martes, 18 de noviembre de 2025

El joven, el viejo y el mar

Dedicado a mis sobrinos:

Amelia

Donatella, mi ahijada

Felipe

Benicio 

 

 Tengo la esperanza de que algún día, cuando sepan leer, puedan leer esto.


Abro los ojos y aprecio la vista, pero me siento desganado como de costumbre. Las olas chocan y se rompen contra los riscos de la costa como pensamientos que buscan salida. Las gotas del agua salina, breves y brillantes, salpican y se disipan en el viento que sopla. Se exponen y entregan a la brisa hasta convertirse en aire y memoria. Se sienten frescas y dan un gran alivio a esta humedad sofocante, propia del verano bochornoso. 

Por suerte estoy en una buena posición para valorar este paisaje: sentado sobre la arena dorada, siento que el crepúsculo nace frente a mí en el cielo como una flor de luz que se abre por última vez. El sol está obsequiando sus últimos rayos antes de ocultarse.

Más allá de la gran escena natural, apenas tengo ganas de arrojar piedras al mar. El mar es magnífico, aunque a veces hay días en los que lo miro y me pregunto cuántas veces también él habrá dudado de sí mismo antes de romper en la orilla, antes de sentirse seguro de lo que es.

Siento que me pesa el alma, como si temiera alcanzar el futuro. Quisiera ser valiente, pero a veces solo soy un niño escondido detrás del viento. El mundo sigue girando aunque yo me quede quieto, y eso tal vez me da miedo.

***

Un anciano conocido caminaba despacio por la orilla, dejando que las olas besaran sus pies. Se aproximó al joven que yacía sentado en la ensenada. El sol seguía descendiendo con lentitud, tiñendo el cielo de naranjas y violetas, colores que solo existen cuando el día decide renunciar a sí mismo, y la brisa marina traía consigo un olor a sal y a memoria.

El anciano se detuvo y observó al chico, mientras que este último no parecía quitarle los ojos de encima al horizonte.

—Mira cómo se va el día —dijo el anciano con humildad, señalando el horizonte—. Siempre me sorprende la rapidez con que todo termina.

El joven permaneció en silencio, mirando cómo el sol parecía hundirse en el océano.

—¿Y no da miedo, maestro? —preguntó finalmente—. Que todo lo que amamos se vaya, que la vida termine…

El anciano sonrió suavemente y se sentó junto a él, con arrugas que parecían mapas de tiempos vividos.

—Ay, hijo mío, estoy tan añoso, a un pelo de dormir el sueño de la muerte —contestó el vejestorio—. Mi vida ha menguado y mi deteriorado cuerpo da su último afán. Cierto está que mi existencia cesará pronto, pero miedo es lo que menos siento.

—¿Cómo está tan tranquilo, maestro? Sabiendo que la muerte podría estar esperándolo en cualquier rincón, acechándolo y respirándole en la nuca. Lo pregunto con todo el respeto —planteó el muchacho.

El viejo pensó en el enigma antes de contestar.

—Es precisamente eso lo que siento: respeto. La vida es un regalo, y a veces puede ser más breve de lo que uno cree, pero a la vez, intensa. Toda vida es preciada porque es única y representa el milagro de la existencia misma, desde los seres humanos más formados hasta las criaturas más nobles que rescatamos del desamparo absoluto —dijo con tono compasivo—. La vida es un obsequio frágil, hijo. Cada existencia, humilde o inmensa, es un milagro diminuto sostenido por un hilo de luz. Y aunque el tiempo pase, no nos roba nada; solo nos devuelve todo en forma de recuerdos. 

El joven lo miró con atención, como tratando de descifrar sus palabras.

—Pero si hay algo de lo que estoy absoluta e innegablemente seguro —continuó el hombre—, es del amor que creo haber tenido y dejado en personas como tú. Eso es algo imborrable. 

El anciano respiró y meditó brevemente antes de anunciar:

—Después de todo, nuestras acciones solo cobran relevancia si se hacen por los demás. 

El joven esbozó una sonrisa, aunque luego expresó su inquietud:

—Tengo miedo, maestro. La incertidumbre de lo que hay después de esta vida... ¿Será algo malo? ¿Acabará ahí? No quiero mentirle: me inquieta ese borde invisible… lo que se esconde más allá del último aliento. Ese lugar donde la respiración se apaga y empieza lo desconocido. ¿Y si el paso final fuera un abismo?

—No —respondió el veterano con una sonrisa mientras negaba con la cabeza—. Claro que no. El ocaso no es una despedida, hijo mío; es apenas un pacto silencioso con la noche, porque después la aurora de la vida volverá a salir. Del mismo modo, la muerte es solo otro camino más que debemos recorrer, y no creo que tenga algo de lo que debamos temer. La muerte es una puerta que aprendí a no empujar; ella se abre sola cuando llega la hora.

—¿Qué cree usted que hay en ella? —interrogó con curiosidad el joven.

—No lo sé, pero me imagino que hay paz y blancas costas como estas, con buenos momentos de felicidad. Como esta compañía que ahora tenemos y esta luz que ahora nos abraza, a la orilla del mar. Cada momento tiene su propio color, y aunque sabemos que pasará, eso no lo hace menos valioso en vida ni menos memorable en muerte.

—¿Y el amor? —inquirió el joven—. ¿Vale la pena si también desaparece?

—El amor nunca desaparece, a mi parecer —replicó el anciano—. Cambia, se transforma, pero deja su huella en nosotros. No creo que el amor muera, mi muchacho. Más bien, creo que se muda: cambia de forma, de rostro, de latido… pero siempre deja una semilla encendida en quien lo conoció y lo valoró. La gente que amamos sigue viva en nuestra memoria y en nuestras acciones. El amor que dimos y recibimos es la única parte de nosotros que nunca se marchita, y la muerte solo marca el límite de nuestra presencia física, no de lo que hemos dejado atrás.

Un silencio cómodo se instaló entre ellos, mientras las gaviotas regresaban a sus nidos y el cielo se volvía un lienzo de púrpuras profundos.

—Entonces… vivir es aprender a dejar ir —dijo el joven—, pero también a atesorar.

—Exacto —afirmó el mayor, tomando un puñado de arena y dejándola caer lentamente entre sus dedos—. Cada grano cuenta. Cada despedida, cada risa, cada lágrima. Todo nos enseña a amar un poco más y a aceptar un poco más. La vida es una cuerda fina: uno aprende a caminarla cuando deja de mirar el abismo.

El joven suspiró y sonó apenado.

—Aún siento que me queda tanto por aprender y mejorar. No paro de cometer errores que lastiman a los demás, y solo hasta recién me he dado cuenta. Me siento tan mal.

—Y es bueno que sientas culpa, pues así debe ser. La gente demoniza la culpa, pero la culpa es en realidad el punto de inflexión del ser humano. Es cuando tocamos fondo para darnos cuenta de que hay algo que estamos haciendo mal y para abrirnos al cambio de paradigma que la vida nos propone. ¡El cuerpo y la vida son creaciones milagrosas e inteligentes! Valóralas siempre, hijo. 

El sol terminó su descenso y la playa quedó bañada en un último resplandor dorado. Ambos permanecieron allí, escuchando el murmullo del mar.

***

Tiempo después, el chico ingresó a una habitación hospitalaria en la que solamente se hallaba postrado un hombre viejo conectado a un dispositivo que emitía sonidos sin cesar. El pobre anciano parecía estar en su lecho de muerte, pero sorprendentemente se las arregló para guiar su mirada al chico que entró al cuarto. Sonrió mientras el chico se acercó a él. 

Con una voz muy tenue, el anciano comenzó a pronunciar las que serían sus últimas palabras:

—Estoy en las últimas, hijo mío. Mi vida llega a su fin.

El joven tomó una de sus arrugadas manos, donde veía sus marcadas venas y donde la sangre aún fluía en sus últimos momentos. El chico se sintió profundamente deprimido.

—Perdóneme —le rogó al anciano—. Le fallé.

El matusalén logró arquear una ceja y preguntó:

—¿Perdonarte? ¿Por qué habría de hacerlo?

—No he podido devolverle ni un poco de lo que usted me ha dado a mí —se sinceró el chico y algunas lágrimas se escurrieron por sus mejillas—. Quería agradecerle de alguna forma. Fue mi gran mentor y mi gran maestro. Fue una de las primeras personas que moldeó mi camino, que me enseñó mis primeras palabras, que despertó esa curiosidad por lo ajeno y exótico, por lo que escapa de mi mente. Es una parte fundamental de mi identidad.

El viejo le sonrió antes de contestar:

—¿Y no crees que lo que estás haciendo ahora tiene valor?

—¿A qué se refiere? —preguntó confundido el chico.

—¿Ves a alguien más en esta habitación? —continuó el anciano. 

La habitación estaba vacía, pero el chico seguía sin entender.

—No comprendo —dijo con sinceridad el muchacho.

El hombre decrépito, a pesar de tener los pulmones tan deteriorados por el paso de los años, respiró con paciencia y luego agregó:

—Ya me has dado más de lo que imaginas, hijo. Mira a tu alrededor: solo tú caminaste hasta mi ocaso. Solo tú trajiste luz al borde de mi última sombra. Solo tú has venido a presenciar mi partida y a despedirme en persona, y eso es valioso para mí. —Los párpados del hombre senil empezaban a pesarle—. Como te había dicho, nuestras acciones solo obtienen relevancia cuando las hacemos por los demás, y tú aquí has hecho algo grande por mí. Es más de lo que me corresponde y estoy a gusto. 

El anciano volvió a sonreír:

—Para mí fue todo un placer, un gran honor y una increíble felicidad haber sido tu mentor y tu maestro. Y tengo la fe de que cada vez te volverás más grande y podrás asumir tu lugar. Aun cuando la más profunda de las dudas te invada, tengo la confianza de que sabrás cómo volver a tu camino, hijo mío. Lograrás muchas cosas —dijo y acarició la mano del chico con la poca fuerza que le quedaba.

La sonrisa del anciano no desapareció. Continuó diciendo:

—Puedes quedarte en paz, porque miedo no siento. Lo he estado esperando con tantas ansias y finalmente el deseo se me ha concedido. Y tampoco me siento preocupado por lo que vendrá después de mí. La vida depara tantos rumbos diferentes y destinos impredecibles, y nunca sabes dónde terminarás.

Los ojos del hombre se veían semicerrados, pero eso no detuvo su habla; su voluntad parecía ser más fuerte que la misma muerte:

—Pero si algún día yo ya no estoy, tendré la placidez de que estarás bien, porque la semilla ya está plantada, y eso significa que mi misión está cumplida; la labor está hecha. Será un pedacito de mí para que conserves y recuerdes. Mi trabajo en este mundo ya ha terminado, hijo mío, y no tengo más motivo por el que quedarme. Pero todo eso igualmente será significativo porque sé que lo atesorarás hasta el final de tus días. Esa es la huella que queda.

El chico sollozaba mientras trataba de sonreírle al vejestorio.

—La vida siempre regresa al punto de partida, y así es como debe ser. Tarde o temprano, el ciclo se reinicia y se invierte. A más ver, hijo mío —concluyó musitando el anciano.

El joven le dio un último beso en la frente cuando los ojos del anciano finalmente se cerraron.

***

Aunque se fue en ese momento, el silencio entre nosotros estaba tan vivo que parecía respirar.

Aún recuerdo nuestro último atardecer juntos y me hace pensar que cada atardecer es un recordatorio de lo breve y lo luminoso, y que hay verdades que solo se comprenden cuando el sol ya se está yendo.

El fin de algo no es una sombra, sino un reflejo que se mueve hacia otro lado.

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