domingo, 24 de mayo de 2026

Una reflexión sobre las editoriales y otros organismos evaluativos

 Es triste que los escritores (y otros artistas también) en sus obras nunca puedan decir lo que quieran decir ni cómo lo quieran decir porque al final es la editorial (a través de los editores y revisores en los altos cargos de poder) la que decide qué se dice y qué se cambia.

Se pierde la pureza del conocimiento y de la voz del que lo busca transmitir, porque al final este debe amoldarse a las convenciones establecidas. 

En ese mundo, todo es consenso y convencionalismo. Todos los usos convencionales o estándares partieron de prácticas que fueron empezadas por las personas más poderosas (gente que inspira admiración o respeto, o que tiene prestigio por gozar de ciertos recursos de poder, como un buen trabajo, conocimiento, una buena formación, estatus social, dinero, etc.). No necesariamente por imposición coaccionada, sino por costumbres iniciadas que fueron influyendo el comportamiento del resto hasta volverse prácticas o normas estandarizadas o institucionalizadas.

¿Acaso algo deja de ser válido por no seguir convenciones? ¿Deja de poderse apreciar por eso? Una obra existe igual, con o sin convenciones, y es triste que deba cambiarse por el gusto o la decisión de los más poderosos, y no por el verdadero creador.

Todas esas convenciones fueron impuestas por sectores poderosos, como la comunidad científica y la academia. Y realmente no determinan el verdadero valor de algo. 

Lo disfrazan como control de calidad, pero termina siendo una forma de censura o alienación ideológica, una estructura de poder.

Tristemente, los creadores deben realizar ajustes a sus obras y someter su creación pura a los filtros de evaluación de los poderosos para poder patentar sus obras.

Yo personalmente no apoyo las «correcciones» de contenido que los escritores, científicos o no, deben hacer para que les puedan aprobar sus escritos. Si la idea original fue concebida como ellos la plasmaron en el papel y esa es la expresión pura de su pensamiento, ¿por qué hay que cambiarla? ¿Por qué no dejarla como está? Eso no le dará menos valor.

Siempre desafío estas cosas porque no tolero que el valor de algo sea determinado por unos pocos. Al valor se lo da la audiencia de la obra, no a los pocos que dan la aprobación de su publicación.

Creo que hay que resguardar la integridad de nuestras propias voces, tal como son, sin filtros ni correcciones.

Hay algo profundamente distópico en la idea de que un autor deba sentarse a negociar la pureza de su pensamiento con un burócrata o un comité para encajar en un estándar.

Cuando una idea se altera para complacer al filtro, lo que llega al papel ya no es el reflejo fiel del creador, sino una versión domesticada, un híbrido diseñado para no incomodar o para cumplir con un protocolo.

Históricamente, el filtro siempre subestimó a la audiencia, suponiendo erróneamente que el público necesita que las ideas vengan «masticadas», ordenadas y normalizadas según sus propios criterios. Nada más equivocado. Desafiar eso es defender la capacidad de la gente para juzgar, apreciar y dar valor por sí misma, sin intermediarios que le digan qué es legítimo y qué no.

Creo que hay que crear para existir, no para pertenecer. 

El verdadero prestigio no viene de pertenecer a la comunidad científica ni al mundo elitista de la academia; proviene de la audiencia que elige valorar lo que comunicás, y ningún intermediario debería interponerse en eso decidiendo lo que tu obra vale o cómo esta debería ser para poderse publicar.

Esto es algo con lo que tristemente tuve que batallar cuando estudiaba, ya que odiaba las convenciones impuestas y siento que me ponía bastante rebelde a la hora de adentrarme en el mundo académico, y tuve que amoldarme a los estándares que limitan o desmotivan la creatividad solamente para poder aprobar. Era frustrante tener todo mi trabajo (con el que estaba muy conforme) cambiado por una voz que no era mía, y al final, cuando ponía que ese trabajo era mío, sentía que era mentira porque esos cambios fueron en contra de mi voluntad. Al fin y al cabo, en la vida real, cada uno habla, escribe o crea como quiere y también como puede. Simplemente buscamos transmitir nuestro conocimiento o nuestra creación como queremos, pues es así como le dimos vida, sin ningún filtro de verificación.

Dejar la obra tal como fue concebida en el papel, sin tocarle una sola coma por imposición externa, preserva lo más sagrado que tiene un creador: la honestidad.





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