sábado, 20 de septiembre de 2025

Los gatos siameses

En una fría noche de otoño, resguardado del frío en su acogedora cama, yacía un gato siamés de pelaje claro y ojos azules tan profundos como la medianoche. No conocemos su nombre, pero sí sabemos que pasaba sus días observando desde la ventana del altillo, soñando con aventuras que nunca llegaban, con momentos que anhelaba, pero que nunca se concretaban, con un amor que siempre deseaba, como si fuera algo genético, que nunca aparecía. ¿Era tan vez como una media naranja que le faltaba, solo que no lo sabía? Era como un «dolor» al que se había acostumbrado de todas formas. Todos los días del gélido otoño se la pasaba echado mirando a la ventana, como esperando que algo cambiara en algún momento. 

Mas creía que no conseguiría ver más nada que no fueran las hojas frescas caer, pero una noche ocurrió algo inesperado.

Una noche, mientras contemplaba la tranquilidad de la penumbra cómodamente desde su cojín, logró vislumbrar la silueta de lo que parecía otro gato, que lo observaba desde lejos. Era un gato de un pelaje completamente negro y el gato siamés apenas podía ver dónde estaba gracias a sus ojos, que destellaban y reflejaban la luz de la luna en el contacto visual que mantenían. Había tanta dedicación en sus miradas, que parecía como si desearan, de alguna forma, estar más cerca el uno del otro. 

El gato negro empezó a presentarse cada noche, siempre desde la distancia en la plena oscuridad, y el siamés empezó a desarrollar una especie de ansiedad por querer verlo, sin entender bien por qué, pero sentía que era algo que quería hacer, como si lo necesitara. De alguna forma quería estar cerca de ese otro gato. Le generaba tanta curiosidad, sobre todo al ver el gran contraste que parecía haber entre ellos. 

Y una noche, el siamés se animó a dar el siguiente paso. Salió de la casa que habitaba y se dirigió hasta la silueta del gato negro que lo observaba todas las noches, aquel que mantenía su mente entretenida y pensante. En cuanto se acercó, captó un aroma de clavel proveniente del otro felino. Allí los dos gatos se encontraron y el siamés decidió hablar primero.

—¿Quién eres? —maulló el siamés, con timidez.

—Alguien que lleva mucho tiempo buscándote. Me llamo Libra —respondió el gato negro, acomodándose junto a él.

Desde entonces, cada noche se encontraban. Llegó la primavera y ambos felinos caminaban juntos por los tejados iluminados por la luna con las colas entrelazadas, compartían silencios, maullidos y algún ratón cazado a dúo. El siamés aprendió a amar la aventura; Libra, a disfrutar de la calma. Con el tiempo, los vecinos comenzaron a hablar de aquellos dos gatos machos inseparables que siempre aparecían juntos, como si fueran un solo reflejo dividido en dos cuerpos. Claramente la gente notaba que había algo más que una simple amistad entre esos dos que florecía cada vez más como el retoño más hermoso de todos. Los gatos hacían todo juntos, como si ambos gatos fuesen siameses. Libra no era un siamés y venía de un contexto totalmente distinto del que sí era siamés, y eso a menudo lo frustraba porque se sentía diferente. Pese a eso, el que sí era siamés lo trataba como uno más y no lo quería lejos de su vida, mucho menos que fuera diferente. Lo quería así, porque sentía que su amor era el motor de su felicidad, tal y como era. ¿Había una pareja de gatos más feliz que esa?


Pero el siamés notaba que Libra cada vez se sentía peor de ánimo porque no encontraba su propio valor. Tenía defectos con los que cargaba, pero para el siamés siempre sería el más bello de todos los felinos, y eso servía para calmar momentáneamente a Libra, o al menos eso parecía. 

Y así, durante toda la primera, entre estrellas y tejados, ambos gatos se amaron con la intensidad de los que saben que han encontrado en otro par de ojos su verdadero hogar, mientras estuvieran juntos. 

Llegó el verano. Las noches siguieron pasando, y los tejados fueron testigos de la felicidad de ambos felinos. Eran verdaderamente inseparables: si uno saltaba, el otro saltaba; si uno cazaba, el otro lo acompañaba; si uno se dormía bajo la luna, el otro velaba su sueño. Si cuidado e intimidad hablaban por sí solos, aunque parecía que Libra escondía algo más profundo de lo que parecía a simple vista. 

En una noche en particular tuvieron una hermosa cita, llena de risas y felicidades. Se sentían tan vivos, pero poco sabían que sería la última vez que saldrían. El siamés no lo sabía, pero quizá Libra sí. 

Un día, la rutina finalmente cambió. Un día, Libra se encontró con el siamés y anunció su despedida:

—Debo irme, y jamás volver. No me encuentro conmigo mismo, y me odio tanto que no puedo darte lo que buscas. Ya no.

El siamés lo miraba con sus ojos inmensos, incapaz de comprender.

—Pero hemos vivido tanto juntos. Es estar juntos lo que nos ayuda a afrontar los problemas. Jamás me había sentido tan feliz contigo —contestó el siamés. 

Libra se veía decepcionado de sí mismo y el siamés denotaba mucha pena en su rostro.

—Hay una frase que me ha perseguido desde que nací: «Ama quién eres para así poder amar a otro», y no lo he logrado —dijo Libra.

—Pero eres noble y bondadoso. Y fuiste capaz de amarme a mí aunque no te amaras. Y yo te amo, aún te amo y no te abandonaría jamás.

—Y por eso he terminado así —dijo Libra y echó un quejido—. Como sea, no tengo nada más que decir, solamente gracias y perdón por todo. No sabía que esto acabaría así. Puedes odiarme si quieres.

—Pero solo enfrentemos el problema unidos. Amor... —intentó protestar el siamés.

—No, por favor, no sigas —interrumpió el gato negro—. Somos diferentes. Y ya no tengo más que decir. No queda mucho para mí, pero espero que tú vivas mucho —dijo y huyó a la profundidad de la noche, sin darle la oportunidad al otro gato para responder.

El siamés solo se quedo mirando cómo desaparecía en la oscuridad, con las orejas y la cola bajas. No tuvo siquiera la oportunidad de rozarle con su nariz el hocico una última vez, o de enredar sus colas una vez más para querer atarlo para siempre a su lado. No hubo promesas de que Libra volvería; solo un silencio cargado de dolor por amor por parte del siamés. Su otro siamés, su otra mitad, se había ido. 

Cada noche de verano, el siamés volvía a asomarse por la ventana desde su cojín para ver si divisaba la silueta de su amado felino, pero no la encontró. Nada más que la soledad de la noche y los escalofríos de la nostalgia que recorrían sus bigotes. El pobre siamés estaba profundamente herido y deprimido. 

Quería revivir lo lindo que habían vivido. Volvió a recorrer los lados que habían transitado juntos, a recordar los momentos que habían compartido, a rehacer las actividades que habían hecho en conjunto. Siempre habían hecho todo de a dos, y eso era lo que lo hacía sentir vivo, pero ahora el siamés estaba solo. Aunque intentara volver a hacerlo todo solo, sintió que ya no pudo más, pues no era lo mismo. Se quedó inmóvil, con el pecho ardiendo de ausencia, simplemente mirando a la luna y suspirando de angustia.

Desde entonces, cada noche vuelve al mismo rincón del tejado donde solían posarse juntos, mirando a la luna que se reflejaba en los ojos de su amado y recordando al sol de primavera que les dio a calor a sus corazones. Los ojos azules del siamés, antes llenos de chispa, se volvieron espejos de nostalgia.

Y aunque nadie más lo sabe, en el viento nocturno aún se escucha un maullido tenue, como un eco que repite:

—Te sigo esperando.



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