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sábado, 7 de septiembre de 2024

¿Cómo fue la universidad para mí?

 Un tema sufrido, ¿no? Así suele ser para el universitario promedio. Una etapa que si bien tiene muchas libertades, también tiene muchísimas responsabilidades. Ya somos lo suficientemente adultos como para hacer ciertas cosas que quizá no podíamos hacer durante la secundaria, pero a la vez también lo somos para asumir otro tipo de responsabilidades. La etapa universitaria puede variar en cada país, pero yo voy a hablar de mi caso personal bajo el sistema educativo al que me sometí.

Actualmente en el país donde vivo hay educación pública y privada. La educación pública es de libre acceso para todos y se financia con el dinero que el Estado recauda a través de los impuestos (obvio, si es que no lo gasta deshonestamente en otras cosas *guiño guiño*). Sí, es un honor permitir que todas las personas, sin importar su género, su edad, su etnia, su orientación sexual, su origen, su ocupación, su condición, entre otros tantos factores sociales, económicos o regionales, accedan a una educación. El problema es que este sistema solo suele funcionar bien en países donde su gobierno es transparente, diligente y honesto. En los países que tienen gobiernos con muy mala reputación, este sistema suele irles como anillo al dedo para cometer actos de corrupción al desviar esos fondos a otros propósitos personales o incluso ilícitos.

Las conductas deshonestas en las instituciones públicas no siempre se observan en casos donde hay dinero involucrado. También pueden darse a través de la omisión y la complicidad. Es decir, saber cuando algo está mal, y no hacer nada al respecto. Si no, más bien, dejarlo pasar y lavarse las manos, dando indirectamente una aprobación. Eso es moneda corriente en las instituciones educativas públicas, y cualquier estudiante que asista a una, sea secundario, universitario o terciario, no me dejará mentir. Los docentes tienen todo el poder para tratar a los estudiantes como quieren, faltar si tienen ganas, ser injustos con las calificaciones que dan, etc. De todas formas, ellos saben que no habrá un superior que los penalice al cometer alguna falta (como suele ser el caso opuesto en una institución privada), a menos que sea algo excesivamente grave, aunque entre nosotros sabemos que la justicia se toma su tiempo para resolver casos. ¡Muy triste! Esto solo termina ocasionando que naturalicemos la ley de la selva, en la que la institución se vuelve tierra de nadie, el estudiante está a su propia merced y realmente no hay nadie que te apoye en una situación de conflicto.

Bueno, yo a esta situación la viví varias veces con docentes en la universidad. Gracias a Dios fui a una escuela secundaria privada y contención fue lo que menos me faltó de parte del equipo educativo. Estoy muy agradecido por eso. Cuando tuve que elegir una universidad para estudiar, lamentablemente mi carrera no estaba disponible en ninguna institución privada de mi localidad (ni en algún otro lado, según la información que tenía en mi momento). Solo estaba en la universidad pública, así que esa fue mi decisión. Sé que las universidades privadas tampoco son un paraíso ni son perfectas, pero tengo la sensación (y puede que me equivoque) de que al menos un poco más de atención te pueden prestar en comparación con una pública, y al menos siento que podés gozar de ciertas comodidades al pagar un poco más.

Comencé mis estudios universitarios en el año 2019, un año antes de la pandemia de la COVID-19. Pasé mitad de mi carrera bajo cuarentena, pues el programa de estudios duraba cuatro años en la universidad a la que asistí.

Creo que el primer año fue uno de los mejores, ya que con antelación estaba muy ansioso por comenzar la universidad y dejar la secundaria atrás. Por eso, en mi caso, a diferencia de muchas personas que no pueden desprenderse de la secundaria ni quieren crecer, yo comencé con muchísimas ganas y entusiasmo por aprender. Yo más bien quería terminar la secundaria cuanto antes porque ya estaba realmente cansado de la rutina. También tenía ganas de renovar mis círculos sociales, en especial con personas que sienten interés por lo mismo que yo (al estudiar todos la misma carrera o al menos algo similar). 

El primer año fue muy fácil para mí, ya que tuve la fortuna de ingresar con un nivel avanzado de conocimientos, entonces más bien para mí la mayor parte de lo que vi ese año fue solo una revisión. Recuerdo cómo al comienzo, en los primeros días, había como 200 alumnos en una pequeña aula, y con el pasar de los días, iban desapareciendo (algo así como El juego del calamar). Al pasar un mes, ya había menos de la mitad, tal vez ni llegaban a ser 100. 

Este año me sirvió para familiarizarme un poco con la burocracia y el sistema fallido de la universidad, aunque no tuve mayores inconvenientes. A partir del segundo año, las cosas empezaron a complicarse...

Quizá en primer año no le prestaba atención, pero en el segundo año sí empecé a notar cómo había un puñado de personas que manejaba todo o que tenía todo el poder para controlar toda la carrera. No había a quién recurrir porque a quien había que recurrir era quien realmente dejaba que el problema persistiera, y a ningún estudiante le convenía enemistarse con algún profesor o con las mismas personas que tenían el poder, por miedo a las represalias. Lamentablemente era una cosa de tener que callarse y tragarse todo con tal de no querer desagradarle a un profesor por miedo a que no te dejara aprobar su materia nunca más, y saber que quizá no tendrías el respaldo de ninguna autoridad. Triste, sí...

Y eso me pasó a mí como a muchos compañeros incontables veces a partir de segundo año con varios docentes. Gracias a Dios, otros docentes sí mostraban un grado de humanidad y humildad, pero otros eran sencillamente agobiantes y netamente desagradables. Tenían una especie de profesionalismo excesivo que les impedía entender más allá del conocimiento científico. No todos, pero uno que otro habrá carecido de habilidades sociales, como si telequinéticamente cada vez que vieran a los ojos, te dijeran: «Tu vida solo depende de estudiar y nada más. En tu mente no debe albergar ningún otro pensamiento». Salvo contadas excepciones, este estrés y este problema se disiparon en mi último año (y posteriormente cuando ya no tuve que cursar más, y solo presentarme a rendir exámenes finales). Los docentes que tuve ese año eran realmente humanos y hasta divertidos. Sentía que iba a la universidad por gusto más que por estudiar. Eso sumado a que el 90 % de las materias que tuve ese año fueron prácticas. No había ninguna teoría para estudiar. Fue realmente ameno y divertido. Lo mejor de todo es que el 90 % de las materias ya estaban abocadas a mi profesión. La parte más práctica de la carrera. Solo aplicar conocimiento y nada más.

Tampoco quiero decir que todos esos profesores «injustos» eran malos, porque realmente esto no era así. Habrá uno tal vez que era verdaderamente mediocre y por su resentimiento, legitimaba injusticias, pues se lo hacían cuando era estudiante. Quizá solo eran sobreexigentes y querían moldearte la cabeza como la de ellos, lo que limita la creatividad y la libertad de criterio de los alumnos. Creo que el objetivo no es crear ni calcar clones de un docente, sino dejar que los alumnos forjen su propio estilo y su propio pensamiento. Sin embargo, en cuanto a la calidad del conocimiento que transmitían, verdaderamente no puedo decir nada negativo porque muchísimos docentes eran brillantes. Solamente les faltaba ser un poco más humanos a más de uno, nada más. Era eso, o sencillamente no les interesabas en lo más mínino, ja, ja.

Con respecto a mis compañeros, tengo que estar agradecido de haberlo tenido conmigo durante toda la carrera, pues nos contuvimos los unos a los otros como grupo para salir adelante y para soportar todas las injusticias que frecuentemente se presentaban en varias materias de la carrera. Si leen esto, los quiero y extraño.

No sé qué moraleja podría dejar para todo esto, pues no sé si haya una. Es decir, el sistema educativo público en la provincia actualmente está muy quebrado, y muy seguramente las personas que se encuentran en el poder no tienen intención de hacer que esto cambie de alguna forma, pues no les convendría para nada, ya que pondría en peligro su comodidad o condición laboral/social.

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