Yo me sentía muy cariñoso y pegajoso, muy típico de mí cuando gustaba alguien, mas notaba que él actuaba distante, frío e iracundo.
—¿Rob? —dije.
Robert murmuró. Apenas pude captar su respuesta. Trató de preguntarme qué es lo que quería.
—Te amo —contesté.
Al notar que seguía perdido en sus propios pensamientos, procedí a abrazarlo por detrás, pues me estaba dando la espalda. Empecé a tocarlo completamente para endulzarlo. Sin embargo, él se volteó y me pidió que parara para luego agregar que debía decirme algo importante. Me lo había anticipado ya unos días antes por mensaje; hasta había aclarado que posiblemente decidiría el destino de nuestra relación. En su momento, pensé: «¿Qué tan grave podría ser?».
—Antes de conocerte, como sabrás, estuve con alguien más —comenzó a decir Robert—. Y esta persona no solo me hizo daño psicológicamente, sino que también atentó contra mi salud.
—¿Contra tu salud? ¿Cómo? —interrogué intrigado y algo confundido.
—Me pasó una enfermedad.
En ese momento, empecé a pensar lo peor, anticipándome a de lo que podría tratarse. Claramente se trataba de una película de terror.
—¿De qué estás hablando? —volví a preguntar, esta vez con un tono más serio. Dejé de hacerle mimos y marqué solemnidad en mi postura cuando me senté derecho a su lado.
Hubo un silencio. Su mirada estaba perdida. Yo solo estaba esperando a que me dijera que era una broma.
—Por favor, no me digas que estás hablando del SIDA.
—Sí —dijo él con un tono neutro y decepcionado, lo que confirmó mi miedo.
Empecé a desesperarme. Pensé nuevamente lo peor. Que me había contagiado. Me ahogué varias veces antes de poder hablar. Sentía impotencia.
—¿Por qué no me lo dijiste antes de haber tenido intimidad? Me hubiera gustado saber esto desde el principio.
—Tenía mucho miedo —replicó él—. Pero no te lo he contado todo.
Por un segundo, mi angustia parecía haberse calmado, y se convirtió en ansiedad, ansiedad por lo que tenía que decir.
—Soy VIH no detectable o no transmisible. Tengo el virus, pero no lo contagio.
—¿Cómo es posible? —cuestioné yo.
Robert respiró marcadamente y luego continuó:
—Estoy en tratamiento. Tomo pastillas.
—¿Y qué hacen las pastillas?
—Suprimen la carga viral y aumentan mis defensas. Nunca estuviste en peligro, y jamás pondría en peligro al amor de mi vida. Me aseguré de consultarlo con el médico antes de hacerlo. Pero de igual forma, perdón por no habértelo contado. Es solo que... —Tragó saliva.— Es infernal para los portadores divulgar nuestra condición de salud abiertamente. Hay mucho miedo al rechazo y a la estigmatización por culpa de la desinformación. Es una enfermedad que no solo daña el organismo, sino también nuestro círculo social y emocional. La gente se rehúsa a juntarse con nosotros e incluso la posibilidad de encontrar a alguien que nos ame es nula si lo mencionamos al principio —dijo al mismo tiempo que rompía en llanto—. Cuando lo revelas, actúan como si tuvieras sarna. Entenderé si ya no quieres verme más o si quieres abandonarme.
Yo permanecí en silencio. Aún estaba procesando toda la información.
—Mejor me voy —anunció mientras comenzó a ponerse ropa apropiada.
Yo lo detuve poniendo una mano en su espalda.
—Solo quiero entender. No te abandonaré. Perdón por mi reacción abrupta. Esto es nuevo para mí; jamás había conocido a una persona con SIDA, mucho menos tenido una pareja así.
Empecé a romper en llanto.
—Quiero hacer algo. Pero no sé qué hacer. Estoy sin palabras —me sinceré. Al fin y al cabo, esa era la pura verdad. Uno nunca se prepara para ese tipo de situaciones. Simplemente te toman por sorpresa.
En ese momento, solo nos abrazamos y yo traté de calmarme.
—No te voy a mentir —volví a sincerarme—. Tengo miedo. Tengo miedo porque esto es totalmente nuevo para mí. Pero no te abandonaré. Porque si lo que me estás diciendo es cierto, entonces... a pesar de no habérmelo dicho desde el principio, cosa que considero muy importante y fue deshonesto de tu parte, me cuidaste y fuiste responsable. Podrías haber elegido contagiarme como a veces hacen aquellos que tienen resentimiento de haberse contagiado y que no les importa transmitir el virus imprudentemente, lo que solo afecta la vida de otras personas para siempre. Pero no fue tu caso. Tuviste consideración de mi vida. Ese es un pensamiento alentador.
Mientras yo decía esas palabras, él dio la vuelta por la cama y se colocó de rodillas frente a mi lado de la cama. Tomó mi mano y bajó la cabeza, como si le estuviera pidiendo perdón a Dios.
—Perdóname. En serio quería decírtelo, pero tenía mucho miedo —dijo él, con la voz algo quebrada.
—Está bien —contesté yo mientras le acariciaba los mechones de su cabello.
—Confié en esta otra persona con la que estuve antes y me engañó de esta forma. Cuando me enteré, empecé el tratamiento para estar bien yo y para no contagiar a nadie —agregó.
—¿Tu familia lo sabe?
—Sí. Solo ellos y tú.
—Me alegra saber que estás tomando un tratamiento. Eso es lo más responsable que una persona portadora puede hacer. Hay que realmente tener una gran virtud y fortaleza como la tuya para hacer siempre lo correcto a favor del prójimo, amor mío, y nuevamente, ese es un pensamiento alentador. Me da gusto saber que ahora estás sano por el tratamiento. Es una pena que sea un tratamiento de por vida y solo espero que algún día aparezca una cura para erradicar la enfermedad del cuerpo.
Sentí mucha pena por él. La idea de saber que una persona tan hermosa como él cargaba un dolor tan grande y una enfermedad tan horrible me destruía por dentro. Era algo que no se merecía. Él solo confió en quien creyó que lo amaba como podría hacer cualquiera.
Aún teniendo la cabeza baja, él se volvió a disculpar:
—Perdóname.
—Está bien. A cualquiera le puede pasar. No fue tu culpa.
En el momento que pronuncié esas palabras, él alzó la cabeza para verme y su llanto se pronunció. Volvió a bajar la cabeza y empezó a llorar desconsoladamente.
—¿Qué pasa, amor mío? —pregunté.
—Tantos años esperé escuchar esas palabras —dijo entre lágrimas—. Siempre me habían hecho pensar que había sido mi culpa.
Él siguió llorando mientras yo lo acariciaba. Realmente me partía el alma verlo así. Se sintió aliviado y sentía que se había sacado un peso de encima, pero definitivamente no creo que le gustara que sintiera pena por él.
—Y solo para quede claro —aclaré—. No me das asco.
El apretó mi mano con más fuerza mientras sollozaba.
Cuando se calmó un poco, hice que me mirara a los ojos. Me disculpé por llorar tanto yo también; es que simplemente vi su mirada y de alguna forma sentí su profundo dolor. Verlo tan vulnerable, arrodillado a mi lado suplicando perdón. Eso me hacía llorar también. Cuando lo vi con esa cara de vulnerabilidad, tan angustiado y desamparado, pensé: «A este chico no podría abandonarlo ni aunque lo intentara».
—Te amo —dije yo—. No voy a dejarte. Seguiremos siendo una pareja. Todo está bien. Pero no más secretos, ¿de acuerdo?
Él asintió.
—Y para preservar la tranquilidad y la seguridad de los dos, aumentaremos el nivel de protección a la hora de tener contacto íntimo. Nunca está de más.
Él volvió a asentir. Nos abrazamos, pero él también me pidió algo:
—Estoy bien. Pero quiero que tú también estés bien. No sientas lástima por mí.
Sabría que me costaría, pues tan solo verlo a los ojos, contemplar esa hermosa y tierna cara suya, saber que es una persona tan buena, y recordar que estaba atado a ese profundo dolor me hacía sentir mucha tristeza, pero sería justo que yo también intentara esforzarme para cumplir su petición.
—Está bien —contesté y acto seguido, me disculpé:— Y perdóname por haber reaccionado tan abruptamente cuando me lo dijiste. En ese momento uno tiende a pensar lo peor y creo que he visto muchos documentales o películas de terror sobre el SIDA en el que el portador a sabiendas transmite el virus. Me puse nervioso porque mi miedo parecía volverse realidad. Y también perdóname por no haber entendido bien antes por qué te sentías tan mal contigo mismo. Ahora lo veo con claridad. Ahora entiendo que tenías miedo de contarme porque no es fácil contar algo así.
—No te preocupes. Es normal. No es nada nuevo. Y te agradezco por haberme escuchado. No es nada fácil para mí. —Se apenó un poco y dijo:— Sé qué ahora será difícil tener tu misma confianza de nuevo.
Nos abrazamos y creo que en ese momento lo amaba mucho más que ahora.
—Tranquilo... Te apoyaré en todo lo que pueda —dije yo—. Quisiera a veces ser más fuerte porque te veo a los ojos y siento que mereces ser más feliz. No mereces llevar esta carga. Si hay algo que pudiera pedirle a Dios, es que pudiera eliminar esta enfermedad de tu cuerpo. Si hay un deseo que pudiera pedir, sería ese.
—Ya con solo tenerte conmigo me siento mejor. Tu amor y apoyo ahora me hacen sentir más fuerte y feliz. Te has convertido en alguien por quien daría mi propio vida. Y yo te cuidaré siempre —respondió él.
Este escrito es ficticio, pero está basado en un relato real. Hace poco me enteré de que un amigo muy querido es VIH indetectable/intransmisible. Quise escribir esto a modo de apoyo para visibilizar un poco la triste realidad que atraviesan las personas con VIH no contagiable que tratan de reinsertarse. Esas personas que confiaron en una persona que decía amarlos y se enteraron después de que tenían el virus. Cabe aclarar que a veces el virus no se transmite por contacto sexual, sino por agujas u objetos punzantes infectados.
El escrito puede ser exagerado, pero muchas de las ideas originales se conservaron.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario