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lunes, 22 de diciembre de 2025

I'm just a cat

 Canción dedicada a mi hermoso compañero felino, la luz de mi vida. Aquel que jamás se olvida de ser noble. Aquel que jamás me defrauda y siempre está para mí, sobre todo en mis días más difíciles. Aquel que demuestra amor incondicional y por quien siento amor incondicional también. Aquel por quien haría lo que fuera para que no le pasara ni le faltará nada. El único al que podría perdonarme despertarme a las 4:00 a. m. para que le dé algo de comer. 


I'm Just a Cat - Simon and the Astronauts


Soy solo un gato, me gusta divertirme

¡En los largos días de pereza me acuesto bajo el sol!

Soy solo un gato, callado como un ratón

Así que déjame entrar

Abre tu hogar

Soy solo un gato, déjame quedarme

No hace falta pelear, solo acaríciame el pelo

Soy solo un gato

¡No juego a atrapar cosas!

¡No soy un perro!

Permíteme estirarme


No hace falta pasaporte

Internacional, eso soy

No deseo tener visa

Y tú eres el indicado, y yo soy todo lo que necesitas


Soy solo un gato

No camino, me muevo con gracia

Todo es cuestión de estilo, así es como se saca partido

Soy solo un gato

¡No me atrapes la cola!

¡Es parte de mí! ¡No está a la venta!

¿Necesito decir más? ¡Este es mi territorio!

¡Más les vale a las aves volar! ¡Te mostraré cómo las atrapo!

Soy solo un gato y mi vida son mis garras

Soy quien soy

La vida es una puerta abierta


Yo nunca miento

Yo no lastimo 

Solo déjame ver cómo gira la ropa en la lavadora


Soy solo un gato, me gusta divertirme

¡En los largos días de pereza me acuesto bajo el sol!

¡No me oirás! ¡Soy callado como un ratón!

¡Así que déjame entrar a tu hogar!

No hace falta pasaporte

Internacional, eso soy

No deseo tener visa

Y tú eres el indicado, y yo soy todo lo que necesitas

Soy solo un gato

Soy solo un gato

Soy solo un gato

Soy solo un gato


















jueves, 11 de diciembre de 2025

Conversación real con una IA sobre la preocupación por fumar

Estoy angustiado porque una persona que quiero no deja de fumar.

Siento mucho que estés pasando por eso. Ver a alguien que uno quiere dañarse —aunque sea poco a poco— puede generar angustia, impotencia y hasta culpa, aunque no sea tu responsabilidad.

Si querés, podemos hablarlo con calma. Mientras tanto, te dejo algunas ideas que suelen ayudar a ordenar lo que uno siente:

1. Tu preocupación es válida.
No estás exagerando: ver a alguien fumar cuando sabés lo perjudicial que es realmente puede doler.

2. No tenés el control de sus decisiones.
Y eso es lo que más angustia: querés ayudar, pero la decisión final no depende de vos. No es falta de amor ni de esfuerzo de tu parte.

3. Podés acompañar sin presionar.
A veces la presión hace que la persona fume más. Acompañar con empatía, sin reproches, suele abrir más puertas.

4. También es importante cuidarte vos.
La angustia sostenida agota, y no merecés cargar con algo que no te corresponde resolver.

Si querés, contame un poco más:
¿Lo hablaste con esa persona? ¿Qué sentís que te duele más de la situación?

Ya hemos hablado de esto, y aunque pasó mucho tiempo sin fumar, a la larga volvió. Ya el tema es motivo de pelea. Odio que su mente sea tan débil.

Entiendo por qué te sale ese enojo, pero quiero ayudarte a mirar lo que está pasando desde un lugar que te alivie, no que te cargue más.

Primero, algo importante: fumar no tiene casi nada que ver con “debilidad mental”. Y esto no es para justificar a tu ser querido, sino para que vos no te quemes más con una explicación injusta que solo te hace daño.

La nicotina está diseñada —literalmente diseñada— para generar dependencia física, emocional y conductual.
La recaída no significa falta de amor hacia vos ni falta de fuerza. Significa que está peleando contra algo muy difícil.

Dicho eso, tu frustración es totalmente comprensible:

  • Hablaste,
  • Hubo un cambio,
  • Hubo recaída,
  • Y ahora te sentís atrapado en un ciclo que duele.

Esa mezcla de tristeza + enojo + sensación de impotencia es muy común cuando uno ve a alguien dañarse.

Lo que decís: “odio que su mente sea tan débil” en realidad suele esconder algo más profundo:
“Odio que el cigarrillo tenga tanto poder sobre ella/él. Odio sentir que puedo perder a esta persona. Odio no poder hacer nada”.

Y eso no te hace malo; te hace humano.

Si querés, puedo ayudarte a:

  • entender por qué las recaídas son comunes,
  • ver cómo hablar del tema sin que termine en pelea,
  • o procesar lo que esto te genera a vos.

¿Qué creés que te duele más: la recaída en sí, la falta de control que sentís, o el miedo a lo que pueda pasarle a largo plazo?

Odio que su fuerza de voluntad sea tan falsa.

Lo que estás sintiendo es muy fuerte, y tiene sentido que salga en forma de bronca. Cuando alguien que amás promete algo, lo cumple por un tiempo y después vuelve atrás, puede vivirse como engaño, traición o falta de autenticidad. Pero quiero ayudarte a desarmar un poco esa idea de “fuerza de voluntad falsa”, porque si te quedás agarrado a esa explicación, te va a seguir lastimando a vos.

💬 Lo que suele parecer “fuerza de voluntad falsa” en realidad es otra cosa

Cuando una persona deja de fumar por un tiempo, esa fuerza de voluntad no es falsa. Es real… pero la adicción es más fuerte todavía. No es que finja tener fuerza: es que la fuerza se agota contra algo que supera lo puramente voluntario.

La nicotina:

  • altera circuitos cerebrales,
  • genera dependencia física y emocional,
  • se asocia a rutinas (después de comer, al estresarse, etc.),
  • y deja “huellas” que pueden activarse incluso meses o años después.

Por más voluntad que haya, la adicción no desaparece porque uno quiera.

💔 ¿Por qué te duele así?

Porque cuando decís “su fuerza de voluntad es falsa”, en el fondo puede estar pasando esto:

  • Sentís que te mintió.
  • Sentís que no valora su salud ni la vida juntos.
  • Sentís que no cumple algo que para vos es importantísimo.
  • Sentís que te deja solo frente al miedo a perderlo/a.

Tu enojo habla del amor que tenés y de la sensación de estar viendo cómo la persona se hace daño.

🌱 Lo que sí podés hacer ahora

No controlar su conducta (eso no depende de vos), pero sí:

  • Cuidar lo que esto te genera a vos.
  • Cambiar la forma en que interpretás la recaída, para que no se convierta en una pelea interminable.
  • Encontrar una forma de hablar del tema que no active defensas ni culpas, que son justamente lo que alimenta la recaída.

Si querés, podemos trabajar juntos una manera concreta de decírselo sin que parezca un ataque ni una decepción personal.
O, si preferís, puedo ayudarte a procesar tu propio enojo para que no te siga comiendo por dentro.

¿Qué sentís que te lastima más: la idea de que te haya “fallado”, o el miedo a lo que fumar pueda implicar para su futuro?

Lo siento como una decepción, una falta de amor propio (de ella), como una traición o engaño y hasta incluso como una burla.
Su falta de cultura e ignorancia al pensar que no se hace daño, o que lo minimiza al decir «solo es uno por día», como si el hábito crónico no le hiciese daño.
Me molesta tanto.

Lo que estás describiendo es un dolor emocional profundo, no simplemente enojo. Y cuando uno está dolido, la forma en que interpreta lo que pasa se mezcla con miedo, frustración y amor no correspondido como uno quisiera.

Voy a ir punto por punto porque cada cosa que nombraste tiene un trasfondo distinto:


🌪️ 1. “Lo siento como una decepción”

Cuando alguien deja de fumar “por vos” o “por la relación” y después vuelve, es lógico sentirlo como que te falló.

Pero ojo:
no te falló a vos.
Falló en una batalla interna con una adicción. Y vos estás recibiendo las esquirlas de esa lucha.

No es personal, aunque se sienta personal.


💔 2. “Falta de amor propio”

Esta parte duele muchísimo, porque te hace pensar:

“Si no se cuida, ¿cómo voy yo a sentirme seguro en esta relación?”

Pero la realidad es que la adicción secuestra la capacidad de actuar desde el amor propio.
No significa que no se quiera, ni que no tenga valor por su vida. Significa que está atrapada en un patrón que le da alivio inmediato y daño a largo plazo.
Cuando alguien está en eso, el amor propio no funciona bien. No es una elección consciente.


🔥 3. “Traición o engaño, incluso burla”

Este es uno de los sentimientos más pesados.

Lo que suele pasar es:

  • Te promete que va a dejar.
  • Lo logra por un tiempo.
  • Volver a fumar se siente como que rompió esa promesa.
  • Y si encima lo minimiza, se siente como que “no le importa” o “se ríe” de tu preocupación.

Pero esa minimización —“solo uno por día”— no es burla.
Es mecanismo de defensa.
Es la forma que tiene para no sentirse culpable, para no enfrentarse a la realidad, para no pelear con vos y para proteger su propia autoimagen.

No es para lastimarte, aunque te lastima igual.


🤯 4. “Ignorancia y falta de cultura”

No es falta de cultura.
Es negación, miedo y el clásico mecanismo del fumador: “racionalizar”.

Muchísima gente culta, educada e inteligente fuma y usa esas mismas frases. Es parte del cerebro adicto tratando de justificarse.

No te está diciendo eso porque sea tonta o porque no entienda.
Te lo dice porque si admitiera lo que vos ves, tendría que enfrentar una batalla que no se siente lista para enfrentar.


❤️‍🩹 Lo importante acá sos vos y cómo esto te está afectando

Vos estás:

  • cansado,
  • triste,
  • decepcionado,
  • frustrado,
  • preocupado por su salud,
  • sintiendo que no te escucha,
  • sintiendo que no valora el esfuerzo que vos ponés,
  • sintiendo que estás solo en un problema que debería ser compartido.

Y eso agota emocionalmente.

Sé honesto: ¿está afectando la forma en que la ves? ¿Sentís que esto está erosionando tu cariño o tu tranquilidad?

Podemos hablar de eso sin juzgarte.

Yo ya me resigné. Ya no se toca más el tema, y ya hasta lo tuve que normalizar, pero... aún me duele. Cuando se va a fumar afuera, yo hago lo posible por no salir, porque en el momento que percibo el humo, siento una angustia enorme.

Lo que estás describiendo es dolor emocional persistente, ese que uno guarda adentro porque ya no quiere pelear, ya no quiere insistir, ya no quiere volver a chocar contra la misma pared.
Y aun así… el dolor sigue ahí. Es totalmente comprensible.

🧩 Lo que hiciste —resignarte, normalizarlo, no hablar más del tema—

No es debilidad.
No es indiferencia.
No es “dejar pasar”.

Es autoprotección.
Es tu manera de sobrevivir a una situación que te supera y que no podés controlar.

Pero aunque uno deje de hablar del tema, el cuerpo no se convence tan fácil.
Por eso:

  • cuando ella sale, vos ya te tensás,
  • cuando sentís humo, tu cuerpo reacciona,
  • tu pecho se cierra,
  • aparece esa mezcla de angustia, decepción y miedo.

🫂 ¿Por qué duele tanto el humo?

Porque el humo ya no es humo para vos.

Es un símbolo.

Representa:

  • la promesa rota,
  • la impotencia,
  • la preocupación por su salud,
  • la sensación de que el vínculo no es del todo recíproco,
  • el miedo a perderla,
  • la idea de que no podés hacer nada para evitarlo.

Cada bocanada que percibís te dispara todos esos significados emocionales en un segundo.
Por eso duele tanto, incluso aunque ya no discutan.

🔒 ¿Y por qué duele aun cuando “ya lo aceptaste”?

Porque aceptar algo racionalmente no evita que duela emocionalmente.
La mente entiende.
El corazón no.

Vos sabés que no podés controlarlo.
Sabés que discutir no sirve.
Sabés que no querés vivir peleando.

Pero eso no quita que te sientas:

  • solo en esta parte de la relación,
  • sin herramientas,
  • sin voz,
  • sin alivio.

🌿 Lo que siento que realmente estás necesitando

No es que ella deje de fumar “ya mismo”.
No es volver a tocar el tema.
No es convencerla.

Lo que estás necesitando es:

  • un espacio seguro donde puedas procesar la angustia,
  • alguien que te diga que lo que sentís es válido,
  • un lugar donde no tengas que justificar tu dolor,
  • formas de manejar esa reacción física y emocional cuando aparece el humo.

Y eso sí podemos trabajarlo juntos, si querés.

🫸 Te pregunto algo con mucha delicadeza…

Cuando sentís ese nudo en el pecho al percibir el humo,
¿qué es exactamente lo que te pasa por la cabeza en ese instante?

¿Es miedo?
¿Es bronca?
¿Es tristeza?
¿Es la sensación de “me gustaría que le importara más”?

Podemos empezar por ahí.


Fin de la conversación

sábado, 29 de noviembre de 2025

El sentido del tacto

 Mis sentidos son sabios, pues gracias a ellos puedo descubrirte y explorarte.

Quisiera sentir la cercanía y la calidez de tu cuello, el latido de tu corazón. Percibir el aroma de tu cuerpo, tu perfume corporal. Contemplar tu mirada y tu expresión facial. Oír tu respiración agitada, tus jadeos de comodidad y placer, tu reafirmación de seguridad, la música de tu voz. Saborear el gusto de tus labios. 

Pero de entre ellos, hay uno que tiene un inconmensurable poder.

Estoy obsesionado con tu tacto. Es que para mí tiene un significado muy particularmente personal.

El tacto es para mí sinónimo de seguridad. Tocar a la otra persona me hace sentir seguro y confiado. Siento esa conexión a través del tacto. Por eso tengo esa obsesión con querer tocarte. 

Si algún día me ves desesperado, nervioso o desconsolado, tócame. Es el primer paso para calmarme.

¿Me dejarías sostener tus manos cuando nos veamos?

domingo, 23 de noviembre de 2025

El deber del rey

Contiene personajes del universo legendarium de J. R. R. Tolkien.


La noche había caído sobre la Ciudadela de Arvandor como un manto de hierro. Las nubes pesadas ocultaban la luna, y el viento del norte traía consigo un eco lejano de guerra. En lo alto de la torre del Consejo, ardían antorchas que derramaban sombras inquietas sobre los muros milenarios.

El rey Aldemar de Harvengard se hallaba sentado en su sitial de roble oscuro, con la corona levemente ladeada sobre su frente fatigada. Había envejecido más en los últimos tres inviernos que en todos los anteriores. Sus ojos, otrora firmes, vagaban ahora como si buscasen una respuesta que se le escurría entre los dedos. El pobre monarca parecía hundido en un pozo de dudas y miedos.

Un joven apareció en la escena repentinamente y se ubicó frente al trono del rey:

—Padre, es peor de lo que creíamos. Debemos actuar. 

El soberano apenas mostró indicio de contestación. Su mirada se veía desorientada.

***

Un concilio de emergencia se organizó en menos de una hora y los relevantes acudieron sin vacilación. El rey no se movió de su silla real en ningún momento. Seguía recorriendo el limbo de su propia mente.

A su diestra reposaba su hijo, el joven príncipe Elion, con el ceño fruncido y las manos aferradas a la mesa.
A su siniestra, lord Varengar, consejero real, erguido como una lanza, impecable en su túnica negra, los dedos entrelazados con una paciente malicia.

Más allá, apoyado con elegancia sobre un bastón tallado en plata viva, se hallaba Elandril, el elfo joven de los Bosques Occidentales y amigo íntimo del príncipe, cuya sola presencia parecía otorgar a la sala un aire de luminosidad, característica de  los primeros hijos del mundo.

Y al fondo, junto a las puertas, estaba Maelvar, portavoz del reino, un hombre humilde, cargado de notas, cifras y rumores que traía de los mercados y aldeas.

—Bien —dijo el rey Aldemar con voz grave, tras haber parecido salir de su trance—. Que dé comienzo la junta. Hablad, Varengar. Sabéis por qué os he convocado. Hay que deliberar de una vez por todas.

El consejero inclinó la cabeza apenas un grado, gesto que en él equivalía a una reverencia profunda.

—Vuestra majestad —dijo con una calma que perturbaba—, los vigías traen noticias innegables. El Enemigo ha roto la tercera muralla de Fargenhold. Es evidente —agregó con sospecha— que el emperador Urimor Cubreluz y sus lacayos han estado orquestando esto durante meses y no se rendirán hasta que cedamos. Los pueblos del norte se hallan ya sin socorro. Si enviamos refuerzos ahora, vuestras tropas llegarán tarde y solo agregarán cadáveres al hielo. 

El príncipe se levantó de golpe.

—¡No podemos dejarlos morir! —exclamó—. ¡Son vuestro pueblo, padre! Son hombres que juraron lealtad a nuestra corona, y que esperan algo más que un silencio cobarde. ¿Cómo puedes aconsejar no hacer nada?

—Príncipe Elion—replicó Varengar, sin alterar el tono—, permitidme recordarle mantener vuestras formas. Seréis vos el príncipe y la alteza real, pero yo sigo siendo la mano derecha del rey. —Hubo una breve pausa—. Los hombres del norte juraron lealtad sabiendo que esta guerra era vasta. No son niños, sino soldados. Vos les debéis respeto, sí, pero no necedad —corrigió la opinión del príncipe—. Enviar un ejército ahora sería sacrificar dos regiones en vez de una. La frontera norte está perdida. Es tiempo de conservar la vida donde aún puede preservarse.

Elion lo miró con furia contenida.

—Llamáis prudencia a abandonar inocentes.

—Quisiera desengañaros de esa idea, alteza, pues es parte del problema, no de la solución —aclaró Varengar—. Llamo prudencia a no desperdigar la sangre de vuestro propio pueblo por una batalla que, aun ganada, costaría más vidas de las que salvaría.

El rey, silencioso, llevaba una mano a la frente. Escuchaba.

Elandril dio un paso adelante, su voz suave como un arroyo, pero firme como un roble.

—Señores —dijo—, en mis años he visto al menos tres reinos caer y otros resurgir de la ceniza. He visto más reinos caer de los que vuestros años podrían contar. —El elfo mostraba en su habla una singularidad, propia de la calidez emocional humana y ajena a la sabiduría fría de los elfos, como si se hubiese mimetizado y fuera un hombre el que hablara en lugar de un elfo. Algo muy poco frecuente de ver—. Mas siempre, siempre, la caída comenzó no cuando su muralla se rompió, sino cuando sus líderes cedieron a la tentación de dejar morir a aquellos a quienes habían jurado proteger.

Varengar entrecerró los ojos.

—Vuestros años son tantos que la muerte de una aldea os parecerá un pestañeo, joven elfo.

—Y sin embargo —respondió Elandril, sin enfado—, es precisamente porque he visto tanta muerte que no me atrevo a tomarla a la ligera.

—Hablad de filosofía cuanto gustéis —lo subestimó Varengar—, mas el reino no puede sostenerse sobre poesía.

—Ni sobre abandono —replicó el elfo.

Maelvar, el portavoz, carraspeó con timidez e incomodidad.

—Si me permite vuestra majestad…

El rey asintió.

—En los mercados, la gente… murmura. Dicen que si abandonáis la frontera, ¿qué les asegura que mañana no abandonaréis la capital? Recordad que el pueblo soporta sequía, frío y guerra, mas no soporta sentirse desechado. 

Aldemar cerró los ojos. Aquello le dolió más que cualquier consejo.

El consejero dio un golpe suave con los nudillos sobre la mesa.

—Majestad, escuchad bien: la frontera norte ya no existe. Los esbirros del Emperador son numerosos. Lo que aún podéis salvar es vuestra corona. Un rey que quiere salvarlo todo no salva nada. Las vidas en la capital valen tanto como las del norte. ¿Por qué los unos deben morir por los otros?

Como por un acto de sincronización implícito, los presentes contestaron a su pregunta retórica.

—Porque son nuestros —dijo el príncipe.

—Porque así lo manda el deber —susurró Elandril.

—Porque la gente lo teme —añadió Maelvar.

Varengar sonrió apenas, regocijándose de su ingenuidad.

—Porque os obligan vuestros sentimientos, no vuestra razón —increpó con con incredulidad—. Pero yo os hablo con cifras —planteó esquemáticamente—: si enviáis al ejército, caerá toda nuestra defensa. Si lo retenéis aquí, la ciudad resistirá por lo menos tres inviernos más. Os diré qué es lo mejor que debéis hacer, mi rey. Cede al pedido y expulsa a esa chusma. Vos tenéis la absoluta potestad para hacerlo.

El rey tembló. Era la primera vez que la palabra «tres» parecía un tesoro más que un compadecimiento o conformismo.

—Quizá… quizá tenga razón… —murmuró Aldemar.

Elion enmudeció. Elandril bajó la vista con decepción. Maelvar se cubrió el rostro. 

En antítesis, Varengar inclinó la cabeza triunfante y enunció:

—Ordenadlo, majestad. Sellad la frontera y concentremos nuestras fuerzas aquí. Los del norte morirán… sí. Pero su sacrificio preservará al resto.

El rey tomó la pluma, pero antes del acta firmar, un guardia irrumpió en la sala, jadeante.

—Majestad… —dijo entre jadeos— perdonad esta intromisión. Es que hay un anciano a las puertas que ruega hablaros. Dice ser… un peregrino del sur y, entre sus alegaciones, amigo del rey.

Varengar chasqueó la lengua.

—Decid que no recibimos visitas —exigió con molestia.

Pero el rey levantó una mano.

—Alto —ordenó el monarca—. Permitidle pasar. En esta noche oscura, quizá traiga buen consejo.

El guardia desapareció y regresó instantes después. Tras él, caminando con paso cansado, entró un anciano envuelto en un manto blanco, cubierto de polvo del camino. Apoyábase en un bastón nudoso, y su barba plateada caía sobre su pecho. No había pompa, ni luz, ni trueno. Solo un hombre exhausto, con ojos que habían visto demasiado, como si hubieran visto también el momento en el que la mismísima tierra se vistió.

Elion abrió los ojos con asombro:

—Increíble, ¡pero qué gusto, viejo amigo!

Elandril inclinó la cabeza, como quien saluda a un viejo y querido maestro:

—Mithrandir. Qué gusto verte. Has aparecido sin anunciar, como de costumbre.

Varengar palideció, aunque no sabía por qué.

—Qué inaudito —musitó el consejero.

El rey se puso en pie.

—Hijo mío, ¿conoces acaso a este hombre? —le preguntó al príncipe, pero sin esperar respuesta, dirigió su atención al anciano nuevamente—. Señor… ¿quién sois vos?

El anciano alzó la vista. Sus ojos, claros como el alba, irradiaron una quietud que llenó la torre entera.

—Cargo muchos nombres dependiendo de a donde voy, pero creo que la mayoría me conoce como Gandalf —se presentó—. Mas no he venido para hablaros de mi nombre, sino del vuestro, que el viento me ha susurrado en incontables ocasiones.

El rey exhibió asombro.

—Un istar. Increíble. No pensé que habría un maia habitando esta tierra todavía. Pensé que ya todos habrían marchado al Oeste —dijo como si hablara consigo mismo—. He oído bastante de vos, Gandalf Capablanca, pero nunca imaginé veros en persona con mis propios ojos —se sinceró el monarca y luego cambió el tono—. He de tomar una decisión… una decisión dura.

—Todas las decisiones dignas de un rey lo son —dijo Gandalf con serenidad—. Pese a ello os veo cansado, Aldemar hijo de Halvorn. Muy cansado. Tanto, que casi confundís el miedo con la prudencia.

Lord Varengar no se quedó callado ni dudó en intervenir:

—Hechicero vagabundo y errante, con respeto, vos no conocéis nuestra situación. La frontera está perdida. ¿Qué provecho tiene morir por lo inevitable? ¿Y cómo sabemos que vos no sois un sectario?

Gandalf lo miró, no con saña, sino con una tristeza inmensa.

—No es a vos a quien he venido a aconsejar, consejero. He oído consejos más sabios de un loco.

Tras susodicha contestación, la cólera se apoderó del consejero y una espesura feroz brotó en su temperamento en un abrir y cerrar de ojos, irrumpiendo en sus hasta entonces modos cordiales.

—¡Pero qué osadía, vejestorio necio y arrogante! —espetó Varengar—. Vuestra majestad, ¡no podéis dejaros llevar por las palabras de este conjurador tránsfuga que ni siquiera es un allegado! ¡No ha de ser más que un crápula! ¡Seguro que es uno de los secuaces del Emperador!

Gandalf lo ignoró. Se dirigió al rey.

—Decidme, Aldemar: ¿por qué aceptasteis la corona?

El rey vaciló.

—Para proteger a mi pueblo.

—¿A cuál de ellos? —preguntó Gandalf—. ¿A los del sur? ¿A los del centro? ¿O solo a los que tenéis a la vista?

El rey respiró hondo antes de responder:

—A todos…

—Entonces, mi rey, debéis decidir como un hombre que protege a todos —dijo el mago, acercándose—, no como uno que teme perder su ciudad. La frontera norte está gritando vuestro nombre. Y si no acudís… no será el Enemigo quien la quiebre, sino vuestra mano la que la deje caer.

Aldemar tembló. El istar apoyó su mano sobre la del rey, suave pero firme, y continuó con calma:

—Recordad lo que una vez fuisteis: un hombre que creía que ningún rincón de su reino debía sentirse olvidado. Nadie os pide victoria, solo humanidad. Y creedme, majestad: hay derrotas peores que la muerte, y una de ellas es abandonar aquello que jurasteis amar. Vos y tu pueblo debéis resistir.

Un silencio sacudió la sala. La pluma cayó de los dedos del rey.

Aldemar levantó la vista, y por primera vez aquella noche, sus ojos eran los de un rey verdadero.

—Varengar, dad orden de reunir a los capitanes. El ejército partirá al alba hacia la frontera norte.

El consejero frunció el ceño, incrédulo.

—Pero, señor... —Varengar no terminaba de procesar lo que el rey había ordenado—. Majestad… ¿vais a condenar a miles aquí para salvar a unos pocos allí?

Aldemar se irguió como no lo hacía desde su juventud.

—No condenaré a nadie. Mas sí os digo: no abandonaré ni le traeré más muerte a mi pueblo. A ningún pueblo. Y si la frontera debe caer, que lo haga después de que hayamos luchado por ella con todo lo que somos. ¿De qué sirve ser rey si no lucho por el amor a mi pueblo?

Varengar, vencido, calló.

—Lo que vosotros decidáis aquí resonará más allá de sus vidas humanas —concluyó Elandril con alivio.

Gandalf inclinó la cabeza, satisfecho:

—Y bienaventurados sean los días del rey; muchos aún quedan.

***

Mientras el Consejo se disolvía, el rey se acercó a Gandalf.

—Vuestra llegada fue oportuna.

El maia sonrió con picardía.

—Los magos nunca llegamos tarde, ni temprano, majestad. Llegamos precisamente cuando debemos.

El rey rio suavemente. 

—Pero no soy yo, Aldemar hijo de Halvorn, quien liderará a este pueblo a la victoria. Fuisteis vos quien apareció en el momento adecuado.

Gandalf negó con la cabeza y agregó:

—Yo apenas soy un humilde anciano que se entromete donde no le llaman. El verdadero valor provino de ti, rey Aldemar. Tú eres grande, porque conservaste tu deber de honor, y es esa la verdadera grandeza; no la que viene de vencer muchos enemigos con la espada que empuñas, sino la de no dejar que el corazón sea endurecido por el miedo para que este decida por ti. 

El rey hizo una reverencia.

—De pie, guerrero real. Que la providencia siempre te sonría. —Gandalf sonrió y luego agregó:— Recuerdo que un gran rey de Gondor, en el lejano sur, solía decir que siempre había esperanza, incluso en los momentos más difíciles, porque es ahí, de la humildad de la duda y del miedo, de donde parte el verdadero valor.

El enemigo marchaba implacable, pero por primera vez, el reino no retrocedió.
Habían recordado quiénes eran.

martes, 18 de noviembre de 2025

El joven, el viejo y el mar

Dedicado a mis sobrinos:

Amelia

Donatella, mi ahijada

Felipe

Benicio 

 

 Tengo la esperanza de que algún día, cuando sepan leer, puedan leer esto.


Abro los ojos y aprecio la vista, pero me siento desganado como de costumbre. Las olas chocan y se rompen contra los riscos de la costa como pensamientos que buscan salida. Las gotas del agua salina, breves y brillantes, salpican y se disipan en el viento que sopla. Se exponen y entregan a la brisa hasta convertirse en aire y memoria. Se sienten frescas y dan un gran alivio a esta humedad sofocante, propia del verano bochornoso. 

Por suerte estoy en una buena posición para valorar este paisaje: sentado sobre la arena dorada, siento que el crepúsculo nace frente a mí en el cielo como una flor de luz que se abre por última vez. El sol está obsequiando sus últimos rayos antes de ocultarse.

Más allá de la gran escena natural, apenas tengo ganas de arrojar piedras al mar. El mar es magnífico, aunque a veces hay días en los que lo miro y me pregunto cuántas veces también él habrá dudado de sí mismo antes de romper en la orilla, antes de sentirse seguro de lo que es.

Siento que me pesa el alma, como si temiera alcanzar el futuro. Quisiera ser valiente, pero a veces solo soy un niño escondido detrás del viento. El mundo sigue girando aunque yo me quede quieto, y eso tal vez me da miedo.

***

Un anciano conocido caminaba despacio por la orilla, dejando que las olas besaran sus pies. Se aproximó al joven que yacía sentado en la ensenada. El sol seguía descendiendo con lentitud, tiñendo el cielo de naranjas y violetas, colores que solo existen cuando el día decide renunciar a sí mismo, y la brisa marina traía consigo un olor a sal y a memoria.

El anciano se detuvo y observó al chico, mientras que este último no parecía quitarle los ojos de encima al horizonte.

—Mira cómo se va el día —dijo el anciano con humildad, señalando el horizonte—. Siempre me sorprende la rapidez con que todo termina.

El joven permaneció en silencio, mirando cómo el sol parecía hundirse en el océano.

—¿Y no da miedo, maestro? —preguntó finalmente—. Que todo lo que amamos se vaya, que la vida termine…

El anciano sonrió suavemente y se sentó junto a él, con arrugas que parecían mapas de tiempos vividos.

—Ay, hijo mío, estoy tan añoso, a un pelo de dormir el sueño de la muerte —contestó el vejestorio—. Mi vida ha menguado y mi deteriorado cuerpo da su último afán. Cierto está que mi existencia cesará pronto, pero miedo es lo que menos siento.

—¿Cómo está tan tranquilo, maestro? Sabiendo que la muerte podría estar esperándolo en cualquier rincón, acechándolo y respirándole en la nuca. Lo pregunto con todo el respeto —planteó el muchacho.

El viejo pensó en el enigma antes de contestar.

—Es precisamente eso lo que siento: respeto. La vida es un regalo, y a veces puede ser más breve de lo que uno cree, pero a la vez, intensa. Toda vida es preciada porque es única y representa el milagro de la existencia misma, desde los seres humanos más formados hasta las criaturas más nobles que rescatamos del desamparo absoluto —dijo con tono compasivo—. La vida es un obsequio frágil, hijo. Cada existencia, humilde o inmensa, es un milagro diminuto sostenido por un hilo de luz. Y aunque el tiempo pase, no nos roba nada; solo nos devuelve todo en forma de recuerdos. 

El joven lo miró con atención, como tratando de descifrar sus palabras.

—Pero si hay algo de lo que estoy absoluta e innegablemente seguro —continuó el hombre—, es del amor que creo haber tenido y dejado en personas como tú. Eso es algo imborrable. 

El anciano respiró y meditó brevemente antes de anunciar:

—Después de todo, nuestras acciones solo cobran relevancia si se hacen por los demás. 

El joven esbozó una sonrisa, aunque luego expresó su inquietud:

—Tengo miedo, maestro. La incertidumbre de lo que hay después de esta vida... ¿Será algo malo? ¿Acabará ahí? No quiero mentirle: me inquieta ese borde invisible… lo que se esconde más allá del último aliento. Ese lugar donde la respiración se apaga y empieza lo desconocido. ¿Y si el paso final fuera un abismo?

—No —respondió el veterano con una sonrisa mientras negaba con la cabeza—. Claro que no. El ocaso no es una despedida, hijo mío; es apenas un pacto silencioso con la noche, porque después la aurora de la vida volverá a salir. Del mismo modo, la muerte es solo otro camino más que debemos recorrer, y no creo que tenga algo de lo que debamos temer. La muerte es una puerta que aprendí a no empujar; ella se abre sola cuando llega la hora.

—¿Qué cree usted que hay en ella? —interrogó con curiosidad el joven.

—No lo sé, pero me imagino que hay paz y blancas costas como estas, con buenos momentos de felicidad. Como esta compañía que ahora tenemos y esta luz que ahora nos abraza, a la orilla del mar. Cada momento tiene su propio color, y aunque sabemos que pasará, eso no lo hace menos valioso en vida ni menos memorable en muerte.

—¿Y el amor? —inquirió el joven—. ¿Vale la pena si también desaparece?

—El amor nunca desaparece, a mi parecer —replicó el anciano—. Cambia, se transforma, pero deja su huella en nosotros. No creo que el amor muera, mi muchacho. Más bien, creo que se muda: cambia de forma, de rostro, de latido… pero siempre deja una semilla encendida en quien lo conoció y lo valoró. La gente que amamos sigue viva en nuestra memoria y en nuestras acciones. El amor que dimos y recibimos es la única parte de nosotros que nunca se marchita, y la muerte solo marca el límite de nuestra presencia física, no de lo que hemos dejado atrás.

Un silencio cómodo se instaló entre ellos, mientras las gaviotas regresaban a sus nidos y el cielo se volvía un lienzo de púrpuras profundos.

—Entonces… vivir es aprender a dejar ir —dijo el joven—, pero también a atesorar.

—Exacto —afirmó el mayor, tomando un puñado de arena y dejándola caer lentamente entre sus dedos—. Cada grano cuenta. Cada despedida, cada risa, cada lágrima. Todo nos enseña a amar un poco más y a aceptar un poco más. La vida es una cuerda fina: uno aprende a caminarla cuando deja de mirar el abismo.

El joven suspiró y sonó apenado.

—Aún siento que me queda tanto por aprender y mejorar. No paro de cometer errores que lastiman a los demás, y solo hasta recién me he dado cuenta. Me siento tan mal.

—Y es bueno que sientas culpa, pues así debe ser. La gente demoniza la culpa, pero la culpa es en realidad el punto de inflexión del ser humano. Es cuando tocamos fondo para darnos cuenta de que hay algo que estamos haciendo mal y para abrirnos al cambio de paradigma que la vida nos propone. ¡El cuerpo y la vida son creaciones milagrosas e inteligentes! Valóralas siempre, hijo. 

El sol terminó su descenso y la playa quedó bañada en un último resplandor dorado. Ambos permanecieron allí, escuchando el murmullo del mar.

***

Tiempo después, el chico ingresó a una habitación hospitalaria en la que solamente se hallaba postrado un hombre viejo conectado a un dispositivo que emitía sonidos sin cesar. El pobre anciano parecía estar en su lecho de muerte, pero sorprendentemente se las arregló para guiar su mirada al chico que entró al cuarto. Sonrió mientras el chico se acercó a él. 

Con una voz muy tenue, el anciano comenzó a pronunciar las que serían sus últimas palabras:

—Estoy en las últimas, hijo mío. Mi vida llega a su fin.

El joven tomó una de sus arrugadas manos, donde veía sus marcadas venas y donde la sangre aún fluía en sus últimos momentos. El chico se sintió profundamente deprimido.

—Perdóneme —le rogó al anciano—. Le fallé.

El matusalén logró arquear una ceja y preguntó:

—¿Perdonarte? ¿Por qué habría de hacerlo?

—No he podido devolverle ni un poco de lo que usted me ha dado a mí —se sinceró el chico y algunas lágrimas se escurrieron por sus mejillas—. Quería agradecerle de alguna forma. Fue mi gran mentor y mi gran maestro. Fue una de las primeras personas que moldeó mi camino, que me enseñó mis primeras palabras, que despertó esa curiosidad por lo ajeno y exótico, por lo que escapa de mi mente. Es una parte fundamental de mi identidad.

El viejo le sonrió antes de contestar:

—¿Y no crees que lo que estás haciendo ahora tiene valor?

—¿A qué se refiere? —preguntó confundido el chico.

—¿Ves a alguien más en esta habitación? —continuó el anciano. 

La habitación estaba vacía, pero el chico seguía sin entender.

—No comprendo —dijo con sinceridad el muchacho.

El hombre decrépito, a pesar de tener los pulmones tan deteriorados por el paso de los años, respiró con paciencia y luego agregó:

—Ya me has dado más de lo que imaginas, hijo. Mira a tu alrededor: solo tú caminaste hasta mi ocaso. Solo tú trajiste luz al borde de mi última sombra. Solo tú has venido a presenciar mi partida y a despedirme en persona, y eso es valioso para mí. —Los párpados del hombre senil empezaban a pesarle—. Como te había dicho, nuestras acciones solo obtienen relevancia cuando las hacemos por los demás, y tú aquí has hecho algo grande por mí. Es más de lo que me corresponde y estoy a gusto. 

El anciano volvió a sonreír:

—Para mí fue todo un placer, un gran honor y una increíble felicidad haber sido tu mentor y tu maestro. Y tengo la fe de que cada vez te volverás más grande y podrás asumir tu lugar. Aun cuando la más profunda de las dudas te invada, tengo la confianza de que sabrás cómo volver a tu camino, hijo mío. Lograrás muchas cosas —dijo y acarició la mano del chico con la poca fuerza que le quedaba.

La sonrisa del anciano no desapareció. Continuó diciendo:

—Puedes quedarte en paz, porque miedo no siento. Lo he estado esperando con tantas ansias y finalmente el deseo se me ha concedido. Y tampoco me siento preocupado por lo que vendrá después de mí. La vida depara tantos rumbos diferentes y destinos impredecibles, y nunca sabes dónde terminarás.

Los ojos del hombre se veían semicerrados, pero eso no detuvo su habla; su voluntad parecía ser más fuerte que la misma muerte:

—Pero si algún día yo ya no estoy, tendré la placidez de que estarás bien, porque la semilla ya está plantada, y eso significa que mi misión está cumplida; la labor está hecha. Será un pedacito de mí para que conserves y recuerdes. Mi trabajo en este mundo ya ha terminado, hijo mío, y no tengo más motivo por el que quedarme. Pero todo eso igualmente será significativo porque sé que lo atesorarás hasta el final de tus días. Esa es la huella que queda.

El chico sollozaba mientras trataba de sonreírle al vejestorio.

—La vida siempre regresa al punto de partida, y así es como debe ser. Tarde o temprano, el ciclo se reinicia y se invierte. A más ver, hijo mío —concluyó musitando el anciano.

El joven le dio un último beso en la frente cuando los ojos del anciano finalmente se cerraron.

***

Aunque se fue en ese momento, el silencio entre nosotros estaba tan vivo que parecía respirar.

Aún recuerdo nuestro último atardecer juntos y me hace pensar que cada atardecer es un recordatorio de lo breve y lo luminoso, y que hay verdades que solo se comprenden cuando el sol ya se está yendo.

El fin de algo no es una sombra, sino un reflejo que se mueve hacia otro lado.

sábado, 15 de noviembre de 2025

El bastardeado

 A veces uno parece no darse cuenta del daño que puede hacer con pequeños gestos hirientes que pueden pasar desapercibidos.

Los minimizan, más bien, y no es que seamos sensibles; es que esos gestos cobran mucho poder para hacernos daño porque vienen de las personas de las que no esperamos que vengan, de esas personas que saben nuestras debilidades, nuestros defectos; esas personas que saben atacarnos donde más nos puede doler. Esas personas a las que a veces podemos llamar familia.

Puede ser tan desgarrador que personas puedan complementarse para hacerlo a uno sentirse humillado, subestimado, desestimado, desmotivado, negativizado, juzgado, desvalorizado, denigrado o vilipendiado por ser diferente. La perspectiva que se adquiere es que los aciertos pesan menos que los errores, y que los errores son instancias inaceptables y motivo de estigmatización, lapidación o rechazo justificado. Un sentimiento de bronca y desprecio escondido detrás de un falso juicio, de una falsa razón o de una falsa enseñanza que no parte del amor real, sino de la ira irracional que desprecia lo que es diferente, lo que no comprende, y que no sabe hacer más que lastimar siendo una verdadera aversión con la apariencia de un auténtico amor.

Y, para nuestra tristeza, cuando nos sentimos vulnerables y desconsolados, parece que ya no tenemos a quién recurrir para que nos preste su hombro para llorar.

martes, 11 de noviembre de 2025

El campo de las lenguas

Me siento tan diferente. Quizá es porque me incliné por el campo de las lenguas. 
Despierta nuestra parte más humanas. Logra conectar con la parte más noble del espíritu y trasciende los límites de nuestra propia cultura. Se liberal de la jaula de nuestra propia realidad cotidiana y de la prisión de nuestro adoctrinamiento instaurado. Se desvía de sus normas. Cuestiona las convenciones preestablecidas del comportamiento humano manifestadas en el lenguaje.
Dilata y expande la profundidad del pensamiento humano. Logramos ver el mundo desde otra perspectiva, una perspectiva con la cual los demás no logran conectar, y que por eso desestiman o subestiman. 
Las humanidades fomentan la cavilación y la llevan a un plano que está más allá del mundo tangible.

I'm just a cat

 Canción dedicada a mi hermoso compañero felino, la luz de mi vida. Aquel que jamás se olvida de ser noble. Aquel que jamás me defrauda y si...