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miércoles, 29 de octubre de 2025

Entrevista con un lingüista

Detesto cordialmente la alegoría en todas sus manifestaciones, y siempre lo he hecho desde que fui lo bastante viejo y precavido para detectar su presencia.
Prefiero mucho la historia, verdadera o fingida, con su variada aplicabilidad al pensamiento y la experiencia de los lectores.
Pienso que muchos confunden la aplicabilidad con la alegoría; pero una reside en la libertad del lector, y la otra en la intención dominante del autor.

 

J. R. R. Tolkien 


Entrevistador: ¡Buenas noches a todos! ¡Muchísimas gracias por acompañarnos esta noche en nuestro programa Conoce tu voz! Y en esta ocasión tenemos a un especial muy invitado.

Lingüista: ¿Quisiste decir «un invitado muy especial»?

Entrevistador: ¡Oh! ¡Tienes razón! ¡Ah! Ya empezaste a corregirme desde el momento cero y aún no hemos comenzado con la entrevista. Pero bueno, después de todo, eso es lo que haces...

Lingüista: Solo tuviste una inversión de palabras, algo parecido a un hipérbaton. Le puede pasar a cualquiera cuando el cerebro está muy concentrado y algo de repente se le escapa. Pero sí cometiste un verdadero error al final.

Entrevistador: Ah, ¿sí? ¿Cuál?

Lingüista: Yo no corrijo. Describo, que es lo que hice. Dije lo que te pasó: tuviste una inversión de palabras. Alteraste el orden de dos palabras de una forma que no es común de ver ni escuchar. Y es parecido a un hipérbaton, aunque el hipérbaton normalmente ocurre en el nivel sintáctico y, en tu caso, fueron solo dos palabras.

Entrevistador: ¡Oh, cierto, cierto! ¡Cierto que los lingüistas son omnipotentes, incuestionables, excepcionalmente sabios en el mundo del lenguaje, tan perfectos en su análisis y oratoria!

Lingüista: Y ahora de repente pasaste a una hipérbole. No hace falta exagerar. Todos cometemos errores, incluido un lingüista.

Entrevistador: ¡Ja, ja! No se te escapa ninguna. Está bien, está bien. Vamos a comenzar. ¡Bueno, aquí tenemos a un experto en la ciencia del lenguaje! El lingüista Thomas Languageheart. Tengo aquí en mi anotador que has sido bastante prolífico con tu escritura, como casi diez libros publicados. No quiero imaginarme cuánto conocimiento habrás exhibido, o cuánto conocimiento tendrás.

Lingüista: Nada. Ninguno. No creo saber nada.

Entrevistador: ¡Pero si fuiste capaz de captar eso que tuve! Algo parecido a una hipér... híper... Ay, eso que mencionaste.

Lingüista: Una inversión parecida a una hipérbaton. Fue apenas un pequeño detalle; cualquiera podría haberlo notado. No es la gran cosa. Y eso no altera tu capacidad para comunicarte de ninguna forma. No te aflijas.

Entrevistador: Ay, qué moderado. Bueno, está bien. Te agradezco muchísimo por estar con nosotros aquí esta noche.

Lingüista: A ti por invitarme, y a la audiencia por interesarse en esto.

Entrevistador: ¿Qué te parece si comenzamos con la entrevista?

Lingüista: Será un placer.

Entrevistador: ¡Siga en sintonía con el programa de esta noche de Conoce tu voz! ¡Yo soy John Narrowmind, y ya empezamos!

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Entrevistador: Bueno, tenemos mucho tiempo para hablar. 

Lingüista: (con tono irónico) Ufff, justo lo que más me gusta hacer...

Entrevistador: Bueno, ¿qué te parece si empezamos desde la base? ¿Qué es para ti la lingüística? ¿Qué es el lenguaje?

Lingüista: La lingüística es el campo de estudio del lenguaje, principalmente el lenguaje natural humano. 

(pausa)

Entrevistador: ¿Y la respuesta a la otra pregunta?

Lingüista: No la sé. Aún intento descubrirla.

Entrevistador: ¿A qué te refieres?

Lingüista: ¿Tú crees que hay una sola definición para lenguaje? ¿O una en la que los lingüistas se hayan puesto de acuerdo?

Entrevistador: Oh, no me había puesto a pensar en eso. Bueno, si tuvieras que responder esa pregunta ahora mismo, ¿qué dirías? ¿Qué es el lenguaje para ti?

Lingüista: Bueno, yo ahora mismo creo que el lenguaje es el arte de la creación, de la vida y del alma.

Entrevistador: ¿Qué te hace pensar eso?

Lingüista: Porque las lenguas se pueden usar para crear, incluso lo que está más allá de lo que se puede imaginar. Y también moldean cómo nosotros vemos nuestra propia existencia y la percepción de nuestra propia alma. El modo en que hablamos revela cómo pensamos, sentimos y vemos el mundo, y hasta incluso cómo amamos u odiamos.

Entrevistador: Todo se ve muy bonito en tu definición.

Lingüista: Pero no lo es. A veces también, para mi pesar, puede ser sinónimo de destrucción, muerte y olvido.

Entrevistador: Bueno, después de todo siguen siendo solo palabras, ¿no? Pero también, ¿no pesan más los hechos que las palabras?

Lingüista: Las acciones complementan nuestras palabras, pero las palabras suelen tener un poder excepcional: el poder del recuerdo. Decirle a algo a alguien puede dejar una huella imborrable en la otra persona. Si se usa para el mal, puede dejar un trauma profundo, pero si se usa para el bien, quizá deje una inspiración eterna. Uno no cambia de idioma; cambia de piel. Las palabras que elegimos nos delatan más que nuestros gestos.

Entrevistador: ¿Entonces dirías que el lenguaje es una forma de autoconocimiento? 

Lingüista: Sí, puede ser. Cada palabra que elegimos nos delata. A veces creemos que hablamos para comunicar, pero en realidad hablamos para recordarnos quiénes somos. Es un espejo del alma.

Entrevistador: En ese caso, sería mejor no decir nada...

Lingüista: El silencio no es siempre una vía de escape. El silencio, al igual que las palabras, nos salva o nos condena. Es, de hecho, otra parte más de la comunicación, y hasta incluso un modo de expresión. A veces no decir nada es decir algo. Si hay muchas personas hablando y una siempre se mantiene callada, eso llama la atención porque produce una disonancia. A veces un silencio voluntario puede denotar sabiduría, cuando realmente no hay nada que decir y eso es lo justo que hay que hacer. Un silencio hiriente o por omisión voluntaria puede escucharse a kilómetros de distancia cuando hay una pregunta que apenas oye el eco de una respuesta urgentemente solicitada. Y un silencio cómodo puede ser un momento para la admiración, para dejar fluir el lenguaje no verbal. ¿Tú tienes pareja?

Entrevistador: Sí. 

Lingüista: ¿Y cuánto la amas?

Entrevistador: ¿Ahora el entrevistado soy yo? Bueno, pues, muchísimo, ja, ja.

Lingüista: ¿Y necesitas decírselo siempre para que lo sepa? Es bueno reafirmarlo, pero... ¿no te has imaginado a ti mismo con ella en el silencio absoluto, simplemente contemplándose el uno al otro con inmensa felicidad? Sin necesidad de decírselo el uno al otro, ¿no crees que el mensaje se transmite de todas formas?

Entrevistador: Bueno, creo que sí.

Lingüista: Esa es la verdadera comunicación. La que trasciende las palabras y conecta almas. El silencio es la única lengua que todos entendemos y que nadie enseña.

Entrevistador: ¿Y si quisiera decirle todo lo que quisiera siempre?

Lingüista: Ten por seguro que no lo olvidaría, pero... ¡ojalá fuese suficiente!

Entrevistador: ¿Por qué lo dices, Thomas?

Lingüista: ¿Cuál es la frase que normalmente dices cuando piensas en el amor?

Entrevistador: ¿«Te amo»?

Lingüista: Decimos «te amo» porque no existe un verbo que lo diga mejor, aunque ninguno lo diga del todo. Las palabras son un intento de acercamiento, aunque siempre insuficiente.

Entrevistador: Vaya... ¿Y tienes alguna queja sobre el lenguaje?

Lingüista: Sí, justamente esa. Que sea infinito y a la vez no.

Entrevistador: ¿Cómo?

Lingüista: Como te había mencionado, nunca lo terminamos de conocer, pero a la vez tampoco es suficiente para capturar toda la realidad; solo es nuestro mejor intento. Es imposible decirlo todo. Es imposible traducir la totalidad o la plenitud de la experiencia humana, pero nuevamente, el lenguaje es nuestro mejor intento. Cada vez que nombramos algo, perdemos lo que no se puede decir de ello. 

Entrevistador: Ya veo. O sea que toda la verdad del mundo tiene sentido gracias al lenguaje, porque al menos así lo creemos.

Lingüista: Lo has entendido bien. El lenguaje es un juego de acuerdos. No hay verdad en las palabras, solo consenso en el discurso humano. 

Entrevistador: ¿Entonces nada es absoluto?

Lingüista: (sonríe y ríe con suavidad) Hay pocas verdades absolutas en la vida. De lo bueno, poco. 

Entrevistador: ¿Y qué pasa con las lenguas que mueren? ¿Es tan grave que alguien deje de hablar un idioma?

Lingüista: Si lo ves desde un punto de vista literal, no lo entenderás. La pérdida de una lengua es en realidad una metáfora de la memoria, de la identidad o de la muerte misma. Cuando muere una lengua, no solo se apagan sus palabras; también su manera única de mirar el cielo. Pero, cuando las lenguas perduran, son la esencia misma de la vida.

Entrevistador: ¿Por qué?

Lingüista: Bueno, podemos verlo en muchos aspectos. La identidad, por ejemplo. ¿Quién eres tú y por qué la gente te recuerda?

Entrevistador: ¿Por cómo soy?

Lingüista: ¿Y cómo eres? ¿Cuál es uno de tus aspectos más humanos?

Entrevistador: Supongo que lo que transmito.

Lingüista: ¿Y cómo lo sueles transmitir?

Entrevistador: Oh...

Lingüista: Exacto. Somos lo que decimos y lo que callamos. No hay «yo» sin palabras. Tal vez por eso el olvido del lenguaje sea la forma más pura de morir. Cuando tu voz se calla para siempre, tu conciencia se convierte en el eco de un recuerdo, ya no tuyo, sino de los demás. Sin el lenguaje, quizá ni siquiera sería un eco. Las palabras conservan el pasado. O distorsionan el presente. Crean, destruyen o cambian una realidad, igual que la ficción. El pasado sobrevive en los verbos; cuando conjugamos, resucitamos lo que ya no está. Y si retomamos el tema de la verdad y la mentira del que hablamos, créeme que toda verdad fue, alguna vez, una simple metáfora que olvidó que lo era. ¿Quién realmente sabe qué mentira podría convertirse en verdad, o al revés?

Entrevistador: Vaya que está en todas partes.

Lingüista: Ni hay necesidad de escapar, John.

Entrevistador: Bueno, creo que vamos a tomarnos un pequeño receso, pues se viene un bloque de preguntas del público.

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Entrevistador: Bueno, Thomas. Para este segundo bloque de nuestra entrevista, he recopilado algunas preguntas y temas de debate breves que provienen del público. Tenemos entre la audiencia una gran banda de curiosos en las tribunas.

Lingüista: Y así debe ser. Solo el que deja de buscar, deja de conocer. Adelante, pregunta.

Entrevistador: Bueno, aquí mi asistente me acercó la primera pregunta: «¿Qué piensas de la traducción y del doblaje?» Creo que deberíamos comenzar con la traducción. 

Lingüista: Creo que el trabajo de un traductor es admirable e imprescindible.

Entrevistador: (habla haciendo un puchero) Ay, ¡pero siempre se pierde algo!

Lingüista: Sí, por desgracia, es cierto. La traducción puede ser una muerte parcial del texto original. Estoy seguro de que todos los traductores aceptan que el alma del texto nunca llega entera al otro lado. Porque cada lengua es única. Refleja una visión única e irrepetible de la vida, y no se puede recrear con tal exactitud como en su versión original. Pero también estoy seguro de que, sin esa traducción, ni la voz ni la realidad de miles de culturas se podrían haber contado en otra parte del mundo.

Entrevistador: Sí, totalmente. En mi caso, que sé solo un idioma, me sirve mucho. ¿Y qué pasa con el doblaje? ¡Ay, Dios, yo lo desprecio! ¡Espantoso! Siempre me encanta ver las películas, las series o los cortometrajes en su idioma original. ¡Odio el doblaje!

Lingüista: El doblaje, la adaptación y la localización en medios audiovisuales también son trabajos admirables para mí, y son más que una superposición de voz sobre los diálogos del actor original. Son un intento por recrear la cultura original del medio audiovisual para reproducirlo como si fuera de una cultura totalmente diferente. Para mí son una joya porque los que están detrás tratan de mostrarte un producto audiovisual originario de otra cultura de una forma que se siente cómoda en tu propia cultura. Es una forma de reconocimiento a las culturas a las que está dirigido el producto adaptado, y también a las lenguas de esas regiones. Me apena que tanta gente los menosprecie, porque realmente hay mucho talento y también muchísimas huellas que quedan ahí. Hay voces que nunca se olvidan, sobre todo cuando se asocian con un personaje al que le hemos agarrado tanto cariño.

Entrevistador: No lo había pensado así, realmente. Es increíble, ahora que lo pienso. Y tristemente tan mal remunerado, según lo que he oído. Bueno, pasemos a la siguiente pregunta. Dice: «¿Hay alguna frase icónica que te recuerde a tu propia definición del lenguaje?» Tú en parte mencionaste que el lenguaje era el arte de crear. ¿Qué frase se te viene a la mente?

Lingüista: Qué curioso que lo pregunten, porque realmente sí tengo una, pero no es mía. A esta me la dijo un querido docente universitario de literatura: «En el principio fue el verbo… y desde entonces no hemos dejado de equivocarnos al pronunciarlo».

Entrevistador: ¡Ay! Bastante profunda. Creo que aún no termino de entenderla. Y hablando de creación, aquí hay una pregunta un tanto relacionada: «¿Tiene el lenguaje un significado espiritual?»

Lingüista: Si uno es creyente, creo que sí. Ha de ser el conducto para muchísimos devotos. En mi caso, creo que la providencia habla en la pausa entre una palabra y otra, y quizá en esa pausa hasta nos ayude a decidir qué será lo siguiente que diremos (o no).

Entrevistador: Muy bien, y aquí tenemos otra pregunta que dice: «¿El lenguaje está relacionado con los sueños?»

Lingüista: Por supuesto que sí. Con todo, de hecho, pues es tan humano como nuestra misma existencia. Pero en el caso de los sueños, no tengo la menor duda. Creo que en los sueños se han gestado innumerables rastros de la imaginación humana, que después se han convertido en palabras cuando nos ponemos a pensar y a hablar de ellos, y en otras ocasiones no, porque no tenemos las palabras para describir ni identificar con precisión lo que hemos visto o experimentado. Es una relación bilateral. Las palabras son los orígenes de la imaginación, pero a la vez sus límites también. Es irónicamente gracioso, porque es como si soñáramos en el idioma en que más nos duele recordar.

Entrevistador: Y yo que apenas me ponía a pensar en lo que había soñado la noche anterior. La siguiente dice: «¿Cuál es el primer idioma que olvidamos?»

Lingüista: (sonríe) El llanto. 

Entrevistador: (risa de júbilo) No me esperaba esa respuesta. Parece que estamos haciendo una carrera con las respuestas. La próxima dice: «¿Qué prefieres: la memoria o el olvido?»

Lingüista: Esa es difícil, y creo que depende, porque realmente, por bonito que sea, el lenguaje también puede ser un arma de doble filo. Mantiene y guarda los recuerdos, sí, pero a veces estos se pueden distorsionar cuando alguien más los cuenta desde su propia versión de los hechos, porque recordar es sencillamente parte de un proceso de volver a escribir la misma historia con palabras nuevas. Imagínate la cantidad de veces que la vida de una persona cambió por una simple elección de palabras, frases o estructuras lingüísticas.

Entrevistador: Creo que ahora yo voy a tener que tener más cuidado con lo que digo... (ríe con nerviosismo). Y la última pregunta del público es: «¿Tenemos un lenguaje interior?»

Lingüista: Yo creo que esa es nuestra voz interior: el pensamiento, lo que nos decimos a nosotros mismos. El pensamiento es una conversación en la que fingimos no hablar, pero en la que aún nos escuchamos.

Entrevistador: Muy bien, Thomas, solo queda una pregunta más que quiero hacerte, pero esta no viene del público ni de mí. Viene de un familiar, pero no te podemos decir quién es. Esta persona seleccionó esa pregunta especialmente para ti. ¿Estás listo?

Lingüista: Bueno, la sorpresa deja de ser sorpresa cuando se anticipa, así que adelante. 

Entrevistador: Bien, aquí va. La pregunta dice así: «¿Crees realmente que el lenguaje puede salvarnos del olvido?»

Lingüista: Pensé que sería más compleja. 

Entrevistador: Bueno, siempre podemos debatirla.

Lingüista: Está bien. Respondiendo a la pregunta, solo en parte. Las palabras son frágiles. Guardan recuerdos, pero también los deforman, como te había mencionado.

Entrevistador: Y no revierten la muerte, ¿verdad?

Lingüista: Tristemente, no. Solo la recuerdan.

Entrevistador: ¿Y de qué sirve hablar si todo se olvida? ¿O es hablar la forma de no morir?

Lingüista: Morimos, sí. Pero mientras alguien diga nuestro nombre, seguimos conjugando el presente.

Entrevistador: ¿Y tú le temes a la muerte, Thomas?

(silencio)

Entrevistador: ¿Thomas?

Lingüista: No temo a la muerte. Temo al dolor de la pérdida, de la ausencia y del desapego.

(pausa)

Lingüista: (con la voz quebrada) Porque morir es natural. Lo insoportable es seguir vivo entre los huecos que otros dejan.

Entrevistador: Lo siento tanto, Thomas. 

Lingüista: Está bien, John. No es tu culpa.

Entrevistador: Y entonces, ¿qué queda cuando ya no hay palabras?

Lingüista: (secándose las lágrimas) Todo nos lleva de nuevo al punto de partida: el silencio. Pero no el silencio vacío, sino el silencio inefable. Ese que suena como una última frase que no alcanzamos a decir. 



Dedicado a la memoria de mi abuela, Yolanda Parco Parisi, escritora riojana que me inculcó un gran amor por las lenguas; a Karina Barcellona, mi primera maestra de inglés de jardín que me inspiró a seguirlo; y a mi padrino, Diego Albarracín, que me ayudó a reafirmarlo durante mi adolescencia. 



 

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