cómo yo atravesé todo este proceso emocional. Vengo a hablar de mí mismo y de eso me haré cargo. Por eso no será relevante dar ningún tipo de nombre ni revelar ningún tipo de identidad que pudiera identificar, delatar, exhibir o humillar de algún modo a la otra persona de la que hablaré en mi relato, por respeto a su privacidad, a lo que vivimos juntos y al gran amor que aún le tengo.

Hacía rato quería hablar de esto para descargar todo lo que tenía guardado. Es como una especie de sanación, y habiendo pasado bastante tiempo, creo que este es el momento.

También quiero agradecer de todo corazón a todas las personas, conocidas o extrañas, que me brindaron su apoyo durante esta difícil etapa para mí, ya sea preguntando por mí, dándome un consejo, contándome sus propias experiencias, ayudándome a estar mejor, haciéndome sentir acompañado o simplemente escuchándome. Realmente no es tan fácil afrontar una situación de este tipo como parece y se necesita mucho sacrificio para dar cada paso, en especial para una persona a la que le cuesta darse su propio lugar. A veces incluso se avanza un paso y se retroceden tres; hay logros, pero también recaídas. No es algo que se da de la noche a la mañana; es más que todo un proceso que se transita al tiempo de cada uno. Pero algo que puedo decir con toda certeza es que este largo proceso es sin duda más tolerable y ameno cuando hay personas que te quieren, te ayudan y no te juzgan ni te presionan. A esas personas les debo una bien grande y simplemente les quiero decir GRACIAS.



Me enamoré de alguien... alguien a quien en entradas anteriores me referí como persona especial. También es esa misma persona en la que me inspiré para escribir varias de mis otras entradas y a quien también le dediqué varias de las canciones que incluí en ellas. No necesito ser más específico.

Me enamoré de alguien de quien no debí enamorarme. En vez de ir despacio, cometí el error de ir demasiado rápido, y cuando me enganché, ya no había vuelta atrás (sí, soy una persona que no sabe soltar; el desapego es uno de los peores dolores que existen). Quizá podría haber evitado todo esto, pero todo pasó tan rápido y me quedé cautivado por esta persona en el momento que la vi y en el que interactuamos en persona por primera vez. Nuestra química surgió muy rápido y creo que ese mi peor error, pues me dejé llevar en vez de ser precavido. Ya había sufrido por algo así antes, y en vez de tener cuidado, tropecé con la misma piedra.

¿Cómo nos conocimos? Originalmente nos empezamos a seguir en Instagram en algún lejano tiempo previo al mes de mayo de este año. Cuando vi su perfil, sí pensé que era un chico muy atractivo físicamente. Decidí empezar una conversación para saludar, y el trato de su parte era algo distante o frío, pero cordial. Yo trataba de mantener el mismo trato para evitar incomodidades. Seguimos cada uno con su vida normalmente y un día veo que en sus historias expone que sale con un chico. En este momento yo aún no había desarrollado ningún sentimiento por él ni nos conocíamos de ninguna forma, así que no pude hacer nada más que alegrarme, pues me gusta ver cuando dos personas se aman y son felices. Con el tiempo, dejé de saber de él. Simplemente sus actualizaciones desaparecieron de mi inicio. Mucho tiempo después, al llegar el comienzo del mes de mayo, recibo una notificación en la que él había comenzado a seguirme. Al ver esto, me sorprendo y le escribo. Cuando me respondió, lo noté mucho más animado y alegre, de trato más cálido conmigo. Ahí me confesó que me había bloqueado por petición tóxica de su ex, quien le había pedido bloquear a muchos chicos, y en esos estuve incluido yo, a pesar de no haber hecho nada malo. Me contó que estaba soltero de nuevo, pues su relación con él fue caótica y muy tóxica. Sentí mucha empatía y pena cuando me contó lo que pasó, pero le dije que no había problema alguno y yo estaba dispuesto a volver a empezar. Ese mismo día acordamos vernos el fin de semana entrante. Sí me llamó la atención que tenía mucha predisposición e interés en conocerme, y yo también. La verdad es que ninguno de los dos esperaba que pasaría lo que terminó pasando... Ambos teníamos intenciones de ser solo amigos, pero creo que ciertos comportamientos coquetos llevaron a otras cosas. Ahí comenzó todo. Después de esa noche, yo me sentía en el cielo, pues no me había sentido tan bien y enamorado de alguien. Sin embargo, como yo tenía pensado mudarme a Córdoba en julio de ese año, le manifesté esta preocupación de la distancia... y ahí fue que él aclaró que no me preocupara, pues él no estaba buscando tener una relación, sino solo diversión. Yo pensé que podría tolerarlo, pues a la larga me iría a Córdoba y seguiría con mi vida allá, a pesar de haberme encariñado bastante con él. De alguna forma habíamos acordado sacar el mayor provecho del tiempo que nos quedaba. Al final, yo no me mudé a Córdoba por problemas que quizá explicaré en otra entrada, y dije: «Bueno, al menos podré seguir viéndome con él». Ese fue solo el comienzo de una espiral de la que no podría salir durante mucho tiempo (y de la que, al menos ahora, en el momento que escribo esto, espero haber salido).

Pensé que sería capaz de llevar una relación sin compromisos sin sentir nada, y la verdad es que me equivoqué. A lo mejor si esta persona no me hubiera gustado tanto en todos los aspectos, habría podido hacerlo, pero lamentablemente yo estaba totalmente maravillado: me gustaba su físico, su personalidad, su inteligencia, su forma de actuar; literalmente todo, y eso opacó sus defectos (hasta que los descubrí). Y mientras más pasaba el tiempo, más crecían mis sentimientos, más profundos estos se volvían y mi corazón cada vez quería más y más...

El trato especial que teníamos no ayudaba mucho. ¿Éramos amigos que se trataban como pareja? Claramente eso solo hizo que quisiera que la cosa fuese más y más real, y solo me estaba engañando a mí mismo.

Ay, qué lindos fueron esos tiempos en los que nos mandábamos mensajes todo el día, en la mañana nos saludábamos para empezar el día y nos despedíamos cada noche antes de ir a dormir. Cuando nuestro trato era mutuamente dulce y nos decíamos los cumplidos más empalagosos que había. Nuestros sentimientos fluían como el agua de un río. Nos llamábamos por teléfono y hasta yo a veces lo despertaba con una llamada para que no se quedara dormido: pequeños gestos de amor. Hacía tanto que no me sentía así con alguien... después de mucho tiempo de haber mantenido el corazón cerrado. 

Mientras más me enamoraba, más ansiedad y miedo empezaba a sentir, porque al no ser nada serio esta persona y yo (y al no querer él ser nada más que amigos), nada me garantizaba que pudiera irse con alguien más o pudiera aburrirse de mí... Para una persona que sobrepiensa las cosas como yo, eso es realmente un montón. En otras palabras, empezaba a sentir mucha inseguridad, algo que yo realmente no siento en una relación seria y estable, pues el hecho de que alguien decida voluntariamente estar conmigo en una relación significa que me da un lugar por encima del resto y ha sido su elección, lo que mantiene mi seguridad y por eso no siento celos. Sin embargo, al no estar en una relación formal en este caso, tenía demasiada incertidumbre y llegué a experimentar (cosa que nunca siento) celos, un sentimiento totalmente horrible y que espero no volver a sentir nunca más. Fueron tan fuertes estos celos que me generaron un horrible ataque de pánico. Me desconocía completamente. Mi ansiedad fue en aumento y a la larga me sentía totalmente dependiente. Solo sentía tranquilidad cuando hablaba con él por mensaje o cuando nos veríamos en persona; en el momento que se iba, volvía a sentirme ansiedad. Era como la dosis de una droga que debía recibir para estar bien. Tenía una obsesión con saber cuándo estaría en línea y cuándo contestaría a mis mensajes, lo que solo me generó un estrés emocional muy grande, y con suspender cualquier actividad que estuviera realizando con tal de ver si la notificación que sonaba era de él para contestar a la rapidez en caso de que sí (él en una o dos ocasiones me dijo que eso era una forma de acoso, lo que me hacía sentir algo mal, pues yo realmente no estaba siguiéndolo/acechándolo, solo estaba pendiente porque me gustaba hablar con él, porque sentía amor y porque quería estar ahí incondicionalmente para auxiliarlo en caso de que necesitara algo); comportamientos que no había experimentado antes, no al menos así a este nivel. En entradas anteriores lo expliqué en forma de ficción.

Yo considero que los pilares de una relación sana y estable son la comunicación y la confianza. Siempre fui partidario de eso y, aunque no era una relación seria, me comportaba como si lo fuera y, por ende, aplicaba el mismo principio acá también. Por desgracia, acá generaba un efecto desagradable, porque cada vez que yo manifestaba algo que me preocupaba, se producía una discusión o un descontento, con comportamientos inmaduros y egoístas de su parte (lo que ocasionó que cada vez más yo decidiera quedarme callado en lugar de hablar para evitar generar un conflicto). Eso pasó cuando manifesté miedo y preocupación por que él en algún momento se fuera de mi lado... (lo había empezado a atesorar tanto por cómo me trató y correspondió que sinceramente no quería que lo nuestro se acabara) y ahí comenzó el fin de todo... otra vez. 

Y yo no podía evitar disculparme, incluso si no había hecho nada malo, pues sencillamente soy así. No soy una persona que tenga orgullo y realmente no me gusta estar en malos términos con nadie ni guardo rencor de alguna forma. Por eso siempre me disculpaba de todas formas para poder calmar las aguas. Lamentablemente eso me puso en una posición emocionalmente vulnerable.

Más allá de eso, después de cada discusión, se hablaba luego de un rato y el problema se resolvía. Digamos que había una especie de progreso, al menos al principio. 

Haberle dicho que tenía miedo de que se fuera de mi lado ocasionó una pelea bastante fea porque eso no coincidía con el «acuerdo» de nada de relaciones formales, acuerdo que yo no pude mantener porque mis sentimientos fueron más fuertes. Y él simplemente tomó la decisión de cambiar abruptamente nuestro trato. Ese trato romántico ya no existía más. Ahora éramos amigos comunes y corrientes.

Realmente a mí eso me costó muchísimo, pues pasar de un trato al otro duele mucho, en especial si es alguien de quien estás enamorado, y yo sentía que ese era mi caso. De alguna forma, dentro de mí, estaba tratando de recuperar lo que había perdido. La nostalgia me invadía, y quería sentirme apreciado y valorado como era al principio. Me hizo sentir tan especial y pensé que era bastante diferente del resto de chicos que he conocido acá, que solo te usan para propósitos sexuales, te hieren y ni se molestan en preocuparse por vos; te hacen sentir tan descartable. 

Creo que fue ese trato especial el que hizo que me enamorara, sumado a sus otras cualidades que me atraían. Definitivamente pensé que era el chico perfecto. El problema es que tenía muchísimo orgullo y también estaba demasiado marcado por experiencias pasadas que no le permitían seguir adelante: el daño que le ocasionó su expareja, traumas de su ámbito familiar, entre otras cosas. Eso había afectado su capacidad para confiar en otras personas o en sí mismo. De este modo, su orgullo era su mecanismo de defensa: verse a sí mismo únicamente y enfocarse solo en sus cosas. Lo negativo era que esto hacía que se volviera un poco egoísta y, al necesitar ayuda, sentía que no podía contar con nadie, como si estuviera solo, aunque realmente no lo estaba. Yo pienso que el amor es capaz de sanar, así que intenté ayudarlo y de alguna forma endulzarlo para hacerle saber que sí podía confiar en mí. Demostré mi amor de todas las formas posibles (¿te acordás de los cinco lenguajes del amor de los que hablé en una entrada anterior? Bueno, los practicaba a todos con él con muchísima frecuencia) a pesar de no poder besarlo más, y cada vez aprovechaba para conocerlo más. Pensé que estaba haciendo que se entregara al amor, pero realmente no era así. Las apariencias engañan, y creo que entendí mal el mensaje. Vivo en una película de Disney, así que siempre espero que haya un final feliz. La realidad es bastante distinta y cruda. 

No me gusta ser egoísta; siempre soy compasivo. El problema es que, después de tanta compasión, en algún momento yo también quiero recibir un poco de ese cariño que doy (y también me cuesta pedirlo). Mis sentimientos por él aumentaban cada vez más, pero yo no veía que fuera mutuo... y de todas formas me engañaba a mí mismo diciendo que a la larga él podría darme un poco de ese amor que estaba buscando, si tan solo seguía intentando. Las señales eran muy confusas: a veces pensaba que no le importaba en lo más mínimo de esa forma, pero después me mostraba un poco de cariño de otra forma, que despertaba un poco mi esperanza y me motivaba a seguir. Solo estaba prolongando el dolor.  Estaba constantemente reprimiendo lo que sentía para evitar violar el acuerdo de amistad sin nada de trato romántico que ahora había y cada vez se me hacía más difícil. Hacía todo ese esfuerzo solo por amor, por temer perderlo, y llegado cierto punto ya no era mi propia voluntad. Solo acataba. 

Creo que soy capaz de bajar la luna cuando estoy enamorado (que a su vez es mi punto débil también, pues soy muy vulnerable en ese momento) y realmente hice todo lo que pude para ganarme su amor. Hice cosas que me da mucha vergüenza revelar, y no creo revelarlas en el futuro.

Finalmente me mudé solo. Me había mudado mal predispuesto y aún angustiado por haber perdido lo que tenía con él. Para ese punto ya había dejado de estar bien conmigo mismo y solo aguantaba la tristeza de cada día. La diferencia era que ahora estaba solo... sin la compañía de mi mamá ni de mis mascotas, que al menos me distraían un poco en mi rutina. La soledad es algo que yo normalmente aprecio, pues me acostumbré a estar solo y tengo una ansiedad social que me impide estar tanto tiempo rodeado de muchas personas. Cuando me siento bien y mi vida está en equilibrio, disfruto mucho estar solo y me aboco a mis asuntos sin problema. La diferencia es que en este momento, yo no me encontraba bien y mi vida no estaba en equilibrio por esta situación; estaba afligido y la soledad podía ser muy dañina. Si la necesitaba para poder procesar y transitar el «duelo emocional», pero a la vez también necesitaba tener interacción social para recuperar la motivación de mi día a día, y en este caso, no tenía mucha de esa interacción social. Me costó al principio manifestar que no me encontraba emocionalmente bien porque no quería generar preocupación. En efecto, me había mudado solo en el momento equivocado, en mi peor momento emocional.

La primera semana tras mudarme fue la más difícil de todas. Episodios diarios de llanto, ansiedad, estrés, falta de ganas. Tenía nostalgia, extrañaba mi casa, a mis mascotas, a mi mamá. Me sentía culpable por haber sido dura con ella en algunas ocasiones. En lugar de alegrarme por haberme mudado solo y poder comenzar mi vida independiente, estaba melancólico y devastado... por un chico. Además, sentía que no podía volver atrás después de todo el esfuerzo que tomó realizar la mudanza (Dios, contando todo esto realmente siento que tengo problemas de gente blanca y rica).

Antes de mudarme, nos reunimos una última vez en mi casa y vimos una película. Esa fue la segunda y última vez que nos juntamos en mi casa. La primera vez fue cuando nos conocimos y pasaron cosas (el comienzo de todo - apréndanlo de mí, no vayan muy rápido y tómense su tiempo; puede que así se ahorren mucho dolor).  Lamentablemente en la segunda vez ya no teníamos el mismo trato que teníamos en la primera vez, y eso me pesaba. Realmente era tan raro. De todas formas, me costó no ponerme pegajoso y él terminó cediendo con abrazos, caricias y acurrucamientos (a pesar de que en el fondo yo deseaba sus besos). Después de esa salida, ya no podríamos vernos los fines de semana porque él comenzaría a trabajar los fines de semana durante los horarios en los que nos juntábamos. Yo me mudaría a mi departamento nuevo dentro de tres semanas. Le había sugerido que, tras mudarme, él podría quedarse a dormir en mi departamento después de salir de trabajar en la madrugada; al menos así podríamos pasar algo de tiempo al día siguiente al no podernos ver durante la tarde-noche los días que yo estaba libre. Él estaba libre de lunes a miércoles y yo recién descansaba los fines de semana. Nuestros horarios eran opuestos, pero yo siempre encontraba la forma porque realmente estaba interesado en él.

Durante ese periodo, sí hubo más percances, ya que mis sentimientos estaban muy presentes todavía, lo que hacía que ciertos «tratos» se me escaparan. Ante esto, él implementó una serie de condiciones para mí y un sistema de sanciones. Por cada vez que me equivocara, una sanción sería aplicada: permaneceríamos un período sin hablar ni interactuar que sería cada vez más largo en cada ocasión que yo cometiera una infracción. Él mencionó que yo tenía que sufrir para finalmente «entender el mensaje» y por eso había aplicado un método conductual, similar al que se utiliza para domesticar a una mascota: la mascota sufriría un castigo por cada acto indebido que cometiera. 

Cuando aún teníamos trato de amantes y había una pelea (que fueron tres en total: tras la primera dejamos de tratarnos como amantes y después volvimos cuando yo lo invité a cenar por primera vez, tras la segunda no hubo ningún cambio de trato, y tras la tercera acabó todo) por lo general pasábamos un día sin hablar para poder reflexionar (y cabe mencionar que siempre que había un descontento entre nosotros y pasábamos tiempo sin hablar yo me sentía muy mal incluso si yo sabía que no había hecho nada malo porque él era la persona con la que menos quería estar en malos términos; lo había puesto en un pedestal diferente del resto de la gente y también le había dado mi control, lo que me había dejado vulnerable); así fue hasta la tercera pelea en la que él le puso fin a nuestro trato de amantes después de haber pasado una semana sin hablar, que para mí ya era demasiado tiempo y mi mente pensaba que había pasado algo malo, por lo que había decidido llamarlo por teléfono para saber que todo estuviera bien y eso solo lo hizo enfurecer y por impulso él quería terminar nuestra amistad también y bloquearme. Yo me angustié, pero después me molesté y por primera vez había tenido amor propio (que no me duró nada) pensando que no merecía que me trataran así si yo era tan bueno con él y sencillamente ya me daba igual; estaba decidido a no darle más importancia hasta que me respondió con total serenidad un mensaje que le había mandado anteriormente para cambiar de tema. Supongo que eso volvió a inspirar algo de esperanza, pues aún cuando parecía todo perdido, decidió al final no bloquearme (a pesar de que me había borrado de sus seguidores en Instagram y que después me volvió cuando nos reconciliamos), y de a poco se fue endulzando conmigo nuevamente a medida que hablábamos hasta que finalmente lo invité a cenar y aceptó. En ese reencuentro, si bien nos reconciliamos, marcó una clara distancia, como si empezáramos de cero: nada de abrazos ni besos ni nada. El cambio de trato era tan crudo. 

Teniendo en cuenta este antecedente que acabo de contar, la implementación de este sistema de sanciones que ahora empezó a utilizar mantuvo mi nivel de estrés emocional por las nubes (que ya se encontraba hacía rato ahí) porque tenía que estar regulando mi comportamiento otra vez. Sin embargo, tiempo después y antes de mudarme, se dio cuenta de que era en vano reprimir mis sentimientos, pues lo único que hacían era deprimirme y marchitarme cada día al no poder expresar todo lo que sentía por él. Los domingos eran mis peores días. Él pareció percatarse de mi pesar, pero fui yo quien tuvo que manifestarlo y fue la primera vez que me puse firme en no querer esconder cómo me sentía, esta vez comunicándoselo. Sorprendentemente pareció entenderlo y ceder.

Más allá de todo eso, esas tres semanas previas a la mudanza fueron las más largas de mi vida y terminarían extendiéndose por algo que pasó después. Mientras no nos podíamos ver en persona y yo aún vivía con mi mamá, traté de abocarme a mis cosas, en especial a la mudanza, hasta que esta última por fin ocurrió.

Cuando me mudé, mi intensidad seguía yendo en aumento. Ahora estaba más cerca de su lugar de trabajo y frecuentemente lo mimaba llevándole algo rico cuando tenía hambre en el trabajo. Son esos gestos de amor que me gusta practicar. Sí, lo podía ver cuando iba a su trabajo y lo saludaba, pero no era lo mismo que pasar tiempo de calidad juntos como antes, totalmente solos. Creo que por suerte nuestra intensidad se mantenía a pesar de la distancia, pero después la suya empezó a bajar, como si el interés hubiera disminuido. Y creo que por la ansiedad que eso me generaba, la mía aumentaba todavía más.

Y más allá de la adversidad que se presentaba, yo intentaba seguir adelante con él: era capaz de perdonarle y dejarle pasar cualquier cosa, mientras que yo seguramente no recibiría la misma consideración. A esta altura yo ya me desconocía a mí mismo.

Como un medio después de mudarme, tuve una pelea muy fuerte con esta persona. Lamentablemente mis sentimientos por él fueron extremadamente más fuertes que nuestra «amistad común y corriente», y yo no pude disimularlo más. Aún no nos habíamos vuelto a juntar desde la última vez que lo hicimos en mi casa para ver la película y finalmente íbamos a reencontrarnos porque lo ayudaría a estudiar para unos exámenes que rendiría la semana siguiente. Tiempo atrás había silenciado sus historias porque sencillamente me había comenzado a generar muchísima ansiedad verlas. Él a veces subía historias algo provocativas o en las que se veía muy lindo, y eso me provocaba sentimientos y a la vez también me hacía mal porque era como apreciar/contemplar algo que no puedo tener (y que irracionalmente temía que alguien más tal vez sí pudiera), como cuando vas a visitar tiendas cuando no tenés dinero para comprarte lo que te gusta. Por estos motivos, decidí silenciar sus estados e historias para evitar pasar por esos episodios de sentimientos desagradables. Estúpidamente ese día no sé qué me hizo romper ese pacto conmigo mismo y miré donde no debía. Vi historias que no debí haber visto y mis sentimientos se desencadenaron en la forma de mensajes que respondían a esas historias. Él no reaccionó bien, empezó una discusión y al final el tomó otra decisión de la que me enteré recién al final de mi jornada laboral, horario en el cual habíamos acordado vernos en persona para la sesión de estudio: me había bloqueado de todos lados y se estaba despidiendo por WhatsApp. Me sentí angustiado y culpable, y él, cegado por su enojo, profundizó mi sentimiento de culpa y hasta anunció que me devolvería todos los muchos obsequios (incluidos los monetarios) que yo le había hecho previamente (cosa que me hizo sentir mal, porque me hizo sentir que nuestra relación era materialista, y yo no lo veía así). Finalmente me bloqueó de WhatsApp también y parecía haber sido el final de todo, ya no tenía forma de contactarlo. Llanto, llanto, llanto y una migraña de regalo es todo lo que tuve el resto de ese día. Aunque también sentí bronca: con todo lo que había hecho por él, ¿no tenía permitido cometer errores? ¿No era digno de recibir otra oportunidad? Ese mismo día más tarde, después de haber llorado prácticamente todo el día, me reuní con una amiga que quiso venir a ver cómo estaba yo. 

Para dar una referencia en el tiempo, esta pelea pasó antes del Día del Amigo. Hablé con uno que otro amigo para contarle lo sucedido hasta que llegó el Día del Amigo, el cual pasé solo. Llegada la noche de ese día, decidí hacer algo. Más allá de las peleas, seguía pensando en él y estimándolo, como si mi amor fuera incondicional e insuperable. Había una comida muy rica que yo sabía que le gustaba y decidí obsequiársela para este día especial. Podría habérsela llevado yo mismo a su lugar de trabajo, pero la pelea era muy reciente como para hacer eso, así que simplemente le dije al restaurante vendedor de esta comida que le gustaba que el pedido que realizaba se trataba de un pedido sorpresa a domicilio (para que se lo avisaran al repartidor) y también pedí que redactaran una dedicatoria de mi parte para que él (la persona especial) supiera de quién venía dicho pedido. La idea detrás de este obsequio era endulzarlo: hacerle saber que yo seguía pensando en él, que lo seguía queriendo y que no quise hacerle daño (si es que lo hice). La dedicatoria que incluí decía lo siguiente:


Para XXX [nombre del destinatario]

Feliz Día del Amigo

Para llenar tu estómago durante una larga jornada de trabajo

¡Que lo disfrutes!

Con cariño,

Tom :)


Anticipo que ese regalo salió mal, porque un día antes había comenzado a trabajar en otro lugar (y yo claramente no me enteré porque nos habíamos peleado y él me había bloqueado). ¿Quién se comió lo que envié? Ni idea. Pero la dedicatoria sí le llegó a la larga, pues sus excompañeros de trabajo le avisaron que alguien le había dejado un regalo en su anterior lugar de trabajo. Conservó la dedicatoria y valoró el gesto. Por supuesto que esto lo supe tiempo después, cuando volvimos a hablar. 

Durante el corto tiempo en el que toda comunicación entre nosotros estaba bloqueada, yo simplemente trataba de resignarme, a pesar de extrañarlo enormemente. Eso, sumado a mi soledad, me estaba liquidando. 

Dos semanas después del bloqueo, un día martes, desperté en la mañana con un mensaje de Instagram de su parte. Recuerdo que me había despertado temprano ese día porque tenía pensado hacerle otro regalo (sí, en teoría estábamos peleados y yo había pensado hacerle otro regalo; es algo que definitivamente debo cambiar) y necesitaba los materiales para hacerlo. Había pensando en ir temprano a comprarlos antes de entrar a trabajar. 

El mensaje que él me había enviado me saludaba y me pedía que le pasara mi alias bancario para devolverme un dinero que yo le había transferido. Contexto: yo le había obsequiado algo de dinero porque yo sabía que él estaba pasando por un mal momento, pues tenía muchísimos problemas en casa; estaba peleado con su familia y no le alcanzaba mucho con el dinero que ganaba en su trabajo (eso sin mencionar que tenía una infección bucal que tenía que tratarse y no tenía seguro médico). Cuando él pretende devolverme este dinero, yo me niego porque justamente fue un regalo y se lo di porque quería y podía (si no, no lo hubiera hecho); no me afectó dárselo. Cuando uno obsequia algo, lo hace de forma desinteresada; es algo que le nace hacer en el momento y no espera que el regalo regrese, ni siquiera por una pelea. Para mí las personas que se sacan regalos en cara y se devuelven las cosas cuando se pelean dejan mucho que desear en cuanto a madurez. No obsequies nada si realmente esperás que ese regalo sea reembolsable, intercambiable o canjeable. Y si aceptás un regalo, no pretendas devolverlo después porque eso lastima la intención con la cual te lo obsequiaron originalmente. Por lo que me contó, al parecer en su familia se manejaban así y él lo adoptó de ahí: se sacaban cosas en cara y nada era desinteresado; y también con su expareja se devolvieron los obsequios que se hicieron cuando la relación terminó. Yo era bastante diferente.

Él finalmente acepta quedarse con el dinero que le había obsequiado, y me cuenta que había cambiado de trabajo en otro lugar (de paso también me contó cómo eran sus nuevos horarios y ahora solo tenía libres los días martes) y que había recibido mi dedicatoria. Nos reconciliamos, admitiendo que nos habíamos extrañado, y seguimos hablando. Mientras tanto, yo me encontraba en la librería terminando de comprar materiales. En ese momento, él me avisa que estaba pasando por mi departamento después de haber ido al odontólogo y me sorprende diciéndome que me dejó un obsequio en la puerta del edificio (hasta me manda una foto: era un paquete de sus galletas favoritas - aunque era un obsequio pequeño, el gesto valía muchísimo y eso bastó para hacerme sentir mejor y esperanzado). Eso me alegró y hasta le dije que estábamos cerca, pues yo estaba volviendo a mi departamento en ese momento. Me dijo que tenía que irse, así que solo me dejaría el obsequio para que pudiera recogerlo. Tal fue mi sorpresa que me había mentido y estaba esperándome ahí mismo. Yo estaba muy sorprendido y sonrojado. Traté de ocultar como pude lo que había ido a comprar, pues era justamente para hacerle un regalo a él. Sinceramente me alegró mucho verlo después de tanto tiempo y, aunque él era cálido conmigo, no pude tener contacto físico con él (ni un abrazo) ni siquiera cuando le pedí permiso. Lo máximo fue un apretón de manos. Eso me desanimó al comienzo y hasta me atormentó durante tiempo: no quería tratarlo solo como un amigo; yo quería realmente estar con él.

A partir de ahí, nuestras interacciones continuaron en Instagram. No accedió a desbloquearme en las otras redes porque consideraba que debía pasar mucho tiempo antes de eso. No tuve otra opción que aceptarlo, así que me las arreglé con eso. Lo único que le aclaré es que no quería volver a pelear con él. 

Tiempo después, ese mismo fin de semana terminé su obsequio. Se trataba de un enorme sobre que contenía sobres más pequeños. Cada sobre dentro de ese gran sobre tenía una leyenda con una instrucción a seguir: CÓMEME, REFLEXIÓNAME, ESCÚCHAME, ÁBREME, LÉEME (EN ESPECIAL SI TE SIENTES MAL, SOLO O DESMOTIVADO). Cada sobre representaba un aspecto especial y su contenido estaba relacionado con la leyenda que en él obraba. Los de CÓMEME, por ejemplo, tenían algo comestible que yo sabía que le gustaba. El de REFLEXIÓNAME tenía la cita de un libro que me recordaba a él. El de ESCÚCHAME tenía una lista de reproducción con canciones bonitas para él. El de LÉEME tenía una carta de dos hojas y media que escribí a puño y letra para él. El de ÁBREME tenía un billete para premiarlo por haber rendido sus exámenes, los hubiera aprobado o no. Adorné todos los sobres con pegatinas de su personaje favorito y escribí bien grande su nombre en el sobre que contenía todos los demás sobres. A este gran regalo lo bauticé Maravilla 1, y era solo uno de los tres que planeaba darle, incluso antes de la pelea y del bloqueo. Me había anticipado a todo. Pensé en dárselo ese mismo fin de semana antes de que se fuera a trabajar. Le había pedido que viniera a mi departamento antes de tomar su Uber para llegar al trabajo (en realidad, él pensaba irse caminando hasta allá, que quedaba muy lejos y yo me ofrecí a pagarle un Uber). Coloqué la Maravilla 1 en una bolsa, pero no podía evitar considerar que se sentía vacío. Así que, minutos antes de que llegara, fui corriendo a la tienda y compré una docena de sándwiches de miga. La puse en la bolsa y también agregué una bolsa de nueces (alimento que sé que le encanta). 

Cuando llegó, le entregué todo esto (la bolsa ahora sí que pesaba). Insistí en que no lo abriera mientras yo estuviera presente, pero no me hizo caso. Quedó maravillado y su gesto de alegría me gratificó.

Un poquito de tiempo después, tal vez como una semana, cuando las cosas parecían estar encaminadas de nuevo, finalmente lo invité a venir a dormir a mi departamento después de que saliera de trabajar en la madrugada y a almorzar el día siguiente. Él aceptó con la condición de mantener la distancia y evitar el contacto físico. Esa noche, como a las 3:00 a. m., cuando llegó, lo esperé con la misma comida que le había intentado obsequiar en el Día del Amigo. Ahí le entregué la Maravilla 2, que consistía en un juego de cartas de tarot (porque es fanático de los signos y esas cosas, y presume mucho su signo diciendo que es el mejor de todos), un paño astrológico para apoyarlas y un estuche matero. Lo atendí lo mejor que pude, él se fue a bañar y nos acostamos a dormir. Una parte de mí quería abrazarlo, pero sabía que no debía, así que simplemente me dormí al igual que él. La mañana siguiente fue diferente, pues lo acaricié accidentalmente y vi que no hubo problema. Parecía actuar estar dormido y entendí un poco su juego. Lo acaricié y una caricia tras otra llevó a otra cosa. Pasaron cosas y hubo mucha intimidad, pero lamentablemente nada de besos. A pesar de eso, yo me sentía momentáneamente en las nubes otra vez.

Desayunamos muy tarde (más bien, yo no desayuné, pues ya se acercaba el almuerzo), él fue a comprar algo mientras yo arreglaba la cama. Compró facturas y me obsequió dos alfajores grandes y caseros, que agradecí eternamente. Lo llevé a almorzar a un restaurante lujoso. Cuando terminamos y volvimos a mi departamento, él sentía sueño, así que tratamos de dormir la siesta hasta que se acercara la hora en el que él tuviera que irse a trabajar. Puso algo de música relajante y me pidió que le hiciera masajes hasta quedarse dormido, pero la cosa después cambió cuando me permitió recorrer su cuerpo. Se volvió algo íntimo de nuevo (sin besos). Llegada la hora, él anuncia su despedida y su partida al trabajo. Yo realmente no quería que se fuera, pues quería pasar cada momento con él de ser posible. Le agradecí por haber ido y él me agradeció por todas las invitaciones. Le pagué otro Uber para irse a trabajar. A la hora de despedirnos, no aceptaba mis abrazos del todo (yo tenía que «robárselos»). Pero en la intimidad, sí. En un principio sospeché que no le gustaban mucho las demostraciones públicas de afecto, pero después comencé a pensar que era porque se trataba de mí y porque no quería exponer ese trato que tenía, pues antes, cuando teníamos trato de amantes, no parecía ocultarlo, o al menos no tan así. 

Sin embargo, a pesar de lo lindo que pasó ese día y de lo bien que la pasamos, yo no podía evitar sentirme mal, como vacío. En el momento que se fue, volví a sentir ansiedad, como si no pudiera despegarme de él, como aún recordando que no éramos nada oficial y que podría abandonarme, lo que me estaba carcomiendo la cabeza (eso y también el hecho de que, desde que nuestro trato de amantes se terminó, intuí que en algunas ocasiones me llamaba «amigo» a propósito, como si quisiera dejarlo bien en claro cada vez que pudiera). Este sentimiento horrible de ansiedad se intensificó cuando cada vez él contestaba menos mis mensajes. Antes hablábamos con muchísima frecuencia y bastante durante el día, antes de que él comenzará a trabajar e incluso cuando comenzó a trabajar, pero ahora, ya en su nuevo trabajo, apenas me contestaba. Con suerte hablábamos una vez al día y yo tenía que aprovechar ese momento para poder hablar con él lo más que pudiera, por poco que ese momento durara. Ya ni diría que me escribía, sino más bien que contestaba los mensajes que le había dejado el día anterior. Si yo decidía no escribirle, podía pasar una semana hasta que él me mandara un mensaje. Aparentemente me había desplazado y ahora tenía otras prioridades. Y mi mente no dejaba de planificar posibles escenarios, los cuales se imaginaba y yo los escribía en mi bloc de notas en los que irracionalmente trataba de prepararme con un mensaje ya listo para cada ocasión o conversación que pudiera ocurrir. Era como si estuviera intentando guionar nuestras conversaciones, y realmente nada pasó como lo esperaba. Solo estaba pensando de más las cosas. 

Sentía tranquilidad cada vez que él estaba conmigo físicamente o cada vez que me contestaba los mensajes, pero en el momento que no, sentía una ansiedad terrible, y eso no estaba verdaderamente bien. No se suponía que debía sentirme así. No quería decirle que me sentía mal porque, dados los antecedentes, si manifestaba cómo me estaba sintiendo, seguramente habría una pelea o él decidiría alejarse de mí, y ya sería demasiado dolor debido a que creo que para ese punto yo ya era emocionalmente dependiente. Necesitaba buscar ayuda o consejo de alguien más. 

Visité a mi mamá el domingo y le confesé que me estaba sintiendo muy mal, y que ya hacía meses que la situación venía así, que hacía mucho tiempo desde la última vez que me había sentido bien propiamente dicho (porque últimamente solo estaba teniendo un cúmulo de emociones cambiantes y nada de estabilidad emocional). Ella se preocupó, y además de aconsejarme (por su propia experiencia y por consejos que mi abuela le había dado), comenzó a preguntarme frecuentemente cómo estaba cada día (y después cada semana). Es entendible teniendo en cuenta el antecedente de que en 2018 pasó algo similar con otra persona de la que me enamoré, y sufrí de la misma forma. A mi mamá no le gusta verme mal por alguien. Ella y yo nos parecemos muchísimo en nuestra forma de amar, esperar e incluso sufrir, y en mis momentos más difíciles lo tuve presente, arrepintiéndome de haber sido duro con ella en algunas ocasiones. El mejor consejo de mi mamá (y también de otros amigos) era dejarlo ir aunque doliera, pues me estaba aferrando a una idea equivocada que solo me causaría más dolor. Yo no negaba que tuvieran razón, pero realmente sentía que no podía aunque lo intentara. Era como una persona que sabe que es adicta a algo, pero igualmente no puede dejar de depender de ello. Para mi mala suerte, esto estaba lejos de terminar. Aún me faltaba bastante por sufrir.

En el cine se había estrenado una película que yo sabía que a él le encantaba, así que lo invité a ir a verla en su día libre (un día martes). Aceptó con gusto. No estaba muy seguro de cómo podía salir esto porque ya lo había invitado a ir al cine cuando nos reconciliamos por segunda vez, fuimos y... hubo bastante contacto durante la película. No sabía qué podía pasar ahora. Ese mismo día me avisó que se compraría un pijama de su personaje favorito que había visto por internet, pero le dije que no lo hiciera, que confiara en mí. Y él, que me había dicho bastante tiempo atrás que no confiaba en nadie, ni siquiera en sí mismo, contestó: «Está bien. Confío en ti». Se le había escapado sin darse cuenta y vi el mensaje en el momento. Reaccioné a él con un corazón y contesté con un «Gracias». Sintiéndose expuesto, borró el mensaje y trató de corregirlo de otra forma para hacer parecer que había sido un error. Ya era tarde, pues lo vi y lo contesté en el momento. Yo sabía entonces que confiaba en mí secretamente, solo no quería admitirlo o le costaba hacerlo. 

Vimos la película «con normalidad», aunque yo tenía comportamientos como apoyar mi cabeza sobre su hombro o acariciar su mano si podía. No había reacción alguna de su parte salvo cuando me pidió que no me apoyara después de un pequeño rato porque le hacía calor. Cuando terminó la película, salimos de la sala de cine y durante el camino le entraron ganas fuertes de orinar. Fuimos lo más rápido posible a mi departamento. Después de la película, pudimos hablar. Le pregunté si había disfrutado la película, y me dijo que sí, o que más bien, más o menos, pues le prestaba atención a la película, pero a la vez notó también que yo estaba decaído (y así era, pues quería estar pegado a él, pero creo que dije otra cosa para salir del tema). Él agregó que me había puesto bastante meloso en la sala de cine y de repente el empezó a ponerse cariñoso conmigo. Nos tomamos de las manos, nos acostamos un ratito, nos abrazamos, seguido de preguntas y respuestas como «¿Estás bien? Sí, ¿vos? Sí» mientras aún estábamos abrazados. En ese momento yo me sentía muy feliz al sentirlo cerca de mí, percibir su olor, su calidez y si tacto. No quería que se fuera. ¿Y qué pasó con el pijama que quería comprarse y que le desaconsejé comprar? Bueno, le tuve que confesar que pensaba regalárselo yo y que ya había encontrado su talle en otro sitio web. El sitio web donde quería comprarlo él no tenía el talle adecuado para él. Al principio se rehusó a dejarme regalárselo porque le daba vergüenza y era un producto costoso, pero al final cedió por mi insistencia, que remarcó ahí mismo. Yo simplemente disfrutaba verlo feliz. Estábamos contentos los dos y nuevamente me agradeció. Había sido una bonita tarde-noche. Le pagué el Uber a su casa. Cuando llegó, asentó el pedido del pijama y le transferí el dinero para pagarlo. 

Volviendo al tema de la ansiedad que yo normalmente sentía, note que esta se manifestaba también en los encuentros inesperados. Una vez, durante la semana (a lo mejor fue un día miércoles), mientras me dirigía al gimnasio, me lo topé en la calle mientras él esperaba a su Uber para ir a trabajar. Intercambiamos uno que otro diálogo. Estaba siempre tan cautivado por su belleza y quería estar cerca de él. Me preguntó si me iba al gimnasio y contesté que sí; él agregó que tenía que empezarlo también. Me preguntó a cuál iba, y cuando se lo mencioné, dijo que capaz él también comenzaría ahí también. Dentro de mí, sabía que esa no sería una buena idea porque solo sería combustible para mi ansiedad. Para mi suerte, al final decidió comenzar a ir a un gimnasio cerca de su casa.

Cuando lo invité a venir a dormir ese fin de semana, me dijo que no sabía si podría seguir haciéndolo, pues había comenzado el gimnasio. Lo noté como una especie de excusa, pues no veía cómo pudiera interferir nuestro encuentro nocturno con su asistencia al gimnasio. Ningún gimnasio está abierto a las 3:00 a. m. y muy pocos gimnasios abren los fines de semana (coincidentemente el suyo no era uno de esos). Ese anuncio me desmotivó porque me hizo sobrepensar: temía que cada vez tuviera menos y menos tiempo para mí, y yo quería cada vez más y más. Me estaba volviendo un loco obsesionado y le estaba haciendo mucho daño a mi salud. Como dije, me desconocía totalmente. Claramente me estaba enfermando. No tenía ni una pizca de seguridad a pesar de que no tenía la confirmación de que algo malo hubiera pasado. Es realmente increíble cómo una persona puede desestabilizarte y hacerte perder el control con tan poco, ¿no? Bueno, al menos si sos una persona frágil como yo cuando se abre con los demás. Y lo peor de todo es no saber parar. A la larga todo terminaba estando bien y simplemente era mi mente la que me había hecho pensar cosas feas, pues de hecho nada malo había pasado (o al menos que yo lo supiera). Me había imaginado todo. Estoy tan acostumbrado a tener el control que, cuando no lo tengo, me pasa esto. 

También decidió confesarme algo más: me confesó que a veces se sentía presionado a aceptar mis invitaciones porque se sentía en deuda conmigo por todo lo que había hecho por él, principalmente lo que involucraba dinero. Me sentí mal y apenado, porque esa no era la intención. Lo aclaré y también le pedí que no aceptara si realmente no tenía ganas o si ya había quedado con alguien más. La idea era que él pasara tiempo voluntariamente conmigo, no por obligación. Reconocí que tenía razón y sabía que yo era muy intenso, así que no quería ahogarlo. Quería darle su espacio y le pedí que me comunicara cada vez que se sintiera así.

Al final sí pudo venir a pasar la noche conmigo ese fin de semana, pero me dijo que no se quedaría a almorzar porque ya había quedado comprometido con su hermano, a quien no había visto en bastante tiempo. 30 minutos antes de venir, se lesionó la pierna en el trabajo y cuando llegó, traté de ayudarle tanto como pude a moverse, bañarse y asearse. En cierto momento, cuando terminó de bañarse y antes de acostarse, me sorprendió con el pijama que le había regalado. Hacía mucho calor para eso, pero igual se veía muy bonito. Yo después me puse algo meloso y él se molestó un poco, pero después, cuando yo decidí no intentar nada más durante el resto de la noche, fue él el que quiso pasar a un momento íntimo, y eso fue lo que ocurrió después.

A la mañana siguiente, le obsequié la Maravilla 3, la última de todas y la más especial: un diccionario. Y no era cualquier diccionario, sino el diccionario que él había declarado querer tener para una materia que le costaba. Decidí que la Maravilla 3 fuera ese diccionario porque el mensaje que buscaba comunicar con ella era un poco más profundo en comparación con los dos anteriores. Con esta Maravilla intenté transmitirle todo mi apoyo en su progreso académico. Yo sabía que él ansiaba mucho tener su realización académica en sus estudios y yo también fui estudiante, así que sé cómo se siente, por lo que decidí brindarle mi motivación de esa forma. 

Hay algo más que mencioné esa mañana. Cuando él me desbloqueó de Instagram, yo no decidí seguirlo de nuevo inmediatamente. Más bien, preferí primero tener su permiso o aprobación para comenzar a seguirlo bien. Quería ir despacio para hacer las cosas bien y, en ese momento, después de haber pasado algo de tiempo, le pregunté si podíamos seguirnos otra vez. Él se rehusó afirmando que no le gustaban las historias que yo subía porque él sabía que eran claramente para él. Yo entendía a lo que se refería, pues era así. Yo subía muchísimas historias tiernas y románticas que iban dirigidas a él. Esto que me dijo me afectó un poco y se lo hice saber. Él me dijo que le estaba dando demasiada importancia a un seguimiento como si eso determinara una amistad, y la verdad es que no era el seguimiento lo que me importaba, sino la intención que había detrás al haberme dejado de salir. Claramente al hacerlo dejaba expuesto que había algo ahí que él repudiaba o que no le interesaba ver de mí, y eso es realmente lo que me dolía, pues lo sentía como un desprecio, en especial cuando eran canciones y mensajes bonitos los que le dedicaba. Lo convencí de seguirme de nuevo diciéndole que ya realmente no subía ese tipo de cosas al ahora pasar más tiempo fuera de Instagram por culpa de la ansiedad que me producía dicha red. 

La vez siguiente que vino a dormir a mi departamento fue más bien algo imprevista. Cada fin de semana yo lo invitaba (porque realmente quería estar con él) sin ningún tipo de presión y él podía elegir si quería venir o no, y ese día, que fue un sábado, no había recibido respuesta de él en todo el día, así que pensé que ya no contestaría para ese punto. Tal vez faltaba como una hora para que él entrara a trabajar ese día y nunca contesta cuando está trabajando porque está ocupado en lo que está haciendo, por lo que, si no me contestaba antes de la hora del comienzo de su trabajo, la respuesta era automáticamente un no, pues no me podría contestar aunque quisiera. Siguiendo este razonamiento, me había resignado y estaba pensando en algún otro plan (tal vez juntarme con algún amigo o ir a ver a mi mamá). Tal fue mi sorpresa que su mensaje llegó en el momento menos pensado y más resignado. Me avisó que iría a pasar la noche.

Le había comprado otro regalo que quería entregarle. Se trataba de una remera bastante bonita que brillaba en la oscuridad; era de la película que habíamos ido a ver y que sabía que le había encantado. También había comprado algo para los dos: collares compartidos de los protagonistas de la película. Él llevaría una mitad y yo llevaría la otra; al unirlos se formaba la expresión MEJORES AMIGOS. La diferencia es que esta vez sería una sorpresa. En las ocasiones anteriores, yo ya le había avisado que le daría regalos y eso solo lo ponía ansioso, agregando que era mejor si no se lo esperaba. Tomé nota y no se esperaría esta.

Cuando llegó, lo noté muy cansado y estresado. Incluso me había avisado que quería dormirse temprano porque a la mañana siguiente tenía que ir a la iglesia (al final no fue). Lo entendí perfectamente y tenía toda la intención de dejarlo descansar.

Como quiso dormirse rápidamente apenas salió de bañarse, le pedí que me permitiera un momento, y es ahí cuando le mostré lo que le había comprado. Aparentemente ambos regalos fueron de su gran agrado. 

Tal vez porque estaba cansado y estresado, tal vez porque no tenía ganas o tal vez por alguno otro motivo que nunca supe, se mostró muy reacio durante este encuentro. Si bien lo dejaba descansar, por ahí me nacía abrazarlo o acercármele mientras dormíamos, e incluso a veces él se me acercaba mientras dormía sin darse cuenta, y se terminaba molestando conmigo enormemente. Para evitar conflictos, me mantuve en mi lado de la cama lo más que pude. No tuvimos mucha intimidad que digamos. 

Cuando amaneció, él siguió durmiendo. Me había dicho que tenía que irse a las 8:00 a. m. y hasta me había pedido que lo despertara. Incluso cuando lo hice, optó por seguir durmiendo. Así siguió hasta las 2:00 p. m., momento en el que le pregunté si tenía hambre. Accedió y compré empanadas árabes.

En lo que quedó de ese encuentro, seguía reacio al contacto, pero sí después aceptó que nos acurrucáramos. No más que eso. De todas formas yo sentía que algo no estaba bien...

Cuando llegó el momento de que se fuera a trabajar, le pedí disculpas si en algún momento lo había incomodado o molestado, o si de alguna forma había hecho algo desagradable para él. Todo quedó bien; nos abrazamos durante bastante tiempo, como esa vez que habíamos ido al cine la segunda vez, y todo pareció estar bien de nuevo. 

Esa sería la última vez que lo vería en persona.


Después de eso se ausentó durante una semana. Es decir, durante una semana no respondió mis mensajes ni se comunicó conmigo. Para ser sincero, me preocupé porque sospeché que algo pasaba o que incluso estaba ignorándome, en especial porque lo veía conectado. Cuando reapareció (que fue un día martes, en su día libre), me contó que estaba pasando por muchísimo estrés en su trabajo y que habían pasado cosas que lo hicieron darse cuenta de que tenía que sanar algunos aspectos, y que por eso se aisló de todo el mundo. Necesitaba tiempo para sí mismo. Lo entendí, y me alegró saber de él, aunque me hubiera gustado recibir un mensaje para saberlo y quedarme tranquilo.

Tristemente, no importaba cuánto intentara suavizarlo para que me confiara en mí o para que se animara a mirar las cosas de otra forma, su orgullo y egoísmo eran muy grandes, junto con tintes de inmadurez. Y eso me frustraba: ¿por qué si yo no tenía orgullo ni era egoísta con él, él sí? En un momento, después de una ausencia de una semana que tuvo de la que hablaré más adelante, cuando me preocupé por la forma en la que resolvía sus problemas personales y familiares (resignándose en el dolor y simplemente soportándolo sin hacer nada para cambiar la situación), me animé a decirle (aclarando que no tenía ánimos de ofender, sino más bien que me preocupaba por él y lo quería porque era de las personas más importantes que tenía) cómo lo veía y le dije que yo consideraba que su problema era que no tenía predisposición a cambiar ni a diferenciar las cosas o a las personas y prefería hundirse solo en su dolor en vez de confiar en gente que le demostró no ser hostil. Yo manifesté que quería ayudarlo, pero él sencillamente decía que eso no era posible. No se abría a nadie y eso hacía que se aislara solo y, en el momento de pedir ayuda, pensaba que no podía recurrir a nadie. Agregué que no está mal tener orgullo, pues es lo que nos protege de las personas que quieren hacernos daño, pero no es necesario tenerlo con quienes nos quieren y nos han demostrado no ser hostiles. Para hacer que una situación cambie, primero hay que creer que lo imposible puede volverse posible y eso es en lo que él fallaba. Aún tengo el largo mensaje que envié en ese momento.

Pero sí hay algo que puedo hacer. Mimarte, abrazarte, recordarte lo mucho que valés para mí, comprarte algo que te gusta. Yo no cambié... Desde que nos conocimos, he sido el mismo y te he querido de la misma forma desde entonces. Jamás paré, ni siquiera por ninguno de los obstáculos que se hayan presentado. Y siempre trato de mostrártelo cada día. Mi corazón late tan fuerte como el primer día.

Pero sí he sentido que vos te has distanciado. Y ahora todo tiene sentido. Es porque no estás bien. Pero yo jamás me rendí... y si estás desanimado, yo tendré esperanza por los dos, porque para mí nada es imposible mientras nos tengamos el uno al otro. ❤️

Qué curioso. Antes hablábamos todos los días y nos contábamos muchas cosas al día. Ahora apenas hablamos una vez al día. Y ahora veo el por qué. 

Solo te diré algo más, porque te quiero y solo quiero lo mejor para vos. Quiero ayudarte aunque te encuentres en tu mundo y, aunque tal vez no logre cambiar tu opinión, al menos te habré hecho saber lo que quiero decir. Ojalá lo que te voy a decir no te moleste ni lo veas como una presión, pues no es mi intención, lo aclaro. Como te dije, sos una de las personas más importantes que tengo ahora en mi vida. Tenelo presente.

A veces solo necesitás a alguien que te preste su hombro o su cuerpo para llorar un rato y liberar toda esa emoción que está atrapada dentro. 

Pero cada vez te cerrás más en vez de querer hablar. Quisiera poder saber qué pasa para poder ayudarte más. Entiendo que podés pensar que no hay solución en este momento porque te sentís mal y tu mente te hace pensar lo peor. Pero mientras más digas que no hay solución, más te lo vas a creer. Ese es el paradigma que hay que cambiar. Dejar el dolor que te ata a tu pasado. Empieza por vos, bonito. Es tu voluntad y tu mentalidad las que deben cambiar. Igual no sé qué tan grave es de lo que estamos hablando, pero quiero pensar que es algo que podemos solucionar. Algo te está bloqueando. Tal vez por estar demasiado pendiente de vos mismo como mecanismo de defensa no estás viendo ni considerando a las personas que te quieren, como yo, que quieren ayudarte, y cuando te surge un problema, te sentís solo para resolverlo al encerrarte, y al no sentir que tenés solución por no querer pedir ayuda, solo te resignás a sufrir en silencio. No creo que tenga que ser así. Yo creo que te he dado miles de motivos para que puedas abrirte conmigo, así que si en algún momento te sentís listo o dispuesto a contarme, te leeré/escucharé con toda mi atención, como siempre he hecho. Creo que sería mejor eso antes que desaparecer, pues solo terminaría generando más preocupación. La ignorancia voluntaria es perder el control. 

Y si es el trabajo lo que te está generando estos sentimientos, lo mejor sería reconsiderar si realmente querés seguir en él o si podés llevarlo adelante de una forma diferente. La idea no es sufrir. No será el fin del mundo si dejás de trabajar y solo te abocás a tus estudios como venías haciendo. Yo no te voy a dejar solo bajo ninguna circunstancia.

Solo eso. Siento que debía decírtelo.

 

 Que él actuara de esta forma solo me hacía pensar que en su pasado lo habían decepcionado y lastimado demasiado. Me hubiera gustado llegar en el momento adecuado para prevenir esas cicatrices.

Realmente tenía mucho miedo cuando le mandé este mensaje largo porque pensé que se lo tomaría mal teniendo en cuenta los antecedentes de los momentos en los que decidí expresar mis preocupaciones. Para mi sorpresa y alivio, lo reconoció y dijo que debía trabajarlo. Él siempre había reconocido que necesitaba recibir terapia, pero imagino que habrá tenido sus motivos por los cuales no la había tenido. Yo además le dije lo siguiente:

Y quiero ayudarte a trabajarlo, mientras seas vos quien lo haga. Al fin y al cabo, tiene que nacer de vos, bonito. Yo no puedo obligarte. 

Si hay algo que noté en ese momento es que ya no le afectaba que por mensaje le dijera cosas bonitas (o eso parecía), aunque en persona no le gustaba. De todas formas aún me animaba a decirle te amo, pues siento que eso sí podía resultarle chocante. Lo había hecho antes y definitivamente lo repudió.

Aproveché que él se mostró sensible y algo cariñoso por mensaje (y yo también me puse así) para ofrecerle si quería venir ese fin de semana. Le dije que tenía tantas ganas de acariciarlo, abrazarlo y que nos quedáramos dormidos así, a lo que él contestó: «Probablemente el fin de semana». Me generó una sonrisa en el rostro. Tenía muchísimas ganas de concretar muchísimos planes con él. Siempre había sido así, pues planificaba cada encuentro aunque él todavía no me hubiera dicho que sí. 

Quedamos en vernos nuevamente ese fin de semana que estaba por llegar y hasta habíamos programado una cena en mi departamento el martes de la semana siguiente (yo quería verlo ese mismo martes que había reaparecido, pero consideré que era mejor dejarlo descansar ese día, gesto que él agradeció). Pediríamos hamburguesas de un restaurante que le gustaba. Quedó en confirmarme si vendría el fin de semana, así que eso estaba pendiente y posiblemente ocurriría, pero lo que sí confirmó con seguridad fue lo de la cena del martes: «Lo agregaré a mi agenda», había dicho. 

Lamentablemente, esos planes jamás se concretarían.

Llegó el jueves. Le mandé un mensaje cerca de la hora del inicio de su jornada. Lo saludé y le pedí que me confirmara apenas pudiese si vendría el viernes o el sábado. No hubo respuesta.

Llegó el viernes. Seguía sin haber respuesta. Deduje que ya no vendría el viernes. Lo volví a saludar haciéndole saber que yo suponía que él no vendría esa noche a menos que me dijera lo contrario. Solo recibí el video de un meme, nada más. Pensé: «Bueno, quizá no lo vea hoy, pero tal vez mañana sí». Llegó el sábado, y como si del agua caliente se tratase, se había evaporado. Su respuesta jamás llegó. Su confirmación jamás se avisó. Jamás se presentó.

Pensé: «Está bien, quizá no lo vea el fin de semana, pero nuestra cena del martes está confirmada». Desagradable fue mi decepción cuando aquel día llegó y seguía sin recibir novedades de él. Brillaba por su ausencia. Podía ver que se conectaba, pues Instagram me lo hacía saber, pero su comunicación no llegó jamás.

Y desde ese momento, no volvería a saber más nada de él al menos hasta dentro de entre tres meses y medio o cuatro. Su ausencia fue muy dura y abrupta. Me dejó un vacío enorme y me pesó durante mucho tiempo. Mi mente pensó lo peor: que quizá ya no quería saber más de mí, que quizá ya se había cansado de mí o alguna otra cosa. Pero a la vez pensé: «Si es así, ¿cómo es que aún no me bloqueó?». Él una vez, tras nuestra tercera pelea me había advertido que, si no me bloqueaba, era porque no tenía intención de terminar su relación (cualquiera que esta fuera) conmigo. Recordé esto y me tranquilicé, pero durante mucho tiempo sobrepensé la situación una y otra vez, lo que me generó mucha ansiedad. También la ansiedad aumentaba cada vez que salía a la calle, pues siempre estaba presente esa posibilidad de cruzarlo en la calle y tuve un pequeño ataque de pánico una vez en la vía pública cuando creí haberlo visto. Una sensación horrible para lo que no tenía preparación mental.

Dos semanas antes de su desaparición indefinida y prolongada, le había dado de alta a mi seguro médico. Quería volver a estar en regla con mis cuidados. Fui a ver a diferentes médicos una semana antes de que desapareciera.

Empecé a usar anteojos, pensé que tenía diabetes por haber ayunado mal el día que me hice exámenes de sangre (pensamiento que me desalentó muchísimo al comienzo cuando pensé que era real), obtuve un plan de comidas a pesar de comer saludable solo para asegurarme de que estaba bien encaminado con la comida y me hice una limpieza dental. Lo de utilizar anteojos y el pensamiento de posible diabetes me generaron estrés junto con otras emociones negativas, y ese fin de semana esperaba contárselo al verlo para sentirme un poco más contenido... pero no esperaba que desapareciera así. 

Además de los profesionales que mencioné vi, estaba la psicóloga, a quien empecé a ver un poco después porque al principio me había costado encontrar un psicólogo que aceptara mi seguro médico. Sí me gustaba ir, aunque objetivamente creo que ya identificaba el problema y una posible forma de tratarlo antes de hablar con ella, y cuando iba a verla, simplemente se lo contaba y me descargaba. No es como que realmente buscaba su ayuda; solo quería que un oído profesional me escuchase.

Si bien al principio aún me costaba, con el tiempo ya me había acostumbrado a la ausencia de esta persona especial. Había aprendido a convivir con el dolor. Es algo que le dije a mi psicóloga: 

No creo que me sirva mucho negarlo o fingir que no está ahí; lo mejor que puedo hacer es reconocerlo asumiendo que está ahí y que duele, y lidiar con ello hasta que la herida en algún momento sane (y si no sana, que al menos sea menos dolorosa). Acostumbrarse es la única forma para que inconscientemente la mente lo incorpore como algo rutinario o habitual hasta que por sí sola le reste la importancia que al comienzo le daba. Días malos seguramente habrá, pero de eso se trata un duelo; camino fácil no hay. 

Y así lo hice. Costó al principio, pero de a poco me enderecé. Reconocía el dolor y la nostalgia siempre que podía, hasta que empezó a ser tan normal que ya no parecía afectarme tanto como antes. Me había acostumbrado, y de a poco fui pensándolo menos (lo pensaba al menos una vez al día, pero en menor cantidad), excluyéndolo de mis planes (ya no pensaba en qué podíamos hacer juntos) y escribiéndole poco (mis mensajes aún estaban presentes, pero ya eran menos frecuentes y a veces incluso ni eran mensajes, sino publicaciones lindas que encontraba y que me recordaban a él). Sí seguía de vez en cuando enviándole mensajes lindos y hasta subía historias que le dedicaba indirectamente. Era un proceso, pero creo que el tiempo de ausencia definitivamente hizo que lo dejara ir parcialmente. No lo terminaba de soltar, pero definitivamente había logrado una gran mejora. Sin embargo, aún había cosas que me generaban ansiedad, como salir a la calle y pensar que podía toparme con él y también estar en la zona donde trabajaba. 

Recuerdo que, antes de que desapareciera, le había escrito unos mensajes largos con muchísimo sentimiento, lleno de palabras bonitas y publicaciones que denotaban afecto. Nunca supe si realmente los leyó...

Y también recuerdo que, cuando pasaron casi dos meses de su ausencia (cuando comencé a resignarme), sí le escribí varios mensajes largos, importantes y solemnes. En él hablé de muchísimas cosas personales, así que prefiero reservarlas y solo incluir lo más importante o dar una descripción general de lo que dije en ellos. Fue la primera vez en la que pensé un poco en mis sentimientos y en la que me animé a decirle te amo sin preocuparme por su reacción. 


Hola, mi querido XXX [su nombre]. Ya han pasado casi un mes desde tu último mensaje y casi dos meses desde la última vez que te vi. Te extraño mucho y no he sabido nada de vos, pero mi corazón siempre ansía que estés bien y que en algún momento llegue un mensaje tuyo. No sé si estás pasando por un momento difícil, y no sé si leerás esto, pero ojalá puedas recurrir a mí si la situación se pone más difícil de lo que puedas soportar. Decidí redactar algo muy importante que quiero decirte, y creo que será mi último mensaje (a menos que vos en algún momento me vuelvas a escribir, supongo) porque no quiero seguir molestando.

Es bastante lo que debo decirte, pero espero que puedas leerlo y ojalá mis palabras llenas de amor te sirvan. Ya no quiero esconder más este sentimiento...

 Estoy realmente preocupado por vos. Te voy a decir esto desde el corazón, y nuevamente, por favor, no te lo tomes mal. Ya sabés que mi intención no es hacerte daño ni mucho menos hacerte sentir mal. Yo solo quiero lo mejor para vos. Y quiero ayudarte, de verdad, porque me importás demasiado. 

La verdad es que sí tenía muchísimas ganas y ansias de verte. Me quedé con las ganas de abrazarte, acariciarte, besarte y hacerte mimos hasta quedarme dormido. Me quedé un poco apenado. No te voy a mentir. Sí me sentí mal, y tu abrupta y prolongada ausencia me duele. Me quedé extrañándote. A mí también me gusta que me mimen un poco y que me hagan sentir especial. Yo ese viernes cuando desapareciste tuve un día muy difícil y creo que la única cosa que pensaba que me podría haber alegrado era verte. Simplemente desapareciste y me quedé ahí sin saber qué pasó. El martes de la semana siguiente a esa pasó lo mismo. Los días que pasé esperando que llegara un mensaje de tu parte. Y cada vez que me llegaba una notificación, solo ansiaba que fueras vos. Pensá que yo también puedo estar pasándola mal (y lamentablemente ese fue el caso esta vez), y quizá también quiero/necesito un poco de la contención que yo brindo en momentos difíciles (un beso, una caricia, un abrazo, un te extraño o un quiero verte, entre otros gestos). Yo también tengo días difíciles, pero creeme que hablar o estar con vos me alegra en un segundo, y pensá que yo también te puedo/quiero contener cuando vos estás mal. Así es como funcionan las relaciones humanas, las relaciones que progresan, se contienen y refuerzan, no se distancian. Siempre es más fácil ser contenido por alguien que aislarse y sufrir en silencio. Yo también te quiero alegrar en esos momentos difíciles como vos me alegrás a mí. No quiero que estés frustrado ni triste en tu soledad. De todas formas, no suelo pensar mucho en mí, sino en los demás. No quiero parecer egoísta. Al contrario, solo quiero compartir mi tiempo con vos. Pero está bien, sé que cuando desaparecés de la nada, es porque algo pasó y tampoco quiero que hagas algo si no te sentís bien. Lo que me preocupa es que no te comuniques. Que yo me quede esperando un mensaje tuyo y que me preocupe por no saber si algo te está pasando o si alguien te está haciendo daño... porque aunque siento que, aunque tratás de hacer ver que sos duro para hacerles frente a los demás, muy en el fondo siento que te lastiman igual, y eso te hace sentir solo, pensás que no podés contar con nadie. Y eso es lo que no quiero... eso es lo que me duele a mí también. 

Te encerrás mucho en vos mismo y eso hace que no pueda ayudarte mucho, y te terminás abrumando solo con tus propios problemas. Te atormenta tu pasado y te aterra tanto cometer otro error. Pero quiero recordarte que sos más que tus tropiezos. Yo te aprecio mucho y solo te quiero ayudar de la forma que pueda, y si no puedo resolver nada, al menos hablar para que te descargues y ver si puedo hacer algo para hacerte sentir mejor. Esos son gestos de amor que te trato de dar. Eso sin mencionar que me tenés bloqueado en WhatsApp, lo que también me limita en la forma de comunicarme con vos. Lamentablemente este es el único medio por el que te puedo hablar... y el único al que me das acceso.

Mirá, acá [citando un mensaje anterior] te di un gesto de amor para levantarte el ánimo, y no sé si lo leíste, pero bueno, por las dudas lo destaco. Vos sos mi interés y mi prioridad. Y ojalá yo sea los tuyos. 

 Ojalá te dejaras ayudar. Pero bueno, no puedo hacer mucho si no me dejás entrar ni confiás en mí ni me contás que está pasando. Y aunque no lo creas, yo por dentro también sufro. Sufro porque quiero que estés bien... porque cuando no estás bien, yo tampoco me siento del todo bien.

Cuando estás bien, todo se siente tan lindo porque me transmitís tu felicidad y tu cariño. Te ponés suave y parecés sentirte seguro conmigo. Cuando estás mal, te aislás y siento que te pierdo. Tu desaparición repentina me duele... porque yo te amo. Al comienzo cuando nos conocimos me contabas de todo y me hablabas bastante para decirme cómo estás. Te notaba tan feliz y seguro cuando hablabas conmigo. ¿Por qué ya no? ¿Qué cambió? ¿Qué está pasando? Es lo que aún trato de entender. No trato de obligarte, solo trato de entender. Pero necesito saber qué pasa, mi vida. ¿Qué te está lastimando? ¿Quién te está lastimando?

 Mirá, te contaré qué me estuvo pasando para que veas que tu situación a lo mejor se puede solucionar más fácilmente de lo que creés. A esto te lo quería contar en persona, pero creo que lo mejor sería adelantarlo para darte un golpe de realidad.

Yo pensé que tenía problemas de salud. Después de tanto estrés por renegar tanto con la mala atención sanitaria que tiene esta provincia (ya veo por qué muchas personas optan por irse a atender a otras provincias), pude programar citas.

Fui a ver al oftalmólogo y al médico de cabecera. El oftalmólogo me hizo un examen y desgraciadamente necesito usar lentes. Por suerte la salud de mis ojos está bien y todo está perfecto, lo único malo es que mi ojo izquierdo ve un poco borroso de lejos. El problema fueron los exámenes de sangre que me hice para el médico de cabecera. Mis niveles de azúcar en sangre habían salido mínimamente elevados. Me preocupé de todas formas porque no sabía qué había hecho para tener esos niveles, pues como saludable, voy al gimnasio, bebo agua, no fumo ni bebo alcohol. La verdad es que estaba consternado y frustrado. En ese momento pensé lo peor. Por suerte, ya tuve una cita de seguimiento para ver los resultados. Se pensó que tal vez no había ayunado bien ese día, o que a lo mejor estaba un poquito elevada por estrés o ansiedad (lo que podría ser). No es preocupante. Esos niveles bajarán, según el pronóstico médico. Estoy en el rango normal. 

A lo que voy es que estoy sano y cuando pensé que no lo estaba, solo ansié tanto poder estarlo...

Y cuando en esos momentos me di cuenta de que estaba bien, dije: «Estoy bien, mi salud está bien. Estoy agradecido. Si estoy bien, solo quiero estar con XXX [su nombre], el chico que me gusta, el chico al que amo. Disfrutar mis momentos con él. ¿Por qué, si yo estoy bien, él no puede estar bien también?». Quiero que estés bien. Y quiero ayudar para que eso sea posible de algún modo. No quiero que tengas que sufrir en silencio resignándote... Yo quiero cuidarte. 

Las cosas solo van a cambiar cuando vos quieras que cambien, cuando vos te propongas que el resultado sea diferente. Pero sí creo que vas a necesitar ayuda, incluso más de la que yo pueda darte. Me habías mencionado anteriormente que necesitabas hacer terapia. Quizá pueda ser un buen momento para comenzar. Y quería ofrecerme a ayudarte con eso si hace falta para que puedas ir, aunque sea una vez al mes o cada dos semanas si lo necesitás.

 Y en caso de que al leer este mensaje accedas y yo te ayude con eso, quiero que me prometas que lo vas a intentar de verdad. Que vas a intentar de verdad cambiar la situación, que no te vas a hundir ni dejarte vencer por el sufrimiento, que vas a acudir a mí si estás mal y sobre todo... que ya no vas a desaparecer de esta forma. ¿Puede ser? Haré lo posible para ayudarte, pero quiero saber que estás ahí también para mí... porque yo te amo. Tené fe en Dios y pedile que te ayude a dejar atrás este dolor que te está abrumando con frecuencia, que no te deja seguir, que no te deja sentirte bien. Pedile que te ayude a sanar. Nada es imposible. Creelo.

Y por favor, desbloqueame en WhatsApp. Ya no pongas más distancia entre nosotros. No voy a llenarte de mensajes. Solo quiero tener un contacto más directo con vos como antes. No es que quiero ser insistente, solo trato de ayudarte, pero tenés que que abrirte y confiar en mí. Y para eso no debe haber más distancia entre nosotros. Por favor, de corazón, abrirte conmigo. Confiá en mí, como ya lo has hecho indirectamente antes, aunque no quieras admitirlo ni decirlo. Jamás hice algo para hacerte daño, así que tampoco pretendo hacerlo ahora. Tené fe. No es justo que pases por esto solo. No es justo que riamos juntos y que llores o sufras solo... Aquí estoy. Enfrentemos el problema juntos. Saldremos de esta juntos.

Nuevamente, con todo esto no busco presionarte ni obligarte. Solo estoy preocupado por vos. Vos serás quién tomará la decisión final.

Bueno, perdón por tantos mensajes, pero siento que tenía que decirlo... Ojalá algún día leas estos mensajes. Te quiero, y espero que estés bien. 


Si bien en el mensaje expresé que ese podría ser el último, no fue así. Claramente aún no lo había dejado ir. Una parte de mí no quería. Mis mensajes ya eran menos frecuentes, eso es cierto, pero aún estaban. Y también de vez en cuando le seguía enviando publicaciones bonitas.

Y así fue durante un tiempo. Podía ver que se conectaba y se desconectaba, pero no había rastro de su actividad. Casi nunca notaba que leía mis mensajes, pero jamás respondía. Enviara algo o no, seguía ausente.

Si bien a veces sí me acordaba de él o veía cosas que me traían nostalgia, definitivamente creo que estaba mucho mejor que antes y algunas veces me olvidaba de pensar en él. Inconscientemente dejé de considerarlo en mis planes, me aboqué un poco más a mis cosas, traté de pasar más tiempo con otras personas que me quieren, traté de mimarme un poco más de alguna forma. Trataba de recuperar un poco de ese cariño que había drenado por completo de mi ser. Por desgracia seguía habiendo cosas que me generaban ansiedad (por ejemplo, pasar por la zona donde estaba su local de trabajo, escuchar una canción linda que conocí gracias a él o cruzarme con algo que me trajera un recuerdo de él). Aunque sí sabía que de a poco tenía que soltarlo de alguna forma aunque costara. Una vez me miré frente al espejo pensando en eso y vi el collar compartido que me colgaba del cuello. Respiré hondo, cerré los ojos y con mucho esfuerzo la desabroché para sacármela. Me sentía débil en ese momento, pero logré hacerlo. Abrí un cajón que nunca reviso en mi departamento y coloqué el collar ahí. Cerré el cajón y volví a respirar hondo. En mi cabeza la idea originalmente quitarme el collar y no volver a ponérmelo hasta que reapareciera, pero como parecía muy poco probable, después pensé que simplemente debía dejar el collar ahí encerrado y fuera de mi vista hasta que un día, cuando todo hubiera pasado, lo abriera sin darme cuenta de que estuviera ahí y al verlo, ya no sintiera tristeza. 

El tiempo pasó. Todo fue así hasta que llegó fines de octubre, momento en el que tuve que tomar dos decisiones muy difíciles. Una se dio primero que la otra, pero la que se dio después reafirmó la primera.

La primera decisión difícil fue mudarme de nuevo a la casa de mi mamá. Estaba pasando por muchísimo estrés laboral, muchísima fatiga, mi salud estaba empeorando y definitivamente necesitaba descansar de alguna forma. El trabajo estaba acabando conmigo. Fue una decisión muy dura, pues eso significaba renunciar a mi independencia, a mi espacio, a mi intimidad, a mi propio lugar seguro donde pudiera estar solo si quería. Fue un sacrificio muy grande, pero así lo decidí. Definitivamente necesitaba descansar y ya no podía seguir ese ritmo laboral. Definitivamente trabajar sin parar durante más de un año y medio sin tomarse vacaciones termina pasando factura, sin mencionar los cambios de reglas que había tomado la empresa para la que trabajo que habían aumentado mi estrés también. Quizá antes era tolerable, pero ya no. Un trabajo inestable definitivamente te hace mal psicológicamente. 

Mi mamá, sin rencores, aceptó acogerme de vuelta en mi casa con todo el amor del mundo. Volvía nuevamente a la casa donde antes de que todo esto pasara, yo estaba bien y contenido, donde había obtenido la esencia de quien soy, donde nunca estaba solo si necesitaba ayuda. En ese momento pensé que no estaba mal regresar a donde te volviste lo que eras si necesitabas regresar para volver a serlo. 

Volver generaba estrés y ansiedad por todo lo que eso conllevaba, en especial si hablamos de una mudanza y también las deudas y gastos que se me avecinaban: terminar de pagar los muebles que yo mismo había comprado para mudarme, pagar otro mes de alquiler más una multa por rescindir el contrato anticipadamente, los gastos rutinarios de cada mes. Todo esto teniendo en cuenta que ahora cobraría menos, pues había decidido reducir mis horas por el bien de mi salud. Volvería a la casa de mi mamá para descansar y ocuparme menos de las cosas, trabajar menos y descansar más. Había algo más que desataría mi estrés y mi ansiedad: una oferta laboral, que suponía elevados gastos de viáticos a Buenos Aires, con dinero del que realmente no disponía, pues ya tenía demasiado que debía pagar como para que se me sumara esto, pero igual acepté, y me alegra haberlo hecho.

El fin de semana antes de que comenzara noviembre, llevamos la mayor parte de mis cosas. Con esa gran mayoría, ya prácticamente estaba establecido de nuevo en mi casa, aunque me faltaba buscar algunas otras cosas. La vida no deja de sorprenderte nunca, y una semana después de mudarme, un 29 de octubre, la persona especial finalmente... reapareció. Yo estaba estupefacto y comencé a sentir un poco de ansiedad otra vez cuando me llegó su mensaje.

Y ahí vinieron las explicaciones. ¿Cuál había sido el motivo de su ausencia? La versión breve es que me contó que las cosas se habían puesto peores en su casa y se alejó por no saber manejar la situación. Y yo seguía actuando con todo el amor del mundo porque, a pesar de lo que había pasado y a pesar de su ausencia, sentía que aún lo amaba. Nos pusimos un poco al día con la vida del otro. Nuevamente traté de ofrecerle mi ayuda y traté de ver alguna solución para su problema a pesar de no tenerla, pero él insistía en que saldría de a poquito y que no debía preocuparme, pero que igual lo agradecía. Me había alegrado mucho volver a saber de él y eso me endulzó... aunque volví a sentir ansiedad, esa ansiedad que hacía tiempo no sentía, esa ansiedad que me desestabilizaba. Y también me sentí mal porque me había mudado de nuevo a la casa de mi mamá y ya no tendría un espacio para mí solo donde pudiera estar con él. Me estaba arrepintiendo y ya deseaba deshacer todo enojándome conmigo mismo por apurarme tanto en mis decisiones hasta que... mi mente pensó en frío: «Si él quiere estar con vos, lo estará a pesar de las circunstancias y las decisiones, en especial las que tienen que ver con tu salud. Cuando se quiere, se puede». Y cuando pensé eso, consideré que lo mejor sería seguir llevando las cosas como las venía llevando. No podía poner a nadie por encima de mi propia salud. Por primera vez, tendría que ser él quien se amoldara a mí, después de tantas veces que había sido yo quien se amoldara. Y, de todas formas, tras reaparecer, volvió a desaparecer al día siguiente, así que eso solo confirmó todavía más que había tomado la decisión correcta. Me sentí bien al no haber cedido, ni siquiera si era por amor, porque yo sabía que aún lo amaba. 

Y a la voluntad que no había podido encontrar antes para empezar con toda la voluntad el proceso de soltar, la encontré finalmente cuando descubrí algo que me hirió.

Había visto otra publicación linda más con la que me había topado por ahí y que quería dedicársela, así que en la caja de comentarios intenté escribir su usuario para etiquetarlo como ya había hecho. Pero esta vez apareció un error: Este usuario no permite que todo el mundo lo mencione. Ese mensaje levantó mi sospecha. Decidí consultar mi lista de seguidores y vi que su nombre no aparecía en ella. Me había dejado de seguir... otra vez.

Teniendo en cuenta que ya me había dejado de seguir una vez por un motivo, esta vez no podía ser no intencional. Había un antecedente, y como ya le había mencionado, no era el seguimiento lo que me importaba, era la intención que había detrás del acto de dejar de seguir. En esta ocasión me sentí muy mal porque lo consideré una especie de desprecio. Pensé: «Si no me sigue, es porque no tiene interés en ver mi contenido, sobre todo si el contenido va dirigido a él. Hay algo ahí que le genera rechazo. Parece que no es capaz de apreciarlo aún con todo lo que he hecho por él, pues de alguna forma le sigue ocasionando algún tipo de molestia». Sentí mucha ira en ese momento y mi primer reflejo fue sacar mi bloc de notas y redactar un mensaje para él descargando toda ese enojo, esa bronca y esa impotencia que sentía. En el mensaje dije de todo, absolutamente todo lo que me había estado guardando y estuve a un paso de enviarlo realmente, pero algo me detuvo, y eso era la incertidumbre: ¿realmente me había dejado de seguir intencionalmente o fue tal vez un error de dedo? El antecedente que teníamos me hacía pensar que había sido intencional y seguramente era lo más probable, pero no tenía la confirmación. Los accidentes también pasan. Esa falta de certeza me impedía mandar el mensaje porque realmente no estaba seguro y no quería ser injusto con nadie. Muchísimas veces me había pasado que yo sabía perfectamente cuál era la verdad, pero no me habían dado la oportunidad de explicarlo. Y es feo saber lo que realmente pasó y no poder comunicarlo. Por ese motivo, decidí darle el beneficio de la duda, pero solo hasta confirmar mi sospecha. En lugar de enviarle el mensaje lleno de ira, decidí primero confirmar mi sospecha con toda la tranquilidad del mundo: «Estaba consultando mi lista de seguidores y noté que tu nombre no aparecía en ella. ¿Pasó algo malo? ¿Viste algo que no te gustó? ¿Hice algo indebido?». También pensé: «Sería mejor que primero hablara de esto con alguien». Y así fue. Pedí consejo a un amigo provinciano de Buenos Aires, quien ya conocía toda mi historia con esta persona y sabía todo lo que yo había estado atravesando. Me recomendó no mandar nada y simplemente seguir con mi vida, pero yo sentía que yo también merecía que me escucharan. Así que tomé parte de su consejo, pero también hice algo más. Ya se me había pasado la ira, así que leí el mensaje que había redactado lleno de bronca y decidí volver a escribirlo, esta vez con un tono más suave. No obstante, no lo mandé. Solo lo guardé en el bloc de notas. No sería ese el momento en el que lo enviara, pues primero la sospecha debía confirmarse, pero sí sería ese el momento en el que yo finalmente diera un paso al costado. Sería el último mensaje que le enviaría, y esta vez así sería. Si en algún momento él contestara, le respondería, pero ya no habría ningún mensaje que yo enviara por mi propia iniciativa. La comunicación ahí se cortaría y solo él podría reactivarla si en algún momento realmente lo quisiera.

Así que con toda la firmeza, la seriedad y el valor que tenía, tomé la segunda decisión difícil: empezar el proceso de dejar ir. Borré todo lo relacionado con él (las fotos que nos sacamos, la lista de publicaciones lindas que quería dedicarle, las notas con textos que escribí pensando en él, la carta que le escribí en la Maravilla 1, la lista de reproducción con las canciones que le dediqué, la lista de ideas de regalos que tenía para él), nuestro chat se perdió entre todos los otros chats que tenía y estaba fuera de mi vista, y filtré toda publicación bonita o nostálgica que pudiera aparecer en mi inicio que me pudiese recordar a él o que me pudiese generar ganas de enviársela; ahora estas publicaciones ya no me aparecerían. Era momento de enfocarme un poco más en mí mismo y por suerte tenía una gran cantidad de contenido para ello: deudas, mudanzas, gastos previstos, gastos imprevistos y un próximo viaje a Buenos Aires. 

Por difícil que fuera dejar ir, creo que había tomado la decisión correcta de volver a mi casa para estar alejado de todo, y simplemente respirar aire fresco, descansar mi mente y ocuparme de mis cosas ayudaría. No debía volver a mi casa solo para descansar del trabajo, sino que también debía volver para aislarme y calmar mi ansiedad. Debía sanar esta herida emocional que aún sangraba. Debía volver para ser yo mismo de nuevo. Debía estar en la intimidad de mi casa y en la exclusividad de mi zona para poder salir de mi hogar con tranquilidad sin sentir esa ansiedad que sentía en la ciudad por el temor de cruzarlo en la calle y no saber cómo reaccionar. Debía volver a relacionarme con mi pequeño círculo íntimo con quien siempre me sentía bien y que extrañaba tras haberme mudado. Debía darme tiempo a mí mismo... solo. Era un gesto de amor propio que, si bien conllevaba un gran sacrificio, era lo correcto.

Además, yo también tenía un obstáculo que evitaba que pudiera estar tranquilo y que más bien ocasionaba que yo siguiera sintiendo ansiedad: el hecho de que vivo en una ciudad muy pequeña. Recuerdo que había hablado de esto con una amiga cercana que había pasado por una experiencia similar y le había tomado como dos años cerrar por completo el ciclo. Su psicóloga le había dicho algo bastante cierto: «Es muy difícil hacer un duelo cuando el fantasma del muerto aún te persigue». A lo que se refería es que es difícil tratar de olvidar o superar a alguien si te encontrás en una situación en la que de alguna forma seguís viendo o teniendo presente a esa persona con frecuencia. En este caso, al vivir en una ciudad chica, sus habitantes se conocen entre todos y saben sus vidas, por lo que el nombre de quien tratás de evitar podría mencionarse en algún lado, o podrías tener algún amigo en común con esta persona, o podrías salir a algún lado y cruzártela en la calle. No es tan fácil como en una ciudad grande donde la densidad poblacional es mayor y al haber tanta cantidad de personas, las probabilidades no intencionadas de coincidir son muchísimo menores (por muchísima diferencia). Así que, que al fin y al cabo, aunque difícil, la decisión de mudarme de vuelta a la casa de mi mamá para aislarme, para darme un tiempo exclusivo de sanación y para darle un respiro sin ansiedad a mi mente no fue para nada errónea.

Una semana antes de mi viaje a Buenos Aires, tuve la pequeña fiesta de disfraces de una amiga. Tenía algo de ansiedad social al principio, pero creo que la pasé muy bien después. Me quedé despierto hasta tan tarde, algo que normalmente no hago. Me había gustado interactuar mucho con personas en esta ocasión.

El jueves de la semana siguiente, mi viaje a Buenos Aires comenzó, y creo que era algo que había necesitado tener desde hacía rato, porque volví totalmente renovado y diferente, por más breve que este haya sido. Pues a pesar de que originalmente era un viaje laboral y el resultado de la oferta laboral no fue el que esperaba, sí pude disfrutar de un pequeño viaje para despejarme, para conocer gente nueva, para estar en una realidad diferente de la mía. Cuando terminó el propósito laboral del viaje, hubo un cambio abrupto de planes y la estadía se extendió, y en ese momento, se convirtió en un viaje de placer. Fue la mejor decisión que pude haber tomado y un bonito gesto de amor propio. Cuando volví, solo estaba tan ansioso por planificar el siguiente viaje y comprar los pasajes lo más pronto posible. Pero en esta ocasión, no quería volver en un largo tiempo. Quería ir con más dinero y tener una estadía mucho más larga. Realmente fue tan hermoso olvidarme unos días de mi vida en mi ciudad natal, y también de los que en ella habitan. Fue un pequeño respiro que mi mente necesitaba y una oportunidad para conocer personas muy diferentes de las que estoy acostumbrado a conocer acá. La diferencia de mentalidad es abismal. Es curioso pero, todo lo que en algún momento las personas de mi ciudad natal no habían valorado de mí (y hasta veces me lo habían marcado como defecto para descalificarme), allá sentía que lo valoraban y hasta era mutuo. Eso solo confirmó que jamás conecté con la gente ni con la cultura de acá, y solo confirmó también mis ganas y mi decisión de volver a viajar a Buenos Aires lo antes posible para tomarme merecidas vacaciones. Y sobre todo, sí sentía que allá me daban mucho del cariño que acá no había recibido.



Llegamos al presente. No he vuelto a recibir ningún mensaje de parte de la persona especial. Su chat está perdido en algún lado. No he vuelto a visitar su perfil (algo que de tomas formas había dejado de hacer desde que silencié sus historias porque ver su perfil me generaba la misma ansiedad que me generaban sus historias - incluso en el presente, después de tanto tiempo, aún me pasa, así que lo evito a toda costa). El único rastro que quedaba de su actividad era su foto y su nombre que estaban presentes en las sugerencias que aparecen cuando le vas a enviar a alguien por mensaje directo una publicación de Instagram. Fue así por un tiempo hasta que, por una extraña razón, solo comenzó a aparecer su nombre, como si la foto se hubiera eliminado, y este fenómeno no se manifestaba con ningún otro perfil del apartado de sugerencias. Ninguno más que el suyo. No sabía a qué se debía y tampoco quise averiguarlo. Después su perfil simplemente desapareció del apartado de sugerencias al no haberle vuelto a mandar una publicación por mensaje directo. No sé qué habrá sido de él. A pesar de todo esto, yo definitivamente me siento mucho mejor en el momento que escribo esto, en especial después de haber regresado de un bonito viaje (del que realmente no quería volver). Hay algo que me preocupa, y es el hecho de que se acerca su cumpleaños a fin de año, y no sé muy bien cómo actuar al tratarse de una ocasión especial, pero seguramente en el momento haré lo que dicte mi corazón. Por lo pronto, yo seguiré con mi vida como ya me he propuesto a hacer, pues tengo que cuidar mi integridad; al menos ya tengo proyectos nuevos que me motivan a seguir enfocándome en mí: tener tantos viajes a Buenos Aires como pueda y conocer a mis amigos de allá. Capital Federal es sencillamente preciosa y siento que no he conocido ni el 10 % de ella. 

También tomé la decisión de volver a trabajar las horas que había reducido, pues después de mi viaje volví renovado y mejores ánimos. Me di cuenta de que, si bien mi trabajo sí se puso más difícil, sigue sin ser algo que no pueda hacer. Solo necesitaba descansar un tiempo para recuperarme. Debía tener un poco más de autopreservación. Y a partir de ahora, me tomaré descansos, suspenderé la jornada cuando no pueda más y sobre todo, me tomaré vacaciones para viajar. No puedo esperar para volver a emprender un viaje.

No he confirmado mi sospecha todavía ni le he enviado el mensaje que guardé en mi bloc de notas, pero creo que me gustaría compartirlo por acá porque es parte de mi descargo. En cuanto pueda, el mensaje se entregará. Si nunca reaparece, al menos habré expresado mis sentimientos por aquí. Es parte de mi proceso. Lo escribí antes de irme de viaje, así que puede reflejar un estado de ánimo y una perspectiva muy diferente de la que tengo ahora. 


 
Hola, XXX [su nombre]. Te dejé de escribir porque tomé una decisión muy triste. No es que te abandoné, solo te di y me di espacio por un motivo en particular. Cuando me escribieras vos, te contestaría.
Voy a tener que decirte la verdad en su totalidad, porque no tiene caso seguir ocultándolo, aunque cueste o duela. Espero no ofenderte con nada de lo que diré, porque no busco hacer eso, corazón.
Creo que lo único que yo estaba logrando era hacer que me despreciaras más y más o que te rehusaras más y más a estar conmigo. La idea no era generarte desagrado. Yo solo estaba tratando de endulzarte el corazón, y lo he estado intentando durante mucho tiempo. Aunque no seamos pareja vos y yo, creo que me estuve comportando como una: te apoyé, te acompañé y te ayudé tanto como pude, dándote prioridad y cuidado, mostrándote interés y entregándote mi amor incondicional, tratando de solo tener un poquito de tu cariño. Pero parece que vos no valorabas mis gestos de amor y pensé que no te iba a molestar o te iba a dar lo mismo si yo desaparecía. Traté de hacerte feliz indirectamente lo más que pude, pero creo que te daba lo mismo tener un compañero que de verdad te amara y preferías dejarlo ir por encerrarte inmadura y egoístamente en tu mundo pensando que todos por igual te quieren hacer daño. No me gusta compararme, pero creo que yo sí soy bastante diferente del resto de chicos o chicas que alguna vez hayas conocido, sobre todo tu expareja, que te hizo tanto daño, un daño que yo estuve lejos de causarte, pues intenté lograr todo lo contrario. Yo siempre pienso en vos. Y es algo que creo que no lográs ver ni aprovechar. Y ojalá algún otro amigo o un familiar te lo diga también, si es que le hablaste o si decidís hablarle a alguien más de mí o de lo que vivimos/hicimos juntos.
La verdad es así, y aunque se quiera evadir o moldear de otra forma, sigue siendo así: estoy enamorado de vos, y lo he estado desde hace mucho tiempo. 
Te dediqué un montón de publicaciones/canciones bonitas, palabras de aliento y mensajes para subirte la autoestima donde te expresé todo el amor que siento por vos y parecían darte exactamente lo mismo. Ni siquiera sé si los leíste, porque no hubo respuesta. Puede que si no los hubiera mandado, tranquilamente nada podría haber cambiado. Supongo que te habías acostumbrado a que siempre fuera yo el que cediera por amor, porque te di mucho de mi control voluntariamente, y lo hice por amor porque yo sí te deposité mi confianza. Te demostré mi amor de todas las formas posibles y quise demostrarte que valgo la pena, y no me arrepiento, porque soy así. No pido que se me devuelva nada; creo que solo me hubiera gustado recibir aunque sea un poco del amor que yo di para sentirme un poco valorado. Creo que cuando te conocí, pensé que eras bastante diferente de los chicos con los que estuve antes que sí me lastimaron muy feo. Y aún lo pienso; simplemente no lográs pasar de página para poder compartir un poco de ese amor que tenés a alguien que sí le gustaría tenerlo, alguien que te demostró ser diferente y que dio su mejor versión para tratar de ser «apto». Sigo creyendo que sos un chico increíble, hermoso y capaz, pero al parecer llegué en el momento equivocado o en tu momento más egoísta. Veo que tenés mucha necesidad de mostrarte malo o rudo con los demás por temor a que hieran tu autoestima, y me doy cuenta de que esa máscara es para ocultar que sos suave y sensible, cosa que no está mal; al contrario, es algo hermoso, pero no dejás que los demás (las personas no hostiles que de verdad te quieren y que te quieren ver bien) lo aprecien. Quizá no es tu culpa, pues creo que la gran mayoría de la comunidad LGBT de acá se comporta así por el mismo motivo: para no ser heridos de nuevo por alguien. No sé si conocerás más personas como yo, porque realmente hay mucha maldad allá afuera en el mundo, y yo al menos traté de opacarla lo más que pude. En vez de confiar en mí, decidiste aislarte. La distancia duele y tu ausencia es una herida que aún sangra aunque pase el tiempo.
Hasta te esperé incluso cuando pensé que te habías ido para siempre (creo que nadie haría eso). Me quedé extrañándote. Hice más de lo que cualquier persona podría haber hecho por amor. Fui tan fiel como un perro. Pero creo que aún te falta mucho soltar y madurar, y traté de ayudarte, pero tercamente decidiste quedarte solo en el dolor. A veces el amor de alguien ayuda a sanar o al menos no te hace sentir que estás tan solo en un abismo, sobre todo cuando pensás que no podés contar con nadie, y yo creo que te demostré de muchísimas formas que yo era la excepción. Pero bueno, parece que vos decidiste quedarte ahí en el abismo por tu propia cuenta. Siempre te extiendo la mano para ayudarte a salir del pozo y me la rechazás voluntariamente (quizá por orgullo, quizá por miedo, quizá porque te negás a cambiar, o quizá por algo más). Y sinceramente ojalá te acuerdes de mí (en el buen sentido) si ya no estoy. Yo por mi parte te extrañaría muchísimo, al menos.
Es por eso que ya no quería molestarte más y decidí hacerlo de otra forma: esperaría tu mensaje si querías volver a saber de mí. Si no recibía ningún mensaje, supongo que ahí estaría la importancia y la prioridad que me das en tu vida. Me dolió hacerlo así porque realmente jamás me había enamorado de alguien de esta forma tan linda y de verdad pienso que tenemos mucho en común para complementarnos, pero bueno, a pesar de que te pediría al menos intentar estar conmigo, no puedo obligar a nadie. Con lo lindo que es dejarse querer y estar en las buenas manos de alguien que sabés que no te va a dañar ni traicionar, vos parecés tenerle miedo al amor por experiencias que aún no has superado. Y no te juzgo; al contrario, traté de ayudarte a ver lo lindo del amor. Sos vos el que no quiere salir del molde. Yo al menos lo intenté; así uno es más feliz.
Me siento horrible diciéndote esto ahora que estás pasando por un momento difícil en tu casa. Me gusta ser comprensivo, pero a veces lo soy tanto que no me fijo en lo que yo quiero también, y siento que necesito alzar la voz. Me da frustración porque lo único que intento es hacer el bien y dar amor, y parece que solo estoy logrando un efecto opuesto. Me genera ganas de llorar porque ¿tenés idea de lo difícil que es encontrar a alguien que valga la pena hoy en día, en especial en una ciudad como esta? A pesar de todo el dolor que he sufrido antes, siempre he querido sentirme bien acompañado y valorado por alguien para solo poder expresar todo ese amor que he reprimido desde que era chico. Los chicos con los que estuve o intenté estar antes fueron malos y solo me lastimaron, me dijeron cosas hirientes, me utilizaron sexualmente. Ni siquiera se molestaron en mostrarme un poco de amor. Es horrible sentirse así de descartable. Y cuando te conocí, noté que vos eras diferente, por eso vi algo en vos que no había visto en los demás. De alguna forma te vi como mi posible otra mitad.
Solo soy un chico promedio bastante simple y clásico que busca un poco de amor. Pero parece que estoy condenado, pues siempre hay algo en mi contra. Siempre ha sido así.
Sé que estás pasando por un momento muy difícil en tu casa ahora, y me gustaría aclarar algo para que no se malinterprete: este no es un adiós definitivo (bueno, a menos que vos quieras que así sea, eso solo lo decidirás vos). No me estoy yendo. Sigo acá. Solo te quería dar una explicación de por qué te dejé de escribir. Como te dije, hablame si querés saber de mí. Estaré acá, como siempre estuve. Te prometí que estaría para vos, y es una promesa que pretendo cumplir. De eso se trata amar a alguien. Simplemente te falta darte cuenta de lo que eso significa.
Cuidate, y que estés bien. Te amo.

 

 

Espero que este capítulo de mi vida quede cerrado de alguna forma y no publique una actualización de esta parte de mi historia. No quiero que el dolor se vuelva a materializar. Nunca sé hasta qué punto soy fuerte y hasta qué punto puedo ceder. 

Si has llegado hasta el final, te agradezco por haberme leído. Hacía rato quería contar esto para cerrar el tema de alguna forma. Seguramente me tomaré unos días de descanso después de subir esta entrada (o quizá no, quizá me aburra y siga publicando). Espero volver pronto. Esta entrada se subirá conjuntamente con otra entrada que contiene una canción (https://losdiariosdetom.blogspot.com/2024/11/photograph.html?m=1).








Mensajes de apoyo




No hay comentarios.:

Publicar un comentario

I'm just a cat

 Canción dedicada a mi hermoso compañero felino, la luz de mi vida. Aquel que jamás se olvida de ser noble. Aquel que jamás me defrauda y si...