13 de enero de 2025
Todos los días me propongo ser una mejor persona, un ciudadano modelo, de la forma que puedo y en la que me siento cómodo. Buscar el bien de todos, superarme cada día e ir más allá de los límites de mi molde, formarme y aprender, accionar sin hacerle daño al prójimo, sino más bien asistirle como pueda. Más allá de la frustración recurrente por la adversidad causada por aquellos que no tienen los mismos principios ni persiguen el mismo objetivo que yo, y que más bien intentan conformarse con las migajas que encuentran o que incluso solo aparentan ser buenos de corazón con engaños, yo sigo intentando de ser el mejor ejemplo que pueda haber, pues es lo que me hace sentir bien, y no hay mejor gratificación que sentirse capaz de crecer y superar el propio potencial para luego poder ayudar a los demás abriéndoles las puertas a otras oportunidades o posibilidades. Aunque es evidente que hoy en día la línea que divide lo que está bien de lo que está mal es cada vez más difusa, cada día intento trazarla lo más que puedo para hacerla más visible. A menudo solo me angustia reconocer que muchos de mis actos no son valorados en las tierras que habito; si el Señor algún día me lo permite, me gustaría habitar un sitio donde estos sí se valoren, pero que a su vez que no sean los ciudadanos como yo los que destaquen, pues lo que destaca es lo que escasea, lo que es poco común. Quiero que sean tan valiosos, pero a su vez tan ordinarios como el dinero; añoro que sean la tendencia y la normalización. Anhelo morar en un lugar donde las verdaderas víctimas de la sociedad como yo no sean las que tengan que sufrir la impotencia de las injusticias, tomar precaución de los victimarios ni autocompadecerse o sentir gratitud por haber sobrevivido un día más.
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