Alrededor de la medianoche, alguien se comunica con el 911. Le atiende una operadora que, atestigua ella misma, recibía tan solo su segundo llamado nocturno. Está entrenada para recitar:
—911, ¿cuál es su emergencia?
La voz temblorosa de un joven de sexo masculino emerge por el auricular diciendo:
—No quiero vivir más. Me siento demasiado triste. Siento que mi vida está por terminar.
La mujer, entonces, en estado de alerta por la seguridad del joven, efectúa la segunda pregunta obligada:
—¿Cuál es su dirección?
El chico la provee utilizando un tono desesperanzado, y antes de que finalmente pueda interrogarlo sobre qué está pasando, recibe respuesta de la voz aterrorizada:
—Siento que alguien me sigue. Creo que mi vida está por terminar. No tiene caso. Veo una silueta negra a la corta distancia en el patio trasero de mi casa.
La señora, entonces, pide:
—¿Me puede decir cómo luce?
Pero hay un breve silencio, seguido de una respiración entrecortada, y es aquí cuando la primera sorpresa desagradable comienza:
—No puedo verle la cara.
La operadora se estremece, pero antes de que pueda decir algo, el joven agrega:
—Pero me está llamando.
—Quiero que se quede en la línea conmigo, ¿sí?
—La muerte me está llamando... —insiste el joven.
—¿A qué se refiere?
—Siento que la muerte me busca... Me acecha... Está esperándome a la vuelta de la esquina, aguardando a que cometa algún error para perturbarme.
—¿Dónde está ahora mismo?
—Siento que está en todos lados a los que voy —responde el chico.
La profesional puede sentir cómo el muchacho aprieta ansiosamente el teléfono.
—¿Qué está haciendo?
—Simplemente está parada, mirándome. Observándome con picardía, aguardando con paciencia —contesta.
La oficial teclea, escribiendo todo lo que pueda para que los servicios de emergencia lo reciban.
—¿Hay alguien ahí con usted?
El joven explica:
—No. No quise molestarlos. Ya tienen sus problemas, y no quiero darles más preocupaciones.
Entonces ella escucha que él dice en voz alta:
—¡Qué vida tan desgraciada! Ya quiero que se termine de una vez... He tolerado demasiado sufrimiento, y solo ansío paz.
Hay un breve silencio, y la operadora escucha nuevamente la voz juvenil pegada al teléfono:
—Estoy asustado. ¡No dejes que me lleve! ¡No dejes que me lleve!
Ella replica:
—La ayuda está en camino. No se preocupe, ¿sí? Tranquilo. ¿Hay algún lugar donde pueda esperar con calma?
Hay una breve pausa, y entonces, de improviso, el chico exclama:
—¡Se fue! ¡Ya no la veo!
—¿Qué pasó? —pregunta la mujer.
Y entonces, con voz quebrada, lo escucha gritar:
—¡AUXILIO!
La operadora, presumiblemente girando los ojos, intentando dilucidar qué sucede, le pide que se calme y que le cuente todo. El joven apenas se compone para explicar:
—La muerte está parada justo detrás de una de las ventanas, y busca llamar mi atención dándole golpecitos al vidrio con sus puntiagudas uñas. Está señalando un cuchillo que hay delante de mí sobre una mesa y también señala mi muñeca izquierda.
Pega un alarido y rompe a llorar, respirando agitadamente entre el revoltijo de gemidos, para después agregar:
—Sé a qué se refiere. Sé qué es lo que quiere que haga. Intenta decirme sin usar palabras que mi hora ya llegó.
La oficial habrá preguntado qué estaba pasando ahora. El joven llora.
—Tiene una sonrisa deforme... Tiene una sonrisa deforme... Y me asusta porque no tiene ojos. A pesar de estar tras la ventana, puedo sentir su gélido aliento en mi nuca. Me está llamando... y quiere que lo haga ya.
La mujer no se da tiempo a sí misma para digerir lo que escuchó. Simplemente dice:
—Mantenga la calma. Respire.
Ella sabe que el chico obedece porque puede oír cómo respira hondo repetidas veces para intentar calmarse.
—¿Se calmó? ¿Se encuentra bien?
Y el joven, con voz temblorosa y llorando, susurra:
—Estoy perdido.
Pero no pasan ni cinco segundos cuando rompe a llorar casi silenciosamente. La mujer pregunta:
—¿Qué sucedió?
—La muerte ingresó a mi casa. Está parada delante de mí. Su aura es tan intensa que siento que no me deja moverme.
Y antes de que la operadora, ya sin poder hacer más, le repitiera al pobre que la ayuda estaba en camino, escucha los sollozos de aquella voz juvenil que susurra en el tono de voz más bajo que puede:
—Se está aproximando de a poco a mí.
Es en ese momento que la mujer oye una voz muy extraña acercándose rápidamente al teléfono. Una voz profunda e inhumana que repite:
—TE ENCONTRÉ. TE ENCONTRÉ. TE ENCONTRÉ. TE ENCONTRÉ. TE ENCONTRÉ.
La voz inmediatamente agrega:
—YA ES HORA.
Y finalmente, tras un par de sonidos violentos, la llamada se corta.
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