domingo, 23 de noviembre de 2025

El deber del rey

Contiene personajes del universo legendarium de J. R. R. Tolkien.


La noche había caído sobre la Ciudadela de Arvandor como un manto de hierro. Las nubes pesadas ocultaban la luna, y el viento del norte traía consigo un eco lejano de guerra. En lo alto de la torre del Consejo, ardían antorchas que derramaban sombras inquietas sobre los muros milenarios.

El rey Aldemar de Harvengard se hallaba sentado en su sitial de roble oscuro, con la corona levemente ladeada sobre su frente fatigada. Había envejecido más en los últimos tres inviernos que en todos los anteriores. Sus ojos, otrora firmes, vagaban ahora como si buscasen una respuesta que se le escurría entre los dedos. El pobre monarca parecía hundido en un pozo de dudas y miedos.

Un joven apareció en la escena repentinamente y se ubicó frente al trono del rey:

—Padre, es peor de lo que creíamos. Debemos actuar. 

El soberano apenas mostró indicio de contestación. Su mirada se veía desorientada.

***

Un concilio de emergencia se organizó en menos de una hora y los relevantes acudieron sin vacilación. El rey no se movió de su silla real en ningún momento. Seguía recorriendo el limbo de su propia mente.

A su diestra reposaba su hijo, el joven príncipe Elion, con el ceño fruncido y las manos aferradas a la mesa.
A su siniestra, lord Varengar, consejero real, erguido como una lanza, impecable en su túnica negra, los dedos entrelazados con una paciente malicia.

Más allá, apoyado con elegancia sobre un bastón tallado en plata viva, se hallaba Elandril, el elfo joven de los Bosques Occidentales y amigo íntimo del príncipe, cuya sola presencia parecía otorgar a la sala un aire de luminosidad, característica de  los primeros hijos del mundo.

Y al fondo, junto a las puertas, estaba Maelvar, portavoz del reino, un hombre humilde, cargado de notas, cifras y rumores que traía de los mercados y aldeas.

—Bien —dijo el rey Aldemar con voz grave, tras haber parecido salir de su trance—. Que dé comienzo la junta. Hablad, Varengar. Sabéis por qué os he convocado. Hay que deliberar de una vez por todas.

El consejero inclinó la cabeza apenas un grado, gesto que en él equivalía a una reverencia profunda.

—Vuestra majestad —dijo con una calma que perturbaba—, los vigías traen noticias innegables. El Enemigo ha roto la tercera muralla de Fargenhold. Es evidente —agregó con sospecha— que el emperador Urimor Cubreluz y sus lacayos han estado orquestando esto durante meses y no se rendirán hasta que cedamos. Los pueblos del norte se hallan ya sin socorro. Si enviamos refuerzos ahora, vuestras tropas llegarán tarde y solo agregarán cadáveres al hielo. 

El príncipe se levantó de golpe.

—¡No podemos dejarlos morir! —exclamó—. ¡Son vuestro pueblo, padre! Son hombres que juraron lealtad a nuestra corona, y que esperan algo más que un silencio cobarde. ¿Cómo puedes aconsejar no hacer nada?

—Príncipe Elion—replicó Varengar, sin alterar el tono—, permitidme recordarle mantener vuestras formas. Seréis vos el príncipe y la alteza real, pero yo sigo siendo la mano derecha del rey. —Hubo una breve pausa—. Los hombres del norte juraron lealtad sabiendo que esta guerra era vasta. No son niños, sino soldados. Vos les debéis respeto, sí, pero no necedad —corrigió la opinión del príncipe—. Enviar un ejército ahora sería sacrificar dos regiones en vez de una. La frontera norte está perdida. Es tiempo de conservar la vida donde aún puede preservarse.

Elion lo miró con furia contenida.

—Llamáis prudencia a abandonar inocentes.

—Quisiera desengañaros de esa idea, alteza, pues es parte del problema, no de la solución —aclaró Varengar—. Llamo prudencia a no desperdigar la sangre de vuestro propio pueblo por una batalla que, aun ganada, costaría más vidas de las que salvaría.

El rey, silencioso, llevaba una mano a la frente. Escuchaba.

Elandril dio un paso adelante, su voz suave como un arroyo, pero firme como un roble.

—Señores —dijo—, en mis años he visto al menos tres reinos caer y otros resurgir de la ceniza. He visto más reinos caer de los que vuestros años podrían contar. —El elfo mostraba en su habla una singularidad, propia de la calidez emocional humana y ajena a la sabiduría fría de los elfos, como si se hubiese mimetizado y fuera un hombre el que hablara en lugar de un elfo. Algo muy poco frecuente de ver—. Mas siempre, siempre, la caída comenzó no cuando su muralla se rompió, sino cuando sus líderes cedieron a la tentación de dejar morir a aquellos a quienes habían jurado proteger.

Varengar entrecerró los ojos.

—Vuestros años son tantos que la muerte de una aldea os parecerá un pestañeo, joven elfo.

—Y sin embargo —respondió Elandril, sin enfado—, es precisamente porque he visto tanta muerte que no me atrevo a tomarla a la ligera.

—Hablad de filosofía cuanto gustéis —lo subestimó Varengar—, mas el reino no puede sostenerse sobre poesía.

—Ni sobre abandono —replicó el elfo.

Maelvar, el portavoz, carraspeó con timidez e incomodidad.

—Si me permite vuestra majestad…

El rey asintió.

—En los mercados, la gente… murmura. Dicen que si abandonáis la frontera, ¿qué les asegura que mañana no abandonaréis la capital? Recordad que el pueblo soporta sequía, frío y guerra, mas no soporta sentirse desechado. 

Aldemar cerró los ojos. Aquello le dolió más que cualquier consejo.

El consejero dio un golpe suave con los nudillos sobre la mesa.

—Majestad, escuchad bien: la frontera norte ya no existe. Los esbirros del Emperador son numerosos. Lo que aún podéis salvar es vuestra corona. Un rey que quiere salvarlo todo no salva nada. Las vidas en la capital valen tanto como las del norte. ¿Por qué los unos deben morir por los otros?

Como por un acto de sincronización implícito, los presentes contestaron a su pregunta retórica.

—Porque son nuestros —dijo el príncipe.

—Porque así lo manda el deber —susurró Elandril.

—Porque la gente lo teme —añadió Maelvar.

Varengar sonrió apenas, regocijándose de su ingenuidad.

—Porque os obligan vuestros sentimientos, no vuestra razón —increpó con con incredulidad—. Pero yo os hablo con cifras —planteó esquemáticamente—: si enviáis al ejército, caerá toda nuestra defensa. Si lo retenéis aquí, la ciudad resistirá por lo menos tres inviernos más. Os diré qué es lo mejor que debéis hacer, mi rey. Cede al pedido y expulsa a esa chusma. Vos tenéis la absoluta potestad para hacerlo.

El rey tembló. Era la primera vez que la palabra «tres» parecía un tesoro más que un compadecimiento o conformismo.

—Quizá… quizá tenga razón… —murmuró Aldemar.

Elion enmudeció. Elandril bajó la vista con decepción. Maelvar se cubrió el rostro. 

En antítesis, Varengar inclinó la cabeza triunfante y enunció:

—Ordenadlo, majestad. Sellad la frontera y concentremos nuestras fuerzas aquí. Los del norte morirán… sí. Pero su sacrificio preservará al resto.

El rey tomó la pluma, pero antes del acta firmar, un guardia irrumpió en la sala, jadeante.

—Majestad… —dijo entre jadeos— perdonad esta intromisión. Es que hay un anciano a las puertas que ruega hablaros. Dice ser… un peregrino del sur y, entre sus alegaciones, amigo del rey.

Varengar chasqueó la lengua.

—Decid que no recibimos visitas —exigió con molestia.

Pero el rey levantó una mano.

—Alto —ordenó el monarca—. Permitidle pasar. En esta noche oscura, quizá traiga buen consejo.

El guardia desapareció y regresó instantes después. Tras él, caminando con paso cansado, entró un anciano envuelto en un manto blanco, cubierto de polvo del camino. Apoyábase en un bastón nudoso, y su barba plateada caía sobre su pecho. No había pompa, ni luz, ni trueno. Solo un hombre exhausto, con ojos que habían visto demasiado, como si hubieran visto también el momento en el que la mismísima tierra se vistió.

Elion abrió los ojos con asombro:

—Increíble, ¡pero qué gusto, viejo amigo!

Elandril inclinó la cabeza, como quien saluda a un viejo y querido maestro:

—Mithrandir. Qué gusto verte. Has aparecido sin anunciar, como de costumbre.

Varengar palideció, aunque no sabía por qué.

—Qué inaudito —musitó el consejero.

El rey se puso en pie.

—Hijo mío, ¿conoces acaso a este hombre? —le preguntó al príncipe, pero sin esperar respuesta, dirigió su atención al anciano nuevamente—. Señor… ¿quién sois vos?

El anciano alzó la vista. Sus ojos, claros como el alba, irradiaron una quietud que llenó la torre entera.

—Cargo muchos nombres dependiendo de a donde voy, pero creo que la mayoría me conoce como Gandalf —se presentó—. Mas no he venido para hablaros de mi nombre, sino del vuestro, que el viento me ha susurrado en incontables ocasiones.

El rey exhibió asombro.

—Un istar. Increíble. No pensé que habría un maia habitando esta tierra todavía. Pensé que ya todos habrían marchado al Oeste —dijo como si hablara consigo mismo—. He oído bastante de vos, Gandalf Capablanca, pero nunca imaginé veros en persona con mis propios ojos —se sinceró el monarca y luego cambió el tono—. He de tomar una decisión… una decisión dura.

—Todas las decisiones dignas de un rey lo son —dijo Gandalf con serenidad—. Pese a ello os veo cansado, Aldemar hijo de Halvorn. Muy cansado. Tanto, que casi confundís el miedo con la prudencia.

Lord Varengar no se quedó callado ni dudó en intervenir:

—Hechicero vagabundo y errante, con respeto, vos no conocéis nuestra situación. La frontera está perdida. ¿Qué provecho tiene morir por lo inevitable? ¿Y cómo sabemos que vos no sois un sectario?

Gandalf lo miró, no con saña, sino con una tristeza inmensa.

—No es a vos a quien he venido a aconsejar, consejero. He oído consejos más sabios de un loco.

Tras susodicha contestación, la cólera se apoderó del consejero y una espesura feroz brotó en su temperamento en un abrir y cerrar de ojos, irrumpiendo en sus hasta entonces modos cordiales.

—¡Pero qué osadía, vejestorio necio y arrogante! —espetó Varengar—. Vuestra majestad, ¡no podéis dejaros llevar por las palabras de este conjurador tránsfuga que ni siquiera es un allegado! ¡No ha de ser más que un crápula! ¡Seguro que es uno de los secuaces del Emperador!

Gandalf lo ignoró. Se dirigió al rey.

—Decidme, Aldemar: ¿por qué aceptasteis la corona?

El rey vaciló.

—Para proteger a mi pueblo.

—¿A cuál de ellos? —preguntó Gandalf—. ¿A los del sur? ¿A los del centro? ¿O solo a los que tenéis a la vista?

El rey respiró hondo antes de responder:

—A todos…

—Entonces, mi rey, debéis decidir como un hombre que protege a todos —dijo el mago, acercándose—, no como uno que teme perder su ciudad. La frontera norte está gritando vuestro nombre. Y si no acudís… no será el Enemigo quien la quiebre, sino vuestra mano la que la deje caer.

Aldemar tembló. El istar apoyó su mano sobre la del rey, suave pero firme, y continuó con calma:

—Recordad lo que una vez fuisteis: un hombre que creía que ningún rincón de su reino debía sentirse olvidado. Nadie os pide victoria, solo humanidad. Y creedme, majestad: hay derrotas peores que la muerte, y una de ellas es abandonar aquello que jurasteis amar. Vos y tu pueblo debéis resistir.

Un silencio sacudió la sala. La pluma cayó de los dedos del rey.

Aldemar levantó la vista, y por primera vez aquella noche, sus ojos eran los de un rey verdadero.

—Varengar, dad orden de reunir a los capitanes. El ejército partirá al alba hacia la frontera norte.

El consejero frunció el ceño, incrédulo.

—Pero, señor... —Varengar no terminaba de procesar lo que el rey había ordenado—. Majestad… ¿vais a condenar a miles aquí para salvar a unos pocos allí?

Aldemar se irguió como no lo hacía desde su juventud.

—No condenaré a nadie. Mas sí os digo: no abandonaré ni le traeré más muerte a mi pueblo. A ningún pueblo. Y si la frontera debe caer, que lo haga después de que hayamos luchado por ella con todo lo que somos. ¿De qué sirve ser rey si no lucho por el amor a mi pueblo?

Varengar, vencido, calló.

—Lo que vosotros decidáis aquí resonará más allá de sus vidas humanas —concluyó Elandril con alivio.

Gandalf inclinó la cabeza, satisfecho:

—Y bienaventurados sean los días del rey; muchos aún quedan.

***

Mientras el Consejo se disolvía, el rey se acercó a Gandalf.

—Vuestra llegada fue oportuna.

El maia sonrió con picardía.

—Los magos nunca llegamos tarde, ni temprano, majestad. Llegamos precisamente cuando debemos.

El rey rio suavemente. 

—Pero no soy yo, Aldemar hijo de Halvorn, quien liderará a este pueblo a la victoria. Fuisteis vos quien apareció en el momento adecuado.

Gandalf negó con la cabeza y agregó:

—Yo apenas soy un humilde anciano que se entromete donde no le llaman. El verdadero valor provino de ti, rey Aldemar. Tú eres grande, porque conservaste tu deber de honor, y es esa la verdadera grandeza; no la que viene de vencer muchos enemigos con la espada que empuñas, sino la de no dejar que el corazón sea endurecido por el miedo para que este decida por ti. 

El rey hizo una reverencia.

—De pie, guerrero real. Que la providencia siempre te sonría. —Gandalf sonrió y luego agregó:— Recuerdo que un gran rey de Gondor, en el lejano sur, solía decir que siempre había esperanza, incluso en los momentos más difíciles, porque es ahí, de la humildad de la duda y del miedo, de donde parte el verdadero valor.

El enemigo marchaba implacable, pero por primera vez, el reino no retrocedió.
Habían recordado quiénes eran.

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