domingo, 26 de octubre de 2025

Reflexiones sobre el objetivo principal del ser humano

 ¿Cuál será la meta troncal que debemos cumplir mientras transitamos nuestras vidas? Ese objetivo que siempre ha de estar presente mientras seguimos el desarrollo de nuestra propia vida individual paralelamente. 

No sé si tendré la respuesta, pero creo que he llegado a plantear una posible.

Creo que la respuesta nos lleva a un lugar que, en lo personal, he sentido que no sufre el desgaste del tiempo: la escuela. Es uno de esos lugares donde el tiempo no parece pasar jamás. Uno puede irse y volver a ella mucho tiempo después, y sentir que nada ha verdaderamente cambiado. La gente no ha envejecido, el conocimiento no ha menguado y los valores aún persisten. Es un legado permanente en el que los espíritus siempre se mantienen jóvenes aunque haya tanta gente que transite las instalaciones. Las escuelas siempre se suelen presentar como un sitio resguardado de la crueldad del mundo exterior, del sucio mundo político y superficial de los adultos. Es un ambiente seguro para la integridad de los niños, donde el fin más valioso es el conocimiento, y no necesariamente el científico.

¿Por qué menciono la escuela y no la casa? Porque en la casa el tiempo sí parece pasar. Las familias cambian, y no siempre es para bien. Es la escuela el único lugar que parece no cambiar ni desviarse de su objetivo, y a veces el que puede corregir las enseñanzas desacertadas o el bien distorsionado instruido en la casa de un niño. Este es un concepto que se conoce en la filosofía del bien y el mal como «naturaleza vs. crianza».

Pienso que nuestro objetivo primordial parte desde aquí: desde la niñez en la escuela. Los niños, aun con sus pequeños defectos o equivocaciones y al igual que los animales, suelen ser los seres más puros que existen, porque su inocencia les suele impedir discernir o diferenciar lo bueno de lo malo, pero conforme maduran, se van desviando de lo que los hacía puros de corazón. Empiezan a insertarse en un mundo social que los moldea y suelen adoptar comportamientos (que no siempre son buenos) para adaptarse al resto en lugar de seguir lo que les dice el corazón que es correcto. No lo cuestionan, solo lo siguen para evitar quedar aislados, sin siquiera pensar si lo que están haciendo es verdaderamente bueno. Y así terminamos teniendo personas que empezaron su vida en este mundo con un corazón honesto, puro, humilde, lleno de una fe inquebrantable y un espíritu libre e indomable, pero que terminaron errando su camino con el paso del tiempo.

Esto, para mi pesar, ocurre en la gran mayoría de los adultos. Personas que, por desgracia, no tuvieron la fortaleza ni la voluntad suficiente para afrontar los desafíos de la vida. No pudieron apegarse a sus principios en los momentos de mayor adversidad ni hacer lo que era realmente correcto en el momento de la prueba verdadera. Personas que sucumbieron a la corrupción del corazón y que se doblegaron a lo que antes, cuando eran inocentes, tenían en claro que era algo malo: los vicios, los prejuicios, el rencor, la tentación, la ambición y el deseo de poder. Personas que perdieron la inocencia y la humildad de su ser, lo que las diferenciaba de los demás, para aceptar una forma de bien distorsionado mucho más conveniente para la situación, que no es más que el verdadero mal disfrazado, la verdadera caída del alma y un desprecio por el regalo de la vida, la oportunidad de estar vivo. Nuevamente, como mencioné, es la triste realidad de la mayoría de los adultos, que en el presente no son más que una sombra de la inocencia que tenían. Me apena decir que, exceptuando situaciones en las que peligrara su integridad física, no supieron optar por el camino noble, mucho menos retomar su camino original después de equivocarse. Más bien, hicieron de la práctica errada una norma.

Y nadie es infalible. Todos cometemos errores, pero lo más importante es saber retomar el camino cuando uno aprende de ellos. Así recuperamos el valor de la vida y alcanzamos la verdadera felicidad. Ahí siento yo que está nuestro verdadero objetivo: en marcar la diferencia, porque cuando el espíritu pierde la nobleza y sucumbe a la corrupción (desde mentir a conveniencia, hasta prejuzgar, incluso pasando por ser egoísta, lastimar al prójimo, autodespreciarse, aparentar para encajar, no autopreservarse o autodestruirse), es cuando el rumbo se ha perdido.

Creo fervientemente que el verdadero desafío y objetivo del ser humano es apegarse a su misión como modelo de pureza y resistirse a las influencias erradas del mal social para inspirar a otros. Creo que estas acciones son auténticos ecos de la verdad divina.

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