La escuela secundaria y la adolescencia. Ay, la mejor etapa para cometer errores (¿o eso dicen?), hacer el ridículo y después recordarlo el resto de tu vida.
Bueno, esta etapa es una de esas que me gustaría dejar enterradas en el pasado. Si bien siento que siempre fui más maduro que la gran mayoría de mis compañeros y de chicos de mi edad en ese momento (vaya, Tom, ¿estás teniendo amor propio?), tampoco estuve exento de la estupidez adolescente. Sí hay cosas que hice de las que me avergüenzo; cosas que un Tom adulto y maduro no haría y que solo espero que hayan quedado en el completo olvido; cosas que ahora, analizándolas con una mente adulta y madura, veo que no estuvieron bien. No cometí ningún delito, pero definitivamente hablo de actitudes que no volvería a tener, o que al menos espero no tener de forma consciente. Siempre aspiré a alcanzar más que el adolescente promedio, pero eso también me costó bastante mi salud. Ya desde la secundaria sufría lo que es la ansiedad social y la autoexigencia, que más adelante se profundizaron o volvieron a manifestar en la universidad y el trabajo.
Recuerdo que, cuando muchos de mis compañeros se lamentaban porque el último año de la secundaria se terminaba, yo estaba tan ansioso por empezar la universidad. Ya quería salir de la misma rutina que había mantenido durante tantos años escolares y comenzar mi propio camino de verdad.
Pero ¿cómo era yo en la secundaria?
Genuinamente me gustaba mucho aprender y con esfuerzo me superaba en todas las asignaturas, pues entendía los temas con facilidad. Todas salvo matemáticas (siempre fue así desde que empecé a ver ecuaciones y álgebra). Las materias en las que siempre destacaba eran las de lengua, incluso desde el jardín de infantes y la escuela primaria. Ya desde muy joven me fascinaban los idiomas, su estructura, su comportamiento, y cómo en estos se reflejan una percepción de la mente humana, la manera en la que comprendemos (no solo lo que nos dicen y lo que decimos, sino también cómo convivimos y nos manejamos con otros socialmente) y también la manera en la que entendemos el mundo. Por supuesto que en ese momento no sabía todo esto, pero dentro de mí había una curiosidad que me impulsaba a querer descubrirlo.
Sin embargo, no siempre fui un buen alumno. Mi problema era siempre recuperar el ritmo de trabajo y responsabilidad. Por lo general las vacaciones me relajaban demasiado y eso hacía que mis notas fueran bajas o regulares al comienzo del año, pero ya a medida que avanzaba el ciclo lectivo, empezaba a ponerme las pilas de nuevo. Eso hasta que en tercer año mis notas subieron a tal punto que me volví parte del cuerpo de abanderados y escoltas. Desde ese momento, no bajé el ritmo porque lo consideré un logro único y especial, del que sentía que mis padres estaban muy orgullosos, y no quería perderlo para nada. Hoy en día creo que puedo decir que gracias a eso tengo una personalidad responsable y comprometida.
Lo malo muchas veces era la interacción con algunos de mis compañeros, que nunca parecían tomarse nada en serio. Eso era bastante frustrante no solo para los que sí se tomaban el tema en serio y les interesaba, sino también para los mismos docentes que daban el tema. Es decir, si no te interesa algo, al menos podrías guardar silencio en forma de respeto hacia los que sí les interesa. A veces algunos alumnos querían realizar aportes importantes y terminaban cerrándose por culpa de las bromas de otros compañeros. Y no eran bromas realmente graciosas (porque no está mal de vez en cuando hacer un comentario gracioso para descontracturar la seriedad de un tema), sino bromas que le quitaban toda la seriedad al asunto de una forma absurda. Eso solo desmotivaba la participación. Por estos motivos es que no me interesaba mucho interactuar con ciertos compañeros y alumnos de otros cursos, pues sentía que realmente no tenían nada importante que aportar.
Y aunque parezca muy lamebotas, la verdad es que las personas con las que más disfrutaba intercambiar diálogos eran mis profesores. Empatizaba bastante con ellos y me interesaban mucho sus pensamientos. Por suerte me llevaba muy bien con todos y aún los recuerdo con mucho cariño a varios. Se quedaron con una partecita de mi corazón. Me sentía más adulto cuando hablaba con ellos y sentía que podía mantener un diálogo serio y respetuoso. Era la mejor sensación. Yo tuve la fortuna de que mis profesores tenían personalidades muy únicas y marcadas, y eso solo hacía todo más divertido e interesante, en especial cuando interactuaban entre ellos mismos.
Ay, más allá de todo esto, creo que la secundaria no es una etapa que repetiría. Creo que es bueno crecer y saber evolucionar como persona, y si tengo que ser crudamente objetivo, el adolescente no es siempre el mejor ejemplo de persona. Suele ser muy egocéntrico, narcisista y absoluto. Creo que lo sabe todo y le falta madurar. Por eso cuando nos volvemos adultos y empezamos a asumir un poco más de responsabilidad (por lo general se da en la universidad, cuando nuestra mentalidad cambia por el golpe de realidad que recibimos), hacemos retrospectiva al ver a nuestro yo del pasado y decimos: «Pero qué payaso...». Pero ey, tampoco digo que hay que ser malos ni duros con nuestras versiones pasadas y jóvenes, pues aún estábamos aprendiendo y, de hecho, aún lo estamos haciendo. Yo ahora creo que soy lo bastante maduro para decir lo que digo, pero quizá cuando tenga 50, volveré a replantearme muchas cosas más y me arrepentiré de haber hecho cosas que ahora mismo estoy haciendo. Quién sabe, a lo mejor sí, a lo mejor no. El punto es sacar lo mejor (la moraleja) de cada experiencia o etapa y tratar de mejorar como persona genuinamente. Madurar de verdad y dejar de ver todo como un juego. Entender las verdaderas consecuencias de los actos. Saber qué efectos pueden generar nuestras acciones. Valorar lo que tenemos y apreciar a quienes nos rodean. Buscar generar un bien de forma activa o pasiva.
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