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viernes, 13 de diciembre de 2024

Relato erótico

Un amigo una vez me preguntó: «¿Serías capaz de escribir un relato erótico?». No es mi estilo, pero decidí darle un intento, aunque sea mediante un escrito breve. 
Escribí este pequeño texto hace tiempo ya, pero recién ahora decidí publicarlo.



El corazón le brincaba de nervios. ¿Qué más esperaría un joven muchacho en un momento de intimidad que simplemente pasar un rato pasional con su amada pareja?
«¡Qué situación!» exclamó el joven en un pensamiento. Se encontraba postrado en el lecho de una recámara semi lujosa mientras aguardaba a que su otra mitad, que estaba pasando tiempo a solas en el baño, terminara de prepararse. El joven protagonista no tenía ropa puesta, y una suave manta blanca del estómago para abajo era todo lo que marcaba la división entre su desnudez y su cobertura. Escaso de vestiduras, lo único que lo acompañaba en ese momento eran sus pensamientos mientras esperaba.
Las sábanas se habían recientemente lavado y planchado, y el aposento, que estaba adornado con velas, guirnaldas y azulejos de plata en toda su extensión, tenía aspecto de nuevo, como si se hubiera aseado esa misma tarde para albergar una tertulia.
El joven suspiró repetidas veces, como si sintiera ansiedad. Oyó que alguien apagó el interruptor de la luz del baño y abrió la puerta. De ahí salió un joven apuesto y más alto, de complexión robusta, atlética y fornida con una pronunciada definición corporal, escaso de ropas, pues la única prenda que tenía puesta era su ropa interior. Sus pestañas eran tan arqueadas como el aleteo de un ave y sus ojos azules saltones perforaban al muchacho que se hallaba acostado. Tenía una expresión seria en su rostro griego. El otro joven, lejos de sonreír, sintió rubor y calentura en sus mejillas y el resto de su cuerpo. Sus labios no esbozaron una sonrisa, sino más bien una expresión de nerviosismo.
—Estoy listo —anunció el joven atlético que se encontraba parado y que de a poco iba acercándose—.
El otro joven no respondió. Solo se limitó a asentir ligeramente con la cabeza. Su novio se acostó junto a él y comenzó a besarlo. La temperatura de la habitación iba en aumento y el novio fornido había inteligentemente encendido el sistema de ventilación previamente al encuentro. 
Los besos de su amado eran tan profundos e intensos que sentía que le faltaba el aire, pero eso no significaba que no quería más. El vapor que salía de la boca de su pareja ingresaba en la suya como el vapor de un géiser en un amanecer de verano. Al cabo de una serie intensa de besos, el joven jadeaba con brusquedad.
—¿Te encuentras bien, amado mío? —preguntó su media naranja.
—Sí, amor mío. Y creo que ya es la hora —finalmente respondió el joven—.
Su novio mostró un gesto de aprobación, se alejó un momento para buscar productos de protección y lubricación íntima y regresó rápidamente a la intimidad de la cama. El joven observó que en la entrepierna de su novio obraba un crecido bulto, perfectamente definido por lo apretado de su ropa interior. 
—Tus besos han logrado eso, pues cada muestra de tu pasión enciende mis deseos —dijo el novio tras darse cuenta de que el joven le echó la mirada a su entrepierna—.
El joven se sintió atrapado y su rostro estaba tan rojo como una frambuesa, producto del rubor.
Acto seguido, el novio retiró su ropa interior y exhibió su miembro altamente erecto y definido, en el que aplicó colocó un condón y aplicó una base de lubricante.
—Daré inicio y tú me harás saber si hay algo que te genere algún tipo de inquietud. No quiero lastimarte —aclaró el novio—.
—Te agradezco por pretender conservar mi integridad. Que así sea, amor mío. Solo puedo ansiar ahora mismo con todas mis fuerzas el poder estar aquí contigo. Puedes proceder —contestó el protagonista—.
El joven notó que a medida que su amado introducía su miembro en su interior, su expresión facial cambiaba de seriedad a placer. Los ojos cada vez se le cerraban más, su ceño se fruncía, su boca quedaba semi abierta y su lengua estaba inquieta, como si estuviera sucumbiendo al sentimiento que experimentaba. Pronto él mismo comenzaría a experimentar lo mismo. Jadeó al inicio del proceso mientras no perdían el contacto visual. 
Una estocada suave pero completa bastó para alcanzar el primer estremecimiento seguido de un gemido. Su cariñoso novio iba regulando la realización del acto basándose en la expresión facial del joven protagonista. Tras una serie de suaves repeticiones abrumadas por un rejunte de gemidos, su novio se percató de que tenía una mirada perdida.
—¿Dónde estás, amor mío? —preguntó el novio.
El muchacho volvió en sí. Parece que el placer lo había sacado de su eje gravitacional. La excitación y la pasión habían explorado cada fibra de su cuerpo y habían ido hasta lo más profundo de su estimulación, hasta cada uno de los recovecos de lo que lo hacía sentirse vivo. 
Sonrió y contestó:
—Justo donde quiero estar. No es el acto lo que me motiva a hacerlo, es simplemente estar contigo —agregó el joven—.
El novio le devolvió la sonrisa con un poco de picardía y los dos se hundieron en un profundo beso con pequeñas risas ahogadas mientras siguieron disfrutando del significativo momento en aquella morada.

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