Inspirado en el universo de J. K. Rowling.
El instituto todavía olía a piedra quemada.
No era un olor constante, sino intermitente, como un recuerdo que se activaba sin previo aviso. Bastaba con pasar por ciertos pasillos, con rozar determinadas piedras, para que la guerra volviera a hacerse presente. Aidan Rowle había aprendido a identificar esos lugares y, aun así, seguía atravesándolos.
—Si continúas observando esa grieta con tanta atención —dijo Leo Whitaker—, vas a terminar convenciéndote de que es irreversible.
Aidan alzó la vista, con la varita aún en la mano.
—No estaba evaluando la grieta —se defendió Aidan.
—Entonces estabas evaluando lo que simboliza.
Leo habló sin ironía, con esa calma que no buscaba suavizar nada. Aidan pensó que esa serenidad no era ausencia de miedo, sino una forma deliberada de sostenerlo.
—¡Reparo! —conjuró Leo.
En ese momento los objetos y escombros de la sala empezaron a flotar en el aire para reacomodarse y recuperar sus formas originales a como habían sido en un principio. Aidan observaba a su compañero agitar y mover su varita para manipular el ambiente a la par que conjuraba el mismo hechizo para ayudarle a ordenar las estructuras estragadas.
Trabajaban juntos desde hacía semanas en la reconstrucción de un ala dañada del castillo. No los habían emparejado por afinidad, sino por eficiencia. Slytherin y Hufflepuff: una combinación que antes de la guerra habría resultado incómoda. Después, solo resultaba honesta.
—¿Te resulta incómodo trabajar conmigo? —preguntó Leo al cabo de un rato.
—No —respondió Aidan—. Me resulta revelador. Y eso suele ser más perturbador que la incomodidad.
Leo asintió, como si aceptara la respuesta sin necesidad de desmenuzarla.
—A veces sospecho —continuó Aidan— que sobrevivir fue la parte más simple.
—¿Y lo difícil?
—Decidir qué hacer con lo que queda de uno cuando ya no hay una causa que justifique todo.
Leo apoyó la palma contra la pared reparada a medias.
—Quedarse también implica una forma de coraje —dijo—. No el que se celebra, sino el que se ejerce sin testigos.
Aidan rio.
—Nunca me imaginé un Slytherin hablando como en metáforas como un filósofo.
Dejó la varita sobre una mesa improvisada.
—¿Y qué hay de ti? ¿Qué hiciste con lo que quedó?
—Intento no reconstruir a ciegas —respondió Leo—. No llamar hogar a algo solo porque me resulta familiar.
Las noches comenzaron a encontrarlos juntos sin que ninguno lo propusiera. Té compartido, libros abiertos que no siempre se leían, conversaciones que se extendían hasta que el cansancio vencía.
—Durante la batalla —dijo Leo una de esas noches— pensé que si sobrevivía, todo iba a aclararse.
—A mí me pasó lo contrario —respondió Aidan—. Sobreviví y todo se volvió más ambiguo.
El aula donde trabajaban esa noche había sido un antiguo salón de encantamientos. Parte del techo seguía colapsado.
—Hay algo acá —dijo Aidan, deteniéndose.
Alzó la varita con un gesto preciso, aprendido años atrás.
—Revelio —pronunció con claridad, trazando el movimiento exacto.
El hechizo no reveló compartimentos secretos ni artefactos ocultos. En cambio, aparecieron marcas casi borradas en las paredes: nombres, fechas, iniciales superpuestas. Rastros de generaciones que habían pasado por ahí creyendo, como ellos, que su tiempo era excepcional.
Leo se acercó lentamente.
—Parece que aprendiste a hallar grabados —bromeó.
Leo notó decepción en el rostro de Aidan, como si el hechizo hubiera despertado algún sentimiento.
—Siempre esperamos que Revelio nos muestre algo extraordinario —dijo Leo tras ponerle la mano en el hombro—. Y casi siempre revela lo mismo.
—¿Que no somos los primeros? —completó Aidan en forma de pregunta.
—Ni los últimos —añadió Leo— en intentar entender qué hacer con lo que sentimos después. No te aflijas.
Aidan sostuvo la varita unos segundos más.
—A veces quisiera poder usarlo sobre mí —admitió—. Ver qué queda cuando retiro el miedo, la culpa, el apellido.
—Revelio no crea nada —aclaró Leo—. Solo expone.
—Y eso es lo que me inquieta.
El silencio se volvió espeso.
Leo fue el primero en moverse. No para acercarse, sino para sentarse en uno de los pupitres caídos, como si necesitara cambiar el peso del cuerpo para no decir algo a destiempo.
—Cuando te escucho hablar así —se sinceró—, tengo la sensación de que estás siempre a un paso de irte.
Aidan apoyó la espalda contra la pared.
—Es probable que sea cierto.
—¿Y qué te detiene?
Aidan tardó para contestar. Respiró hondo.
—Que cuando estoy contigo, la idea de irme deja de parecerme inteligente. ¿Entiendes?
Leo levantó la vista con curiosidad.
—Eso no es exactamente romántico —dijo en una mezcla de preocupación y risa nerviosa.
—No —admitió Aidan—. Pero es sincero.
Leo bajó del pupitre y se acercó apenas. No invadió el espacio; lo bordeó.
—Yo no necesito que te quedes para siempre —lo tranquilizó—. Necesito saber que, cuando estés acá, no estés pensando en otra salida.
Aidan volvió a respirar hondo.
—No sé cómo hacer eso sin exponerte.
—Entonces hazlo con cuidado.
Aidan levantó la mano, dudó, y recién entonces rozó la muñeca de Leo, como si ese gesto mínimo fuera una pregunta.
Leo no se apartó.
—Esto —dijo Aidan en voz baja— es lo más parecido que tengo a quedarme.
El beso ocurrió después. No fue un impulso ni una interrupción, sino la consecuencia natural de haber dicho demasiado como para seguir fingiendo distancia.
No fue sencillo a partir de ahí. Hubo días de distancia, discusiones contenidas, miedos que no siempre encontraban palabras. Pero siempre estuvieron ambos presentes para afrontarlos.
—No estoy preparado para promesas —admitió Aidan una noche.
—Lo sé. Las promesas suelen romperse —respondió Leo—. Prefiero la constancia y las demostraciones.
Caminaron muchas veces junto al lago.
—Quédate —dijo Leo una madrugada, sin dramatismo.
—Me quedo —respondió Aidan—. No porque todo esté resuelto, sino porque no quiero seguir posponiéndome.
No hablaron de eternidad, pero implícitamente parecían estar forjándola.
***
—La casa de Slytherin está organizando una especie de excursión. Sé que me iré bastante tiempo, así que por eso quería darte algo antes de irme.
Aidan lo miró con curiosidad. De su túnica, Leo sacó una especie de caja en forma de corazón. Parecía bastante ordinaria. Se la dio a Aidan y le besó la frente.
—Te prometo que volveré. Eso siempre tenlo por seguro.
—¿Qué dijimos de las promesas?
—Sé lo que dije, pero a veces las promesas muestran una voluntad o la reafirmación de un deseo, así que es la única muestra verbal que tenemos del futuro que queremos lograr. En circunstancias como estas, creo que vale la pena hacerlas.
Aidan se enterneció y asintió. Sus ojos mostraban paz.
—Te amo —dijo Leo y lo abrazó.
El abrazo duró un segundo más de lo habitual. No con urgencia, sino con una quietud extraña, como si el tiempo ahí tuviera que durar un poco más.
Leo parecía querer decir algo más. Abrió la boca, la cerró, y terminó acomodándose la túnica con un gesto innecesario. Aidan notó rubor en su rostro.
—Cuídate —dijo al final antes de marcharse, con una seriedad que no coincidía del todo con la situación.
Aidan asintió y no preguntó nada. Solo esbozó una sonrisa conforme el Slytherin abandonaba la habitación.
Aidan no se sentía conforme con esa despedida y, a último momento, mientras Leo le daba la espalda, notó que llevaba lo que parecía ser un collar o amuleto. Pensó rápido y dijo:
—Espera.
Ni siquiera le dio a Leo tiempo para reaccionar cuando de repente Aidan apenas levantó la varita, más como una pregunta que como un gesto decidido.
—Accio —murmuró.
El collar de Leo vibró contra su pecho y tiró con una suavidad casi imperceptible en dirección a la varita de Aidan. Pero fue inútil, el hechizo no desplazó a Leo. Mucho menos fue lo suficiente como para hacerlo perder el equilibrio y arrastrarlo. Apenas pudo hacerlo retroceder un paso.
Leo podría haberse apartado, pero no lo hizo.
Aunque el hechizo no sirvió para acercarlo, Leo sí sintió la llamada y la sostuvo. Sonrió con picardía y él mismo dio los últimos pasos para avanzar y aproximarse por su cuenta.
—¡Aidan! —dijo Leo mientras reía. —No hacía falta —murmuró cuando se arrimó al Hufflepuff—. Igual iba a hacerlo.
—Perdón... —Aidan contestó avergonzado y sonrojado.
Leo apoyó los brazos detrás de la espalda de Aidan y lo acercó a él.
—Chiquito travieso. Sabes perfectamente que Accio no funciona en personas.
—Lo sé. Por eso lo usé en tu collar.
—Eso fue trampa —murmuró Leo, sin retroceder.
—Solo un atajo —respondió Aidan—. Además, lo aprendí de un Slytherin.
—Podrías haber usado la túnica.
—Si la intención del hechizo hubiera sido mucho más fuerte, podría haber sido menos prudente. Te podría haber desnudado arrancándote la ropa.
—Y eso te habría gustado.
—¡Leo!
Leo volvió a reír a carcajadas con un júbilo juvenil marcado.
Aidan aprovechó para inclinar el rostro y robarle un beso breve y torpe antes de que pudiera reaccionar. Leo se quedó inmóvil un segundo. Luego no se apartó.
Cuando Leo finalmente se marchó, Aidan se quedó analizando la caja que le obsequió. Al parecer, no había más que los ojos de Aidan pudieran ver en esa caja común y corriente. Su atención se desvió de ella con facilidad.
Con el pasar de los días, Aidan cada vez se puso más ansioso por la ausencia de Leo. En uno de los momentos en los que más sintió soledad, optó por volver a ver la caja que le había obsequiado Leo, pero esta vez pensó con más reflexión. Quizá por un sentimiento de culpa de que no le prestó mucha atención al regalo de su novio, quizá porque su aburrimiento lo llevó a sobreanalizar dicho regalo o quizá porque esa caja era el único recuerdo que tenía de él hasta que regresase.
—Hay algo que no cuadra —se dijo a sí mismo mientras veía la caja— y no creo que esto sea todo. No es tu estilo, Leo. Más bien, siempre estás lleno de secretos. Típico de Slytherin. Hay algo que se escapa de mi vista. A lo mejor...
Aidan tomó su varita y la alzó para pronunciar:
—¡Revelio!
En la caja aparecieron letras fluorescentes de un rojo escarlata que expresaban la leyenda: SIEMPRE TUYO. HASTA EL FIN DEL MUNDO.
—Después de todo, parece que sí aprendí a hallar grabados —concluyó.
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