—He estado sintiéndome mal de manera continua por más de tres meses. Ahora me siento un poco más estable. Ya ni siquiera uso la palabra bien, porque hace bastante que dejé de sentirme bien como tal. Hace mucho que dejé de sentirme conforme conmigo mismo. Antes sí estaba realmente muy mal. Tenía episodios de llantos frecuentes casi todos los días. Un día incluso mi mamá me dijo: «Hace mucho que no se te ve una sonrisa en el rostro», cosa que solo hizo que rompiera en llanto en cuanto me quedé solo. Experimenté sentimientos horribles que nunca antes había experimentado. Mis niveles de ansiedad aumentaron mucho. Mi mente fue invadida por pensamientos intrusivos, sobrepensamiento, pensamientos sobre cosas que ni siquiera sé si podrían pasar o si pasarán, pero aun así me da miedo saber que pasen. Perdí mi seguridad y hasta en una ocasión experimenté celos, un sentimiento que yo jamás tengo, pues siempre me siento seguro de mí mismo. Pero lo sentí y fue muy horrible... Ahora estos episodios son muy poco frecuentes, pero de verdad fueron horribles. Mucho estrés emocional y mucha frustración, con ataques de pánico o ansiedad y episodios de llanto. Llegó a tal punto que he empezado a pensar que me siento mejor cuando duermo que cuando estoy despierto... porque cuando duermo, siento que mi mente descansa de los pensamientos intrusivos que la invaden. A menos que tenga una pesadilla ocasionada por estos sentimientos, que son poco frecuentes, por suerte. Pero últimamente solo quiero que termine el día y llegue la noche para poder irme a dormir lo antes posible. Como si quisiera dormir eternamente, no despertar para estar en paz. De todas formas aunque quiero dormir mucho, tampoco puedo, pues la ansiedad me mantiene despierto cada noche haciéndome tener sueño interrumpido. Y creo que me mudé solo en un mal momento, pues ya me sentía mal para cuando me mudé solo. Ahora estaba solo, ya no tenía la contención ni la distracción diaria de mi mamá, o de mi gato, o de cualquier otra situación cotidiana de mi casa. Ahora estábamos (más bien, estamos) solo mis pensamientos y yo.
—¿Y cuáles han sido tus refugios o tus vías de escape?
—Bueno, he tenido varios. La literatura, por ejemplo. Leo muchos romances y realmente los disfruto. He aprendido mucho de ellos para saber cómo amar a alguien y cómo me gustaría que me amaran también. Aunque a veces lo idealizo un poco...
—¿Y te aman como vos querés que te amen?
—No, creo que no... Pero bueno, al menos leo romances porque de verdad me alegran. O sea, es como que disfruto de lo ajeno, de lo que no tengo, pues nunca me ha pasado. Leo a dos personajes que están tan felices amándose y me proyecto. Me siento tan feliz por ellos y por cómo se tratan. También me pasa cuando veo a una pareja en las redes sociales. De corazón siempre espero que se amen mucho, que les vaya bien y que sean el uno para el otro, y que sean fuertes en los momentos difíciles, porque de eso se trata querer a alguien. De estar y de demostrarlo. Eso le dije una vez al chico que me gusta cuando le dije que mi amor por él se medía más en gestos porque lo que yo sentía por él era... más que palabras.
—Ya veo. ¿Algo o alguien más?
—Sí, mi gato, los videojuegos, alguna serie o alguna película. Mis compañeros de trabajo. Algunos amigos que veo de forma esporádica o con los que converso. Mi mamá... que a pesar de ser más intensa que yo (¡ya veo de quién lo saqué!), cosa que me abruma a veces, la amo, ya que siempre ha querido que yo esté bien. No hay ni un solo fin de semana en que se olvide de invitarme a ir a su casa, y se sigue angustiando cada vez que me voy, como si no me fuera a ver nunca más. Le ha sido difícil verme crecer, y aún no me ve tan crecido del todo, creo yo. También está preocupada por mí por toda esta situación que estoy atravesando, pues en un momento estaba tan mal que decidí contárselo; no quería sentirme solo. Por eso suele preguntarme cómo estoy con bastante frecuencia. En parte también está preocupada porque no quiere que nadie me lastime, pues sabe que soy una persona sensible, y antes, cuando estaba en mi último año de la secundaria, pasó una situación de este tipo también con otra persona de la que estaba enamorado en ese momento. Por eso se preocupa cada vez que parezco estar con alguien. Supongo que no hay peor dolor para una madre que ver mal a su hijo.
—¿Y ellos no se merecen tu cariño y tus gestos también?
—Sí, pero no es lo mismo. Estamos hablando de amores diferentes. Mi cerebro al menos químicamente lo concibe así, y mi corazón también. Yo no me voy a enamorar de mi mamá; no tengo complejo de Edipo Rey, ja, ja.
—Entiendo. Si no te molesta que pregunte, ¿qué tipo de chico te gusta?
—Hmmm... Bueno, a mí me suelen enamorar mucho los chicos que en apariencia se ven masculinos, rudos, duros o malos, pero por dentro en realidad son bonitos, amorosos, adorables, amigables, expresivos, suaves, sensibles y compasivos. No podría volver a estar con un chico que tiene demasiado orgullo y solo piensa en él. Ya lo estuve, y no fue lo mejor. Siempre el culpable de todo era yo, y sentía que solo buscaba mis defectos. Hasta ni podía decir «perdón», como si fuera algo malo.
—Bueno, ¿y cómo es este caso? ¿Pensaste en decirle cómo te sentís? Tal vez es momento de que alces la voz.
—Sí, pero no puedo. Después de la última reconciliación, le dije que no quería pelear con él de nuevo. Cada vez que le comuniqué algo que me preocupaba, había una pelea. Ya no quiero pelear más. Tengo miedo de que se canse, se vaya y me deje.
—A veces hay que tener conversaciones incómodas. Si se enoja y te abandona, entonces habrás tenido tu respuesta y habrás sabido si realmente te quería o no. A lo mejor solo tenga una bronca temporal y vuelva. Pero una persona que realmente te quiere no es egoísta ni piensa solo en sí misma. Eso también es amor.
—No voy a negar que tenés razón, porque no sos la primera ni la única que me lo dijo. Es solo que tengo miedo. Es difícil.
—Porque lo querés complacer. Tu amor llega a niveles donde ya solo te preocupás por él y no por vos. Por lo que me has contado, realmente estás enamorado y tus gestos han sido muy grandes, sobre todo cuando me explicaste lo de los lenguajes del amor. Pero estás dando demasiado y no estás dejando nada para vos. Sí parecés el novio perfecto, pero no veo que estés viéndote a vos mismo un poco.
—Ya sé, pero él también me demuestra interés. Es solo que lo hace a su manera y en ciertas ocasiones, pero lo hace, y eso es lo que cuenta para mí.
—Mientras que vos lo hacés cada segundo que él esté o no esté presente con vos.
—Sí...
—¿Y cómo te demuestra interés?
—Bueno, acepta pasar tiempo conmigo cada vez que lo invito. Yo a veces no quiero presionarlo, así que le digo que no acepte si realmente no quiere ni tiene ganas, porque ya pasó. Otra cosa: ¿es normal sentirse bien cuando estás en compañía, ya sea virtual o presencial, de esta persona, pero en el momento que se va de tu lado momentáneamente, te sentís raro, como vacío?
—Bueno, es parte de la dependencia emocional de la que me comentaste. Esa ansiedad que te genera cuando no está, que te hace sentir que las horas se hacen eternas hasta el próximo momento en el que lo verás o en el que te escribirá. Un síndrome de abstinencia, como el que experimenta un drogadicto cada vez que no recibe su dosis. Una obsesión que se pasea por cada rincón de tu mente ansiando solo pensar en él y nada más. Es como lo que siente tu mamá cada vez que te vas después de visitarla a pesar de que sabe que en algún momento te volverá a ver después. Freud decía que, a la hora de elegir a una persona, hay dos formas principales. Una es una elección narcisista; es decir, elegir a alguien por reconocer en esta persona algo que vos fuiste, sos o te gustaría ser. Encontrás rasgos, aspectos o características en esa persona que te recuerdan a vos. Es como elegirse a sí mismo. ¿Le encontrás sentido a esto?
—Sí. Cuando me enamoro, amo y trato a la otra persona como me gustaría que me amaran y me trataran a mí. Mi corazón no se abre con cualquiera. Tiene que surgir una química y haber una correspondencia.
—Supongo que al principio te viste reflejado de alguna forma en esta persona y por eso la elegiste. Y cuando viste que había una oportunidad por ver una especie de correspondencia, la tomaste sin duda y sin medir los riesgos de que pudiera salir mal.
—Así es. De hecho, aún me veo reflejado en esta persona en algunos aspectos.
—Entiendo. La otra forma que describe Freud está vinculada con los padres y la infancia. Él decía que la forma en la que elegís a alguien puede estar interferida o influenciada por eventos que hayas vivido en tu infancia. Como si repitieras el patrón de tu familia o de algo que te haya pasado mientras eras chico. ¿Ves alguna coincidencia?
—Creo que sí. Creo que mi forma de amar es muy similar a la de mi mamá. Siempre amar de manera incondicional a alguien y tratar de darle todo lo mejor de vos cada día a pesar de tus defectos. De estar para esa persona, de no olvidarte de recordarle lo mucho que esa persona vale para vos en cada ocasión que puedas. De mimar y demostrar gestos para que esa persona se sienta bien. Y también comparto la parte de la frustración o decepción: sentirte mal cuando a veces te quedás esperando a que la persona actúe en respuesta de la forma en la que lo hacés o harías vos, en que te demuestre lo mismo. Creo que en ese caso se interpone con la primera forma de elegir de la que me hablaste, la narcisista. Y también comparto con ella el miedo al desapego, al abandono, al olvido... normalmente representados por la soledad.
—Bien. Igual estas son solo teorías basadas en patrones generales. No necesariamente se aplicarán a tu caso de manera estricta.
—Entiendo.
—Al parecer estás muy acostumbrado a tener control sobre la situación y planificás cada escenario como si fuera el guion de una película, y cuando la vida te sorprende con un resultado no previsto, te frustrás o desilusionás. ¿Es así?
—Sí, la verdad es que sí.
—Entiendo. Y decime, ¿se escriben todos los días?
—Bueno... ya no tanto. Al comienzo hablábamos con mucha intensidad y todo el día prácticamente. Quizá en ese momento él no estaba tan ocupado. Conforme pasó el tiempo y después de que se dieron discusiones y cambios de trato, ya cada vez las conversaciones tardaban un poco más, y hoy siento que apenas me responde una vez al día los mensajes que le dejé el día anterior. Digamos que ya casi no tenemos una conversación real en vivo. Antes recuerdo que nos saludábamos cada mañana al despertarnos para desearnos un bonito día y nos despedíamos antes de irnos a dormir.
—O sea que no hay correspondencia, digamos, o es muy baja.
—Yo creo que sí la hay. Es solo que tal vez está ocupado y en sus cosas. Tampoco quiero ahogarlo. Quiero darle su espacio, como le dije que haría, cuando me lo pidió.
—Sí que sos bastante comprensivo. ¿Y dónde está él ahora?
—No lo sé... No he sabido de él por más de dos semanas, y ha pasado más de un mes desde la última vez que lo vi en persona. No ha contestado mis mensajes.
—O sea que estás acá pensándolo sin falta cada día de tu vida, esperando recibir un mensaje de su parte, preocupándote por él, por cómo estará y pensando si le falta o si necesita algo, de forma incondicional, mientras que él está desaparecido. ¿Sabe él que la estás pasando así? Más bien, que la has estado pasando así todo este tiempo.
—No lo sé, no lo creo. Pero se aísla porque él también está atravesando sus procesos. Eso lo sé. Cuando se encierra en sí mismo, es porque necesita un tiempo solo. Supongo que ya regresará en algún momento. Lo amo y quiero ser comprensivo. Quiero ayudarlo, pero no se comunica conmigo ni me dice qué pasa, y no lo puedo obligar a que me lo diga, pero sí quiero recordarle de otras formas que sigo ahí para él por si me necesita, aunque eso signifique esperar. No me gusta juzgar ni ser egoísta. No somos nada él y yo, lamentablemente, pero igual yo ya le he dado toda mi exclusividad en todos los sentidos... es también un gesto de amor. Y también quiero creer que él, aunque le cueste admitirlo, confía en mí y me trata de una forma en la que no trataría al resto. Le gusta tenerme en su vida. Eso de alguna forma también me hace sentir especial... y yo quiero demostrarle que soy alguien que vale la pena.
—Bueno, igual no te voy a juzgar. Profesionalmente no puedo hacerlo, solo estoy tomando notas. Igual, sigo creyendo que tienen que hablar y que vos tenés que hacerte desear un poco... aunque cueste.
—Está bien, lo entiendo. Y sí, yo también lo creo, lo intentaré. Con respecto al amor propio, yo sí siento que tengo amor propio. Me quiero como soy. Me gusta cómo soy y lo que soy capaz de hacer por alguien cuando siento amor. Quizá solo tengo que regularlo un poco. Sé que suelo dar más de lo que da la persona promedio, pero no me molesta hacerlo si siento que la otra persona lo valora, y yo siento que él sí lo hace a su manera. Cuando era chico, mi mamá solía decirme una frase del escritor Lewis Carroll que nunca más olvidé: «Lo único que vale la pena hacer es lo que haces por otros».
No hay comentarios.:
Publicar un comentario